domingo, abril 15, 2007

Pensar con los pies...

"El sastre", por G. Battista Moroni (1529-1578) National Gallery

Entre los poetas antiguos, griegos y romanos, los poemas nacían con un traje a la medida, con el verso puesto. El lenguaje poético era de Corte y Confección y las musas impartían lecciones de sastrería, de modo que los pupilos aprendían a pensar directamente en verso. Y esto era factible, en gran medida, porque los alumnos aprendían antes a cantar que a hablar, mejor dicho, cantar era la forma habitual del habla, por lo que a hablar se aprendía cantando, y de ahí los nombres prosodia y acento, griego y latino, respectivamente, palabras relacionadas con el canto (pros odé / ad-cantus) El hablar era una suerte de música y ‘música’ era, propiamente, el lenguaje de las musas. Griegos y latinos percibían de una forma natural las cantidades breves o largas de las sílabas y equivocar estas cantidades era como desafinar, de ahí que riesen cuando denotaban en los forasteros la falta de precisión en las cantidades. Así los poemas griegos y latinos brotaban espontáneamente cubiertos con el traje a la medida del verso. La armonía innata era su ropaje natural. Claro que algo semejante se podría decir de muchos grandes poetas que no fueron griegos o latinos. Rubén Darío es el ejemplo más preclaro de una aptitud innata para expresarse en verso. Y esto se puede afirmar, en general, de los grandes poetas, sea cualquiera el idioma en que escriban.
Pero la ciencia de las cantidades silábicas en la poesía grecolatina se aprendía de forma natural en el habla. El canturreo, el sonsonete, el acento, se asimilaban de viva voz. Los versos se ajustaban a ritmo y medida, susceptibles de ser marcados por movimientos de cabeza, o, más frecuentemente, marcando el compás mediante la elevación y depresión alternativa de la punta del pie (arsis y tesis). Por eso a un griego, o a un romano, les resultaba relativamente fácil versificar y, en cambio, a nosotros nos resulta muy difícil hacerlo, aun habiendo estudiado las reglas de la cantidad en esos idiomas.
La prosodia, con sus matices musicales, era algo connatural con el aprendizaje del habla viva de las lenguas clásicas y por eso decimos que los poemas nacían ya trajeados de un lenguaje a la medida, sílaba por sílaba. El verso nacía revestido de manera natural por la prosodia asimilada en el habla.
Los poetas, empero, hablan de poesía desnuda y aun de poesía inefable. Bécquer afirmaba conocer “un himno gigante y extraño”, que él quisiera escribir
con palabras que fuesen a un tiempo
suspiros y risas, colores y notas
.
Es decir, un lenguaje incluso exento del vehículo normal que es la palabra.
Juan Ramón postulaba una poesía ‘desnuda’, bien que admitiendo una única vestidura decorosa para su poesía: la túnica de la inocencia:
Vino, primero, pura,
vestida de inocencia
y la amé como un niño
.
Pero en la alegoría juanramoniana la poesía se hace adulta y, despues de pasar por una etapa sofisticada, de perifollos y atavíos verbales, inicia un strip-tease en el que se va progresivamente despojando de sus vestiduras:
Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua
.
Hasta que se despoja incluso de esa túnica. Porque hasta la inocencia puede ser considerada como una ‘fermosa cobertura’. La naturalidad es la desnudez. Por más que el cínico Henry Woton, del wildeano El retrato de Dorian Gray, dijese que “la naturalidad no es más que una pose, y la más irritante de las que conozco” (cap.I)
Por suerte o por desgracia, se perdió para la Poesía esa ciencia de la alta costura por la cual los poetas engendraban versos, a veces con más pies que cabeza: dáctilos, espondeos, yambos, troqueos, pirriquios, anapestos, proceleusmáticos…
Perdido ese arte de vestir el verso ‘a la medida’, arte de sastrería, le resulta muy ardua tarea, al que quiere versificar en versos clásicos, someter su inspiración a las pautas rítmicas marcadas por las cantidades. Es como el tormento de Procusto: estira aquí, corta allá…una tarea enojosa. Cuesta trabajo incluso a quien se ha preparado a conciencia para ello. Quizás por eso nuestro gran humanista Arias Montano componía versos latinos como quien hace penitencia. Casi todos los poemas que componen su colección dedicada a los profetas menores son el resultado de una promesa (Carmen ex voto) Se promete, en religión, aquello cuya realización comporta sacrificio. Montano se sacrificaba componiendo versos latinos. Era esta su disciplina y este su tormento en el potro, como un Procusto voluntario.
A mí me cuesta mucho versificar, someterme a la tortura de las largas y las breves. Y es que no hemos sido educados en esta naturaleza prosódica de manera natural, como los griegos y los romanos. Desconocemos la cadencia prosódica con que ellos aprendían a hablar desde la infancia o, si aprendían a hablar ya desde adultos, por ser extranjeros, desconocemos el acento peculiar de esas lenguas, tal como se aprendía de viva voz. De modo que versificar, que era para ellos relativamente sencillo porque partían de un conocimiento vivo de la prosodia, resulta para nosotros una tarea ardua. Como si sometiéramos nuestra inspiración a un corsé insoportable.
Estas reflexiones se me ocurren tras arduos esfuerzos por componer en latín unas cuantas estrofas en versos alcaicos. La llamada estrofa alcaica consta, en efecto, de dos endecasílabos, un eneasílabo y un decasílabo, según el esquema:

‾ ‾ ˘ ‾ ‾ ‾ ˘˘ ˉ ˘ x / (bis)
‾ ‾ ˘ ‾ ‾ ‾ ˘ ‾ x /
‾ ˘ ˘ ‾ ˘ ˘ ‾ ˘ ‾ x.
He conseguido pergeñar algunas estrofas, pero a costa de un esfuerzo ímprobo. He aquí una de esas estrofas:
O digne luctu, care pater meus,
erepte vita morte nefaria!
avulsus uxori benignae
et genitae genitoque parvo!

Teóricamente, deben seguir siete u ocho estrofas más, pero de momento, están en el telar.Ya veremos si tengo paciencia para terminarlas. Espero que las musas me instruyan con sus lecciones de alta costura.

