Murió hace ahora diez años. Si viviera habría complido ya los 101 años. De los casi 92 que estuvo en el mundo, 61 los pasó viuda. Su viudez comenzó un 10 de septiembre de 1936. La partida de defunción de su marido, asentada seis años después del óbito, en el juzgado de Aceuchal, da como causa del fallecimiento la siguiente: “a consecuencia de la pasada guerra”. Mi padre no había estado en ningún frente. Había hecho el servicio militar a la patria entre 1926-1929, en Sevilla. Cuando las tropas de Yagüe, Asensio y Castejón pasaron por Extremadura, dieron licencia para matar (quizás más bien impusieron, como norma que había que cumplir a rajatabla, la mano dura) delegando esta función en los grupos paramilitares de derecha, que se habían hecho cargo de la autoridad en los municipios.Por regla general, estos grupos no sacaban la cara por nadie que se considerase sospechoso de connivencias con la izquierda. Era preferible seguir estrictamente la consigna de aquellos militares, dispuestos a no dejar eventuales enemigos en la retaguardia, aunque estuvieran desarmados. No hacerlo así podía resultar sospechoso de no colaboración con la causa militar. Nada más cómodo y expeditivo (y cobarde) que matarlos, aprovechando la ocasión de que estaban, precisamente, indefensos.
Virginia estaba en su cuarto mes de gestación cuando fusilaron a su marido. Su hija Eloísa nacería cinco meses después.
¿Cómo fue la vida de mamá a partir de aquel aciago 10 de septiembre? Supongo que tremendamente amarga. Le habían quitado a su marido y habían dejado huérfano a su hijo de tres años y a la criatura que estaba por nacer (nacería en el transcurso del año siguiente). Mamá tuvo que ponerse a coser por las casas y pudimos ir tirando gracias a las familias de los terratenientes que le daban trabajo.
A principios de los años 40 mamá estuvo seriamente enferma con anemia. Recuerdo que le inyectaban un compuesto de hígado de vaca fresco (es decir, algo de la plaza de abastos, pero hecho química) Tenía un olor especial aquel medicamento, que aún hoy día reconocería si volviera a olerlo. Creo que se llamaba Hepatrat. Fue entonces cuando temí seriamente por la vida de mamá y prometí (¡con no más de nueve años!) guardar celibato de por vida si mi madre se curaba. Lo que yo no podía prometer era no enamorarme y esto llegaría fatalmente con el tiempo. En el año 1945 estuve de monaguillo y fue por entonces cuando el párroco habló a mi madre de llevarme a estudiar al Seminario. En él ingresé al año siguiente, tras haber superado con facilidad las pruebas de ingreso. Y de allí saldría seis años después, entre otras razones porque “el amor corría el peligro de equivocar sus caminos”.
Y me puse a trabajar de profesor de Latín, con 19 años, en el colegio de San Antonio, en Almendralejo. Los alumnos mayores eran casi de mi edad. Uno de ellos fue Pedro Baquero, que (según me han dicho) ha muerto recientemente de un ataque cardiaco fulminante.
De mamá recuerdo muchas cosas admirables. Sobre todo, que cantaba con muy buen oído. Tenía un abundante repertorio de canciones de su mocedad, supongo que eran las que sonarían en los bailes de su época. A fuerza de oirlas, esas canciones se me grabaron en la memoria y ahora las recuerdo de vez en cuando. Todo un repertorio que abarca parte de los años veinte y treinta del siglo pasado. En varias ocasiones me he entretenido en hacer el recuento de esas canciones y en ir anotando la letra que recuerdo de las mismas. Algunas he conseguido encontrarlas por Internet, como la de “Abuelita, ¿qué horas son?”.
Gracias a esas melodías el recuerdo de mamá sigue vivo y se renueva cada vez que, sin saber por qué, aflora a mi memoria, un día u otro, alguna de esas canciones.