sábado, marzo 31, 2007

LAS ALAS DEL FRANQUISMO

Toda metáfora puede ser el principio de una alegoría y este es el caso de la que da título al presente artículo. Si hemos equiparado el franquismo con un ave, podemos completar la alegoría diciendo que, en el presente caso, las alas que lo impulsaron y lo hicieron ganar altura para poder planear a sus anchas sobre el solar español, fueron la Falange y la Iglesia. Alas tienen los insectos, las aves y algunos mamíferos (el murciélago), pero alas poderosas que permitan un vuelo sostenido las tienen, entre las aves terrestres, principalmente las rapaces: el águila, el cóndor, el buitre… Imagine el lector, según sus simpatías o antipatías hacia el fenecido régimen, la figura del ave que mejor lo represente, a su juicio. Desde el águila imperial, de tanto abolengo histórico en la heráldica universal, hasta el buitre carroñero tenemos donde elegir. Para los perdedores en la guerra civil el franquismo es como el buitre prometeico, que en este caso se alimentó durante cuarenta años del cadáver de la España vencida, encadenada, privada de libertad.
El franquismo tomó impulso ascensional gracias a la Falange, de un lado y, del otro, a la Iglesia. La primera le proporcionó la doctrina política que sirvió, sobre todo, para paliar la absoluta inopia doctrinal de un régimen carente de ideología política, ciego y sordo a las aspiraciones de mejora social que motivaba a la clase proletaria; empeñado únicamente en mantener el “statu quo” en lo referente a una más equitativa distribución de los bienes de producción, lo que hubiera permitido el acceso de los menos favorecidos económicamente a los bienes superiores de la cultura y el espíritu.
La Falange, al menos sobre el papel, incluía algunas de estas preocupaciones en sus puntos programáticos (recuerdo, por ejemplo, aquello de "todos los que lo merezcan tendrán acceso incluso a los estudios superiores") La letra de estas y otras disposiciones por el estilo sonaba muy bien, pero en la práctica todo venía a quedar en buenos propósitos. El aspecto doctrinario de la Falange interesaba al régimen sólo de cara a la galería. De hecho, quienes en los primeros momentos del levantamiento militar se enrolaron en las filas de la Falange tenían como objetivo inmediato contribuir a eliminar al enemigo político. Ser falangista consistía, sobre todo, en pertenecer al cuerpo paramilitar que en la retaguardia se ocupaba de eliminar al adversario político, antes de que pudiera alcanzar las trincheras, o sea, todavía inerme e indefenso.
Ni el régimen ni el falangismo militante se tomaron verdaderamente en serio el corpus ideológico joseantoniano. Lo que sí se tomó en cuenta fue lo de "la dialéctica de los puños y las pistolas", que el fundador preconizara en un momento de arrebato oratorio. Pero aun así, se le interpretó torcidamente, ya que no cabe tal dialéctica frente a un adversario desarmado.
Personalmente, tras haber leído los escritos del fundador, me inclino a creer en la probidad intelectual de su pensamiento que, en la práctica, quedó descalificado por los hechos de sus presuntos correligionarios. A la Falange auténtica la desacreditaron, para los restos, aquellos facinerosos de primera hora. De ahí que haya resultado vano cualquier intento posterior de resucitar una presunta “falange auténtica”. Aparte del fundador, ha habido muy pocos falangistas auténticos. Los que de veras lo fueron, como Ridruejo, hubieron de apostatar de aquella falange espúrea, o aliviar sus remordimientos con “descargos de conciencia”, como el íntegro Laín Entralgo.
En cuanto a la otra “ala” del franquismo, casi es preferible no hablar. La redención social del proletariado que demandaban los nuevos tiempos topó con la incomprensión del estamento eclesiástico, propiciando el desencuentro con el pueblo. La situación empeoró debido al radicalismo de los más exaltados, imbuidos del principio marxista que considera la religión como “el opio del pueblo”. Los sabotajes contra instituciones religiosas que los más extremistas llevaron a cabo ante la ineficacia de un gobierno que no supo atajar estos desmanes, se cargarían en la cuenta de la causa popular, propugnada por un socialismo mayoritariamente moderado. Así, cuando sobrevino la rebelión militar, la izquierda en bloque, entre los que se encontraban no pocos creyentes, cayó bajo el anatema político y religioso, que en principio sólo alcanzaba al materialismo marxista. Todos quedaron marcados por el mismo denominador común denigratorio de “rojos”.
La rebelión militar se colgó los galones de la salvaguarda de la religión y surgió la consabida entente Iglesia-Estado. La sublevación militar contó con las simpatías y las bendiciones del estamento eclesiástico. El alzamiento se revistió de ‘cruzada” y en los muros de las iglesias se grabaron los nombres de los “caídos por Dios y por España”. La medida se aplicó a todos los pueblos de la geografía española, incluidos aquellos en los que no hubo ni un solo muerto de derechas y sí muchos de izquierda. Con lo cual éstos quedaron, de una parte, tildados de réprobos y, de la otra, de antiespañoles. A la muerte se añadió el oprobio.
Esa deuda histórica de la jerarquía eclesiástica con el pueblo español aún sigue pendiente, en nuestra opinión. La Iglesia, dispensadora de perdón, no ha considerado pertinente pedirlo en el presente caso
.

miércoles, marzo 14, 2007

VIRGINIA (mamá)

Murió hace ahora diez años. Si viviera habría complido ya los 101 años. De los casi 92 que estuvo en el mundo, 61 los pasó viuda. Su viudez comenzó un 10 de septiembre de 1936. La partida de defunción de su marido, asentada seis años después del óbito, en el juzgado de Aceuchal, da como causa del fallecimiento la siguiente: “a consecuencia de la pasada guerra”. Mi padre no había estado en ningún frente. Había hecho el servicio militar a la patria entre 1926-1929, en Sevilla. Cuando las tropas de Yagüe, Asensio y Castejón pasaron por Extremadura, dieron licencia para matar (quizás más bien impusieron, como norma que había que cumplir a rajatabla, la mano dura) delegando esta función en los grupos paramilitares de derecha, que se habían hecho cargo de la autoridad en los municipios.Por regla general, estos grupos no sacaban la cara por nadie que se considerase sospechoso de connivencias con la izquierda. Era preferible seguir estrictamente la consigna de aquellos militares, dispuestos a no dejar eventuales enemigos en la retaguardia, aunque estuvieran desarmados. No hacerlo así podía resultar sospechoso de no colaboración con la causa militar. Nada más cómodo y expeditivo (y cobarde) que matarlos, aprovechando la ocasión de que estaban, precisamente, indefensos.
Virginia estaba en su cuarto mes de gestación cuando fusilaron a su marido. Su hija Eloísa nacería cinco meses después.
¿Cómo fue la vida de mamá a partir de aquel aciago 10 de septiembre? Supongo que tremendamente amarga. Le habían quitado a su marido y habían dejado huérfano a su hijo de tres años y a la criatura que estaba por nacer (nacería en el transcurso del año siguiente). Mamá tuvo que ponerse a coser por las casas y pudimos ir tirando gracias a las familias de los terratenientes que le daban trabajo.
A principios de los años 40 mamá estuvo seriamente enferma con anemia. Recuerdo que le inyectaban un compuesto de hígado de vaca fresco (es decir, algo de la plaza de abastos, pero hecho química) Tenía un olor especial aquel medicamento, que aún hoy día reconocería si volviera a olerlo. Creo que se llamaba Hepatrat. Fue entonces cuando temí seriamente por la vida de mamá y prometí (¡con no más de nueve años!) guardar celibato de por vida si mi madre se curaba. Lo que yo no podía prometer era no enamorarme y esto llegaría fatalmente con el tiempo. En el año 1945 estuve de monaguillo y fue por entonces cuando el párroco habló a mi madre de llevarme a estudiar al Seminario. En él ingresé al año siguiente, tras haber superado con facilidad las pruebas de ingreso. Y de allí saldría seis años después, entre otras razones porque “el amor corría el peligro de equivocar sus caminos”.
Y me puse a trabajar de profesor de Latín, con 19 años, en el colegio de San Antonio, en Almendralejo. Los alumnos mayores eran casi de mi edad. Uno de ellos fue Pedro Baquero, que (según me han dicho) ha muerto recientemente de un ataque cardiaco fulminante.
De mamá recuerdo muchas cosas admirables. Sobre todo, que cantaba con muy buen oído. Tenía un abundante repertorio de canciones de su mocedad, supongo que eran las que sonarían en los bailes de su época. A fuerza de oirlas, esas canciones se me grabaron en la memoria y ahora las recuerdo de vez en cuando. Todo un repertorio que abarca parte de los años veinte y treinta del siglo pasado. En varias ocasiones me he entretenido en hacer el recuento de esas canciones y en ir anotando la letra que recuerdo de las mismas. Algunas he conseguido encontrarlas por Internet, como la de “Abuelita, ¿qué horas son?”.
Gracias a esas melodías el recuerdo de mamá sigue vivo y se renueva cada vez que, sin saber por qué, aflora a mi memoria, un día u otro, alguna de esas canciones.

martes, marzo 13, 2007

ESTE BLOG...

Este blog puede, de un día para otro, presentar alteraciones que consistan, no ya en la incorporación de un nuevo escrito, sino en la modificación de cualquiera de los demás que ya figuran en él, incluyendo la eliminación de alguno de ellos.
De sabios es rectificar, dice un viejo aforismo, aunque, como apostillaba un antiguo profesor mío, es de más sabios no tener que hacerlo. Así he matizado afirmaciones, he sustituido viñetas o caricaturas por otras que me parecían más acertadas, he suprimido, incluso, algún artículo que pudiera lastimar a terceras personas o que, simplemente, no llegaba a convencerme. Varios han sido los motivos que me indujeron a manifestar mis opiniones en esta especie de nuevo foro que es Internet. Uno de ellos la necesidad de ‘catarsis’ que la puesta a punto de la convivencia democrática requería, a fin de hablar, desde una plataforma común de confianza y de sinceración, con quien suponemos nuestro otro interlocutor democrático de la oposición. Es (entre otras cosas) el ejercicio del derecho a enjuiciar la larga etapa, ya superada, de la Dictadura, desde la normalización de la democracia restaurada, la democracia que la Segunda República trató de establecer y que se frustró con la sublevación de unos militares desleales que se adueñaron del Estado y convirtieron la “cosa pública” en “cosa nostra”. Y a esto lo llamaron “patria”, obligando al exilio, a la cárcel o a la muerte, a una parte muy considerable de los españoles.
Se trata del derecho a opinar libremente, largamente negado a los vencidos durante la Dictadura y aplazado después espontáneamente, de manera cautelar, durante la llamada ‘transición’, con el fin de consolidar una democracia que echaba a andar con paso todavía vacilante, tras el entumecimiento de casi cuarenta años de inactividad política.
Pues bien, parece que todavía no es bastante. Quizás la generación perdida de la posguerra, hoy ya septuagenaria u octogenaria, debería haber seguido callando y aguantar hasta que hubiera desaparecido el último superviviente. Porque, por lo visto, el propósito de cerrar heridas de los “hunos” implicaba la intención aviesa de abrir las de los “hotros”. Las dos Españas volvían a enzarzarse en una nueva pugna, ahora de tipo dialéctico. De nuevo aparecieron los enfrentamientos con ocasión de algunas reivindicaciones por parte de los vencidos, que no tuvieron la oportunidad, en su momento, de honrar a sus familiares caídos en el frente, o eliminados en la retaguardia. La publicación en los periódicos, con un retraso de casi 70 años, de esquelas de familiares asesinados o muertos en campaña durante aquellos años (y los que siguieron a la proclamación de la paz) provocó, entre los herederos de las víctimas del bando vencedor, una reacción similar: publicar esquelas de familiares fallecidos en el frente, o a consecuencia de crímenes imputables a los grupos revolucionarios de la izquierda. De modo que, lo que pretendía ser una compensación por el silencio y la ignominia que cayó sobre los familiares de los vencidos, frente a las honras públicas que se tributaban a los “caídos por Dios y por España”, se convirtió en motivo de nuevas reivindicaciones por parte de los familiares de los vencedores, lo que dio lugar a fenómenos como la llamada “guerra de las esquelas”.
No ha llegado la derecha a comprender que los perdedores de la guerra no tuvieron ocasión de honrar a los suyos hasta que el advenimiento de la democracia les deparó esa oportunidad. Por supuesto, es la misma libertad que ellos tienen de hacerlo, tanto de forma pública como privada. ¡Ay de los vencidos, si se hubieran atrevido a hacer honores públicamente a sus muertos!
En fin, que en el terreno de la normalización política, dentro de la democracia, los progresos de esa normalización se ven con frecuencia impedidos por los resabios de una derecha recalcitrante. Lejos de progresar, retrocedemos a posturas que se revelan cada día más inconciliables. Los recientes acontecimientos revelan que se hacen cada vez más profundas las diferencias y que se agrandan las incompatibilidades.
El odio hacia un presidente democráticamente elegido nunca se ha hecho tan patente como ahora. Hay movilizaciones espectaculares que pretenden dar la impresión de que existe un desacuerdo mayoritario con el presidente del gobierno español, contra el que se agitan patrióticamente banderas que son de todos los españoles, junto a consignas que son, pese a su algarabía, claramente minoritarias.
La excarcelación de un terrorista (execrable, ciertamente, el terrorista, no la excarcelación, hecha por razones humanitarias y con el correspondiente refrendo jurídico) ha sido interpretada como debilidad, como connivencia del poder hacia el propio terrorismo, como traición a la patria. De poco han valido que se alegasen razones humanitarias, aunque estén contenidas en la misma doctrina evangélica del perdón, que se ha predicado siempre desde el sector que se alió con la cruz, ya desde la época de Constantino el Grande. Ni ha sido tenido en cuenta aquel precepto humanitario y sabio que Don Quijote diera a Sancho al entrar en el gobierno de la ínsula Barataria: “Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia” (cap.XLII, 2ª parte)
Las fuerzas reaccionarias de la derecha toman bríos. La cohesión democrática se debilita, por otra parte. De todos modos esperamos que las urnas digan, en su momento, su veredicto.
Aunque no sería la primera vez que, incluso habiendo hablado las urnas, esas fuerzas reaccionarias han impuesto la razón de la fuerza. El ejemplo al canto lo tenemos en el fatídico 1936.
Si la derecha sigue arrogándose, como en otro tiempo, la exclusiva de salvaguardar la unidad de España, el golpismo puede encontrar pretextos para volver a intervenir.

domingo, marzo 11, 2007

LA COMBA Y EL CORRO

(Recuerdos de la infancia)

Si vuelvo, en el recuerdo, a la época de la niñez y me sitúo con la memoria en la calle Santa Marta, de Aceuchal, puedo recordar a las niñas que eran por entonces mis vecinas. Y, especialmente, la hora del atardecer cuando todas las chavalas de la calle se reunían para jugar al corro o saltar a la comba. Aunque el repertorio de canciones no pasaba quizás de la media docena, ahora en la distancia del tiempo, me parece que ese repertorio era mucho más abundante del que yo acierto a recordar. Con frecuencia, las letras de estas canciones incluían frases mal asimiladas, por haberlas aprendido mal, o porque las letras en sí eran un poquito disparatadas. Vamos con algunos ejemplos:
Por la carretera Reyes
cuatro mocitas van
y la que va en el medio
hija de un capitán,
sobrina de don Félix,
teniente coronel…etc.

Si hubiera dicho un número ‘impar’ de mocitas se comprendería que una de ellas cayera justo en medio del grupo; pero ¿cuál será la que va en el medio cuando son, como en este caso, cuatro? Nadie reparaba entonces en este tipo de pamplinas. Era así y sanseacabó. Como tampoco había inconveniente en admitir la posibilidad de que alguien fuera a Francia a comprar ‘hilo portugués’:
De Francia vengo, señores, de por hilo portugués,
y en el camino me han dicho que tres hijas tiene usté.
- Si las tengo o no las tengo, eso no le importa a usté
… etc.

Y las cosas que uno podía encontrar dentro de una manzana eran realmente fabulosas:
Yo me comí una manzana,
¡qué manzana tan sabrosa!,
dentro la manzana había
el correo de Piadosa (¡)
había una cigarrera,
hablando con su soldado,
y al tiempo de despedirse
se agarraron por la mano.
adiós cigarrera hermosa,
adiós, soldado valiente,
contigo me casaría
a la hora de la muerte…


También 'al levantar una lancha' uno podía llevarse sorpresas:

Al levantar una lancha
una jardinera vi,
regando sus lindas plantas
y al momento la seguí.


Es posible que lo que ahora nos parece un poco absurdo se debiera, en parte, a que las letras estuviesen viciadas por haber entendido mal las frases. Suele ocurrir con las letras. En este sentido, mi amigo Miguel ha recordado que la letra del himno de la Virgen de Guadalupe, Patrona de Extremadura, solía malentenderse, especialmente en aquel pasaje que dice:
Somos los hijos del gran Pizarro,
los hijos somos de Hernán Cortés,
y en nuestro pecho noble y bizarro
un alma late que fuego es.
La deformación consistía en que se cantaba de esta manera:
Somos los hijos del gran Pizarro,
Los hijos somos del gran Cortés,
Y en nuestro pecho noble y pizarro
Un almanaque que fuego es.



A la puerta está la ronda, sí, sí,
que yo rondaré primero
clavellina colorada nacida en el mes de Enero… ,
En vez de decir “clavellina colorada” se decía “la gallina colorada”, como si tal cosa. Más ejemplos:
Soy el farolero de la puerta ‘l Sol,
cojo mi escalera y enciendo el farol,
después de encendido me pongo a cantar
y siempre me sale la cuenta cabal.

Pero, o yo oía mal, o juraría que las niñas decían:

“y siempre me sale la cuenta cagá”.

Apenas había letra de copla o coplilla que no estuviera lastrada con algún gazapo prosódico. El mismo Cara al sol, estaba gramaticalmente viciado (aparte de sus otros vicios de fondo) Y donde los poetas azules habían escrito 'impasible el ademán', los cazurros prosélitos de la camisa azul y el 'cangrejo' bordado canturreaban: 'imposible el ademán'.

Otra copla de corro infantil:

A un capitán sevillano siete hijos le dio Dios
y tuvo la mala suerte que ninguno fue varón.


Es natural, pues no eran siete hijos, sino siete hijas. Si alguna hubiera sido varón hubiera sido un transexual.

Era aquella una época todavía muy respetuosa con los padres, a los que algunos hijos hablábamos de usted (me incluyo porque yo también lo hice durante algún tiempo)
Papá, mamá, ¿quiere usté que vaya
un poquito a la alameda, (bis)
con los hijos de Merino (bis)
que llevan rica merienda?
Al tiempo de merendá (bis)
se perdió la más pequeña.(bis)
Su papá la anda buscando,
calle arriba y calle abajo,
¡dónde la vino a encontrar,
en una sala metida,
hablando con su galán,
diciéndole ‘prenda mía’,
contigo me he de casá
aunque me cueste la vía!
Una paloma volaba
y al volar su pico abría,
ella parecía que hablaba
pero yo no la entendía, etc.

La niña, a pesar de ser “la más pequeña”, se conoce que estaba muy adelantada para su edad, pues ya tenía su galán con el que se veía a escondidas. ¡Qué precocidad!

¡Todo ahora se ve tan lejano, tan irreal!
Un recuerdo agradecido para aquellas niñas piporras que nos hicieron amables y amenas las tardes cuando éramos unos críos, en aquellos duros tiempos de la posguerra.



jueves, marzo 08, 2007

EL FLAMENCO Y EL FOLKLORE







El martes, 6 de marzo, estuvo conferenciando en el Seminario Humanístico de Zafra (filial de la Asociación de Escritores Extremeños) el más Grande de los emeritenses vivos, Félix de nombre. Ya sabéis: el autor sabio de Blanco spirituals o de Los rubáiyátas de Horacio Martín, por no citar más que dos de sus más conocidos títulos poéticos. Su charla amena, interesante, estuvo sazonada de anécdotas personales, de vivencias indelebles de su infancia en Mérida. El auditorio escuchó con atención y con visible interés la voz cálida y profunda del maestro.
No faltó la referencia al flamenco, ese filón de la sabiduría popular que en palabra ya consagrada, aunque extraña, se denomina folklore. Sabiduría condensada en coplas, en sentencias, en refranes. Paremias griegas, adagios latinos, pliegos de cordel, trovas de juglares (con laúd o con guitarra). Tampoco faltó la mención de Paco de Lucía, el gran virtuoso de la guitarra flamenca.
Citó Félix algunas de esas coplas de las que dijo Machado (Manuel)
A todos nos han cantado
en una noche de juerga
coplas que nos han matado…

Coplas que apuntan directo al corazón, esas coplas sabias del folklore, del que dijo el mismo poeta


Es el saber popular
que encierra todo el saber:
que es saber sufrir, amar,
morirse y aborrecer.
Y la copla esta vez decía:
El reloj está en la torre;
el mochuelo, en el olivo;
en mi corazón, la pena:
cada cosa está en su sitio
.



El texto popular encierra una suprema ironía, dando la impresión de que reina un profundo orden y de que existe una gran normalidad, por el hecho de que se comprueba que cada cosa está en su sitio. Pero la paradoja real es que hay algo que está donde no debería estar, pues lo justo, lo ideal y lo deseable es que en el corazón no esté la pena sino la alegría, el contento, la felicidad. Si está la pena, ocupa, sí, un sitio adecuado, pero un sitio donde habitualmente no debiera estar; lo que, en el fondo, constituye un desorden, puesto que, en ese sitio, dentro de un orden ideal, debería estar el gozo, la alegría, la dicha... No la tristeza. La pena está ahí suplantándolos, usurpándoles el puesto.



Un día escuché una de estas canciones que se nos graban en la memoria, porque barruntamos en ellas hondas experiencias dolorosas:
No te deseo más castigo
que el que te acuestes con otro
y estés soñando conmigo.


Aviso y advertencia que el amante comunica a quien le amó y después le sustituyó por otra persona.
Son letras sabias, las de las canciones de este tipo.
Pero hay también letras poco acertadas, a veces tontas o absurdas. Aunque tuvieran, en su momento, un éxito indiscutible. La letra de El emigrante, la famosa canción que popularizó Valderrama, constituye un buen ejemplo de lo que decimos. El emigrante manifiesta su deseo de recordar, durante su ausencia, la blanca dentadura de su amada, convertida en fetiche, en objeto sagrado:
Tengo que hacerme un rosario
con tus dientes de marfil
.

¡No lo dirás en serio! ¿Qué quieres, cariño, que tenga que ponerme dentadura postiza?
El folklore flamenco tiene también una cierta propensión al autobombo, a la presunción. Se piropea a sí mismo, presume, alardea, se ufana. Quizás de ahí proviene lo de ‘flamenquear’.¡Muy flamenco estás tú, niño! Muy infatuado, muy sobre sí. Un pelín más de la cuenta ‘poseídos’, algo endiosados, estos flamencos y flamencas no tienen abuela. Se nota que tienen esa orfandad de nacimiento. Un ejemplo de canciones de este tipo:
No hay majeza ni tronío
que igualen a mi majeza.
De los pies a la cabeza
llevo rumbo y señorío.
¡Que soy del barrio Triana
flamenca como ninguna!
tengo la gracia gitana,
vivo orgullosa de mí…
etc.


Este tipo de autoafirmación presuntuosa es, a mi manera de ver, uno de los puntos flacos del flamenco.
Y, no obstante, en ciertos aspectos, parece consustancial con él.

sábado, marzo 03, 2007

EN BUSCA DEL CONSENSO PERDIDO

Una cosa tengo bien clara en lo que atañe a la concordia entre los españoles, a la normalización de la convivencia entre los mismos, tras la fatal crisis de la unidad que tuvo como resultado el enfrentamiento civil. Y esa cosa es que los perdedores tenían derecho a ser resarcidos, a recibir compensación, siquiera de índole moral, por la parte que se alzó con el poder por medio de las armas. La guerra produjo daños y pérdidas por ambas partes, pero, por la de los vencidos, unos traumas adicionales, algo así como unos daños psicológicos permanentes sobre el “ego” de la conciencia nacional; y ese daño requería ser reparado, en la normalización de la convivencia democrática, a través de una catarsis colectiva que nos preparase para afrontar la nueva situación. Esta puesta a punto requería cierta dosis de paciencia y buena voluntad por parte de tirios y troyanos. Ello pasaba por el reconocimiento de los propios errores por ambas partes, de los excesos y atropellos que por uno y otro lado se cometieron; pero también, y sobre todo, de algo muy especial que consistía (y consiste) en revisar desde la óptica común del planteamiento democrático (con el que se supone implícitamente que estamos todos de acuerdo) lo que de particularmente erróneo e inaceptable tuvo la situación pasada, enjuiciada desde este punto de vista democrático, en el que se supone que existe unanimidad por ambas partes. Claro que esta vía dialéctica conduce, indefectiblemente, a la condena del franquismo, es decir, de la situación superada; y esta condena del franquismo (verdadera prueba del algodón del talante democrático de un partido) a propuesta del partido socialista entonces en la oposición, fue la que en el Parlamento español, en el año 2002, puso al PP contra las cuerdas. Por fortuna, en aquella ocasión el PP no pudo sustraerse a la evidencia y aceptó refrendar la condena democrática del franquismo, acuerdo importante para partir de una base común. Pero, por desgracia, con posterioridad ha dado marcha atrás y ha rehusado, inconsecuentemente, mantener esta condena a nivel internacional en el parlamento europeo. Ahora bien, esto constituye un contrasentido y una ruptura del consenso democrático en un punto vital: no se puede ser demócrata sin el rechazo explícito de lo que fue esencialmente antidemocrático, como lo fue el franquismo. Y no caben subterfugios ni componendas de que puede darse un franquismo evolucionado, converso a la democracia, lo que sería teóricamente el PP. La democracia tiene que rechazar el franquismo, como éste, en su larga andadura, rechazó aquélla: son visceralmente incompatibles. Claro que abjurar del franquismo supone renunciar a las propias raíces, tratándose del PP, y esto requiere una ‘metanoia’, o cambio de criterio mental muy difícil de lograr. Es, por lo demás, obvio que la condena del franquismo conlleva la revisión crítica de sus dogmas políticos y el desmantelamiento de los tópicos con los que justificó su presunta “salvación de España”. Todo lo cual supone para muchos de los adictos a aquel régimen una renuncia intolerable. Que estas reivindicaciones no se plantearon durante la transición, de acuerdo. Importaba entonces más afianzar una democracia valetudinaria, todavía expuesta a sustos como el del 23-F. Pero que la salud democrática de España necesitaba de reparación y catarsis desde la maltrecha izquierda, nadie lo podría negar. Y en ello estamos. ¿Habrá la generosidad suficiente, por parte de la derecha, para hacer estas concesiones que reparen, siquiera en parte, el largo secuestro de la voluntad popular que propició el franquismo?

viernes, marzo 02, 2007

EL INTERNAUTA NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA

Parafraseando el conocido título de la novela de García Márquez, se podría decir lo mismo de aquellos que mantienen sus “blogs” abiertos a comentarios (bien que, como en mi caso, condicionados a la aprobación del propio “blogger”) y, sin embargo, nunca, o muy rara vez, reciben comentarios de lectores. Ya recordé, a este propósito, en cierta ocasión, aquellos versos demoledores con que el poeta hispanorromano Marcial fulminaba a un detractor suyo:
Versiculos in me narratur scribere Cinna:
Non scribit cuius carmina nemo legit

(Se dice por ahí que un tal Cinna escribe versillos contra mí:
No escribe aquel cuyos versos nadie lee)


Hubo, en aquella ocasión, un benévolo lector que se aventuró (eso sí, embozado en el anónimo, a escribirme -¡en Latín!- diciéndome, como para darme ánimos, que había alguien que me leía: él) Bueno, algo es algo: alguien NO es nadie. Ya puedo afirmar que escribo porque, al menos, uno me lee.
Hubo, sin embargo, una ocasión en la que al abrir el correo me encontré con la sorpresa de tener, de golpe, nada menos que 68 comentarios a uno de mis artículos, Abrí, con cautela, algunos de ellos, al azar, y me encontré que todos estaban en inglés y que me proponían leer sus propios “blogs”. Desde entonces suelo eliminar sistemáticamente los susodichos comentarios, sin molestarme en abrir las correspondientes misivas.
La verdad es que no me importa demasiado hacer en solitario esta travesía, en la que mi distracción, casi exclusiva, es anotar mis divagaciones en este “cuaderno de bitácora”. A veces escudriño las olas, quizás con la secreta esperanza de ver flotando la botella en la que me llega el mensaje de algún amigo que me necesita.




GUERRAS DE RELIGIÓN

Ahora que reparo en ello, casi todas las llamadas “guerras de religión” que en el mundo han sido han servido de tapadera a otras causas, aparte de las propiamente religiosas. El motivo de la religión ha sido, con frecuencia, un buen pretexto para justificar una guerra,aunque el motivo oculto haya sido otro.
Así, por ejemplo, la guerra contra el turco, que culminó en la batalla de Lepanto (ocasión de la manquedad de Cervantes) y que dio a los cristianos la preponderancia naval en el Mediterráneo, fue una “guerra de religión”. Tal se consideró en aquellos tiempos, y aun en los nuestros. Refiriéndose al Mediterráneo, dijo el poeta Adriano del Valle:
Con naumaquias sacras
se cristianizó.
Lepanto fue una de esas naumaquias. La Guerra Civil española también se pretextó “guerra de religión”, o “guerra santa”, por quienes la “bautizaron” pomposamente como “Cruzada”. Y en nuestros días, la llamada Yihad islámica (quam horroris causa nomino) también es una “guerra de religión”, más bien una “guerrilla” que golpea acá y allá, con sus fanáticos adeptos dispuestos a inmolarse como víctimas, con tal de sembrar el terror. Con golpes espectaculares, a veces, como el de las Torres Gemelas. Siempre habrá kamikazes dispuestos a morir por el emperador, siempre habrá suicidas heroicos, decididos a inmolarse por una causa religiosa. Catecúmenos del fanatismo, persuadidos de antemano de que, con su sacrificio personal, ganarán el Paraíso: “Tantum religio potuit suadere malorum”, como dijo el poeta romano Lucrecio: a tanto mal pudo ser inductora la causa religiosa.
En la Guerra Civil española hubo matones que se dejaron persuadir de que eran el brazo ejecutor de la justicia divina:
– “No te mato yo, te mata Dios” (cuentan que decía un conocido matón de aldea, en uno de estos pagos extremeños) ¿Quién le inculcaría a aquel botarate que su acción homicida era el medio a través del cual se manifestaba la voluntad divina?
Hay cierto tipo de fans que practican lo que los germanos llaman el Todesfanatismus (el fanatismo de la muerte) Hoy son relativamente fáciles de reclutar, sobre todo entre los prosélitos del Islam. Su utilización con fines terroristas está, como sabemos, a la orden del día, sobre todo en los países de Oriente Medio. Y, por lo que se ve, hay bastantes voluntarios de esa religión, dispuestos a inmolarse.
¡Que Dios – o Alá, tanto da– nos libre de ellos!

martes, febrero 27, 2007

POETAS EN SAN ATÓN (IV)


Juan Robles Febré se incorporó al Seminario Diocesano de San Atón hacia finales de los años 40 ó principios de los 50 del pasado siglo. Procedía de la congregación claretiana, principalmente dedicada a la enseñanza como medio de ejercer el apostolado. Su opción por el sacerdocio secular le llevó a ingresar en el seminario pacense para convalidar los estudios de Teología, orientados hacia el apostolado rural y la cura de almas.
Robles frisaba en los 30 años cuando se incorporó directamente a la comunidad de los teólogos. Enseguida supimos que había recalado entre nosotros un nuevo pupilo de las musas. Trascendió la noticia al resto de las comunidades.
Recuerdo a aquel Robles juvenil como un tanto friolero, atravesando presurosamente la terraza del Seminario Mayor (primera planta entrando, a la derecha) embozado en su bufanda. Como era de esperar, Robles adoptó, siguiendo la costumbre implantada por los poetas autóctonos, el correspondiente seudónimo. Ya teníamos el recuerdo reciente de Néstor Rodín y de Alas Adolfo, que probablemente aún estaba entre nosotros, como Nazario Ortiz. El recién llegado nos hizo saber que también él había recibido el bautismo en la fuente de Hipocrene, o de Castalia, y que su nombre de pila era David Uziel.
Tuve ocasión de charlar con él de poesía y de poetas y de intercambiar con él algunos artículos de periodistas admirados por mí y de otros, admirados por él. Recuerdo que le mostré varias fotos de poetas, recortadas de los periódicos, y que especialmente mostró su devoción entusiástica por Adriano del Valle. Esta admiración se vería posteriormente confirmada por mí, comprobando que Robles imitaba a del Valle, especialmente en la utilización de la décima. Recuerdo que hablamos de García Lorca (un nombre todavía casi tabú en aquellas fechas) y que me recomendó, como posible lectura para un futuro ministro del Señor, la obra titulada Marianita (sic) Pineda.
Yo ya conocía, sin embargo, por aquel entonces algún que otro de los romances ‘escabrosos’ del granadino, como, por ejemplo, el de “Preciosa y el aire”. Y sabía, por Lucio Molina (cuyo padre tenía un ejemplar de la primera edición del Romancero gitano (1928) que había un romance de contenido altamente peligroso que se titulaba “La casada infiel”.
Robles ejerció el ministerio sacerdotal en algunos pueblos de la diócesis pacense, por ejemplo, en Salvatierra de los Barros.
Pero su apostolado se ejercería, principalmente, a través de la poesía, de la cual fue promotor importantísimo desde su ministerio sacerdotal en la provincia pacense. La poesia religiosa tuvo en él un cultivador fervoroso, colaborando en la fundación de revistas poéticas como ‘Jaire’ y ‘Olalla’. Luego extendió su campo de influencia a la poesía profana, posibilitando que los creadores noveles publicasen sus versos en la colección “Cuadernos poéticos Kylix”, fundada por él.
Trabajó y cinceló el verso con tesón y con empeño, demostrando que también el poeta, si no nace, puede hacerse a fuerza de voluntad.
La lista de sus publicaciones es amplia. Entre sus muchos títulos hay dos expresamente dedicados a la ciudad de Badajoz. Poesía de circunstancias. Quizás sus mejores libros sean los escritos con motivo del IV Centenario de la muerte de San Juan de la Cruz (Fuente que mana y corre) y el dedicado a la commemoración de otra efeméride: la del V Centenario del Descubrimiento de América. Este poemario lleva por título Alta Mira de Gaviotas
Por supuesto que, entre su poesía de circunstancia, también tuvo ocasión de dedicarle algunos piropos a Zafra, a Sevilla la Chica, donde los claretianos tuvieron escuela de Teología en el pasado. Insertamos aquí, a titulo de muestra, una de sus décimas, en esta ocasión dedicada a la




Plaza Chica
La noche en la Plaza Chica
juega entre luz y color,
se recrea con la flor,
con los arcos se abanica.
El limpio jazmín suplica
y es el silencio romanza.
Esta bienaventuranza
que nos sabe a paz divina
la derrama en su hornacina
la Virgen de la Esperanza.
















lunes, febrero 12, 2007

POETAS EN SAN ATÓN (III)


Mi amigo Nacho Pavón, joven profesor de la Universidad de Extremadura, me ha facilitado recientemente, a petición mía, algunos datos, precisos y preciosos, acerca de la biografía y bibliografía de Pedro Belloso, párroco que fue de Alange, donde actualmente reside parte de las respectivas familias, la del párroco y la del informante. Para situar cronológicamente a Pedro Belloso (el “Alas Adolfo” de los años 40 y 50 en el Seminario de San Atón) encerramos aquí entre paréntesis los años del nacimiento y la muerte (1926-2004), la fecha de su ordenación sacerdotal (1950) y los títulos de los libros poéticos que publicó a lo largo de su vida. Estos son: Hombres de barro (1977), Campo y pueblo (1978), Entre encinas (1980), Brindis a media voz (1989) y en la obra colectiva Con Jesús hacia el Calvario (Almendralejo, 2002, edic. Tobías Medina Cledón) la colección de poemas “Visión poética del Vía Crucis”, pp. 69-107, con ilustraciones del artista italiano Emilio Nembrini, uno de los autores de los frescos de la Iglesia Parroquial de Almendralejo.
Pero, junto a esta obra publicada, más la dispersa en periódicos y revistas poéticas, Belloso ha dejado varios libros más, inéditos. Estos llevan por títulos los siguientes: Salterio de mis horas, De la luz recién nacida, Incompleta sinfonía de tu nombre, Calle y camino y, por último, una antología poética con el título Os dejo mi palabra (1957-1992)
De toda esta extensa obra yo conozco, a decir verdad, una muy pequeña parte: la que se contiene, principalmente, en su libro Entre encinas (1980) del que poseo un ejemplar dedicado de su puño y letra.
Poeta hondamente humano, Pedro Belloso, su maduración ha tenido lugar en contacto con sus feligreses, a lo largo de su ministerio sacerdotal en las diversas parroquias de la provincia para las que fue nombrado cura de almas. El “Alas Adolfo” que yo conocí era todavía un poeta en ciernes, en el que ya apuntaba, sin duda, una certera vocación poética.
Volví a reencontrarme con él en los años 80, en Zafra, donde recalaba con frecuencia cuando desde Puebla del Maestre viajaba hacia su pueblo natal, Alange. En Zafra tenía un amigo incondicional: el novelista Francisco Moreno Guerrero. Y, en un segundo plano, mi (in)modesta persona, de quien ya no se acordaba, pues yo era sólo un niño cuando él estaba ya en Teología.
He elegido, del libro Entre encinas, el poema titulado “La solterona”, en el que revela su ternura y simpatía hacia este arquetipo femenino, que ha conmovido la sensibilidad de los grandes poetas, como el Lorca de Doña Rosita la Soltera, o el lenguaje de las flores.
SOLTERONA
I
Se le ahogaron los años
en el pozo del tiempo.
Era joven, no fea,
con todos los derechos
a ser mujer completa
de algún hogar concreto.
Pero su honrada casta
pensó que “el paño bueno
en el arca se guarda”,
y se le fue su tiempo.
II
Y la joven, no fea,
sólo tiene derecho
a inventarse unos hijos
que engendra el pensamiento.
Porque “su paño” huele
a manzana a destiempo,
que se pudre en suspiros
en el arca del tiempo.
III
Y esta tarde-domingo
un ramo de silencios
a pasear llevaba
sobre su “paño bueno”.
Se le nota por fuera
lo que guarda por dentro.
Su risa es la protesta
al “qué dirán” del pueblo.
Porque su risa es llanto
que le asquea por dentro
tanta honradez de paño
podrido por el tiempo.
IV
La llaman solterona,
mujer y sin derechos
a sembrar en su carne
la semilla de un beso.
Tal su vida pasea
-“paño de puro bueno”-
por las tardes-domingos
de su aburrido tiempo.

domingo, enero 21, 2007

¡VIVA EL TANGO!

Mi amigo argentino Hildebrando Céspedes (Brando para sus amistades) me acaba de enviar, desde su “Buenos Aires querido”, como presente del Año Nuevo, una espléndida colección de tangos, distribuida en cuatro CDs, un muestrario de lo más completo de la historia del tango que haría las delicias incluso del porteño más exigente.
La selección de Brando incluye, junto a piezas que hicieron época y que son y serán éxitos permanentes, otras piezas rarísimas que tuvieron éxito en su día y que después, con el paso de los años, fueron relegadas al olvido. Salvo que todavía hoy, en algún lugar ignorado, algunos las recuerdan porque formaron parte de las vivencias de su juventud y las han transmitido, como un delicado tesoro, a sus descendientes. Este es el caso del tango titulado “Alma de payaso”, que yo oía cantar a mi madre y cuya letra, mecanografiada por mi padre en alguna de aquellas Hispano-Olivetti antiguas del ayuntamiento de Aceuchal, encontró un día mi hermana entre los papeles de nuestra madre:
Alma de payaso,
no ves por qué las congojas
son flores que se deshojan
igual que tu ilusión.
Ríe tú, payaso,
esa es tu misión,
¡Qué importa que dentro
te llore el corazón!

Esta canción, de comienzo de los años 30, debió de sonar con frecuencia en los dancings de la época. Los jóvenes de entonces la sabían al dedillo y alguna enamorada llegó a bordar en el pentagrama de un pañuelo sus notas melódicas, como vemos en un primoroso trabajo del Museo Etnográfico de Olivenza (Badajoz)
El tango en cuestión es casi coetáneo mío: mi madre estaba novia todavía con mi padre (1930) Yo nací unos años después.
Me cuenta Brando (un verdadero entendido en la materia) que las versiones originales que hicieron Agustín Magaldi (1930) e Ignacio Corsini (1932) “fueron destruidas o arrojadas a la basura cuando la empresa disquera Víctor hizo una ‘limpieza total’ para dedicar el espacio de las matrices a un escenario donde músicos y cantantes grabarían sus audiciones en la nueva técnica de los discos Long Play de 33 ½ rpm”. Pero –añade– “por suerte, la empresa discográfica Columbia, que también remodeló sus estudios, tuvo mejor razonamiento al grabar en cintas magnéticas el material que se disponía a dar de baja. Gracias a esta acción, hoy tenemos registros de muchas obras de grandes músicas de todos los géneros, entre los que se encuentra el tango tan buscado por nosotros dos”
Curiosamente, el autor del tango, apodado “Pocholo” (Adolfo Pérez Gutiérrez) había vivido muy cerca del domicilio del propio Brando. Era hijo de padres españoles y falleció en 1977, a los 80 años de edad. Datos todos que debo a las diligentes pesquisas de mi buen amigo.
Gracias, amigo Brando, por tu magnífico regalo. El tango es la expresión más genuina del alma criolla, el tesoro imperecedero de vuestro folklore.
Siempre me deleité en la contemplación estética de este ritmo genial, en el que la fémina juega a ceñirse al varón como una liana, en ademanes sensuales y lúdicos amagos sugerentes de la copulación.
Y, aunque estén ya próximas a secarse “las pilas de los timbres”, todavía hoy, al conjuro de vuestros compases, se rejuvenece el espíritu y se recupera mágicamente, siquiera por momentos, entre las cenizas del tiempo, un ascua encendida de la juventud.

viernes, enero 19, 2007

POETAS EN SAN ATÓN (II)


















FRANCISCO SÁNCHEZ (Néstor Rodín).-
Conocí a Paco Sánchez cuando él estaba en segundo de Teología. Pero mi amistad con él sólo se afianzó a partir de 1948, su último año en el Seminario. Ese año cantó misa Paco. Yo tenía 15 años. Mi amistad con el teólogo tenía exclusivamente intereses literarios. Digo esto porque resultaba ciertamente raro que fraguaran amistades entre seminaristas pertenecientes a comunidades distintas. Cuando se daban, lo más frecuente era que la palabra “raro” pudiera entenderse en el sentido del vocablo inglés “queer” (sinónimo de “gay” en su acepción de homosexual)
A mí me gustaba cómo escribía Paco, tanto en prosa como en verso. En prosa, uno de sus primeros trabajos que conocí fue el relato del martirio de un cura de su pueblo. Se llamaba Tomás Carmona y fue fusilado el 11 de agosto del 36 por los facciosos del Frente Popular, aquella pandilla de imbéciles que convirtió a los religiosos en el principal objetivo a eliminar de su revolución social.
El relato del crimen impactó especialmente la sensibilidad infantil del futuro poeta y éste supo plasmar en una narración llena de primores estilísticos el trágico suceso. Paco leyó su relato un tanto azoradamente, en presencia del obispo Alcaraz Alenda y del Seminario en pleno. Fue desgranando nerviosamente el texto, salpicado de metáforas y elegantes expresiones que aún recuerdo: “barbas pavorosas”, “moteado de olivos”, etc.
Otro relato suyo en prosa poética fue una novela por entregas cuyo primer capítulo él inició en la revista de las festividades que se titulaba CHUMBI. Se trataba de una novela de literarias truculencias, cuyo título era Cuando de mi molino. El molino era el que estaba en la huerta donde los teólogos se reunían en la hora del recreo. Novela de misterio y terrores nocturnos en la que a veces aparecía la luna “como un ojo ensangrentado”.
En la lírica, Paco nos dejó romances inolvidables, como los titulados “Alba en Nazaret” y “A un pajarillo”. Este último apareció en el “Chumbi” y lo voy a transcribir como muestra de su buen hacer, de sus primores líricos.
Tenía Paco, “Néstor Rodín” (no pronunciar Rodén, pues Paco pronunciaba a la española) un cierto don para nominar las cosas. Lo demostró en más de una ocasión. Así, cuando se constituyeron los equipos de fútbol de la comunidad del Seminario Mayor (filósofos y teólogos) Paco fue el encargado de buscar un nombre para el equipo de los filósofos, ya que él estaba en esa comunidad por entonces. Por los teólogos fue encargado de hacerlo Paco Horrillo. Éste, que era lector fervoroso de Rubén, eligió para su equipo el nombre altisonante de Olímpico Azul (dos adjetivos inequívocamente rubenianos). Paco Sánchez, Néstor, dio a su equipo un nombre sonoro y significativo, poniéndolo bajo la advocación de la patrona de los filósofos, Santa Catalina de Alejandría. Un nombre de resonancias eufónicas, bizarro y avasallador: Catalín Royal (pronúnciese esta última palabra a la española, no a la inglesa. No es como si dijéramos la Royal Army, sino como el clarinazo castrense de dos palabras agudas en castellano: Catalín Royal)
El don nominativo de Paco se refleja también en la transformación verbal de las expresiones con que en el Seminario se aludía eufemísticamente a las necesidades fisiológicas: hacer lugares mayores” o “lugares menores” (respectivamente, defecar u orinar). Paco extrajo sendos verbos de cada uno de aquellos adjetivos y creó los neologismos “mayorear” y “minorear”, respectivamente.

Por último, he aquí transcrito su poema “A un pajarillo”, que fue leído en una de aquellas solemnidades en las que todos aguardábamos, con expectación, la lectura gratificante del “Chumbi” en el co
medor, a los postres de una comida extra.


Leyó este poema Daniel Jiménez Barrigós.


A UN PAJARILLO
(Néstor Rodín)
¡Pájaro feliz en vuelo,
pájaro solo en la tarde!
Un corazón va perdido
por los caminos del aire,
horadando el ancho cielo,
libre y contento, sin nadie.
Vuela y vuela raudamente
el pájaro sobre el valle,
cervatillo con dos alas,
copo de pluma y de carne,
y en lo azul clava su pecho
sin que los ojos lo alcancen.
En el hontanar lejano
le está esperando el ramaje;
pero el pájaro inaugura
su vida junto a los ángeles,
desamparado en el viento
que inmenso cauce le abre.
Hacia lo triste y secreto
huye el pájaro en la tarde
y escapa, viajero y solo,

de la luz y del paisaje.
¡Pájaro feliz en vuelo
que todas las rutas sabe!

Un día se morirá
¡y no ha de saberlo nadie!













domingo, enero 14, 2007

POETAS EN SAN ATÓN (I)


Tengo, de mis años de estancia en el Seminario de Badajoz, el recuerdo vivo de los compañeros poetas. Eran como los hermanos mayores, “hoi presbýteroi”, como se diría en griego: ellos estaban en los estudios de Teología, o Filosofía, mientras yo andaba aún por los de Latinidad. Se llamaban Francisco Sánchez, Pedro Belloso, Francisco Cañamero. Todos ocultaban pudorosamente (o quizás coquetamente) sus nombres de pila y se habían rebautizado en la cofradía de las musas con los correspondientes seudónimos: Paco Sánchez pasó a llamarse “Néstor Rodín” (pronúnciese Rodín, no Rodén, pues no es francés, como el nombre del escultor homónimo, el famoso autor de El pensador). Pedro Belloso era “Alas Adolfo” y Francisco Cañamero era “Nazario Ortiz”. Comenzaré hablando de este último del que guardo, además, imagen pictórica o, como yo suelo decir, “síntesis fisonómica”.


1.-FRANCISCO CAÑAMERO (“Nazario Ortiz”)
Para describir físicamente a Cañamero podríamos utilizar claves lorquianas: tenía, como el Dalí joven, “la voz aceitunada”, pero era también, como el Camborio, “moreno de verde luna”. Cabello negro, barba prieta y azulenca, frente huida. Diariamente, mientras la comunidad en hileras se iba remansando parsimoniosamente en el comedor, le veía desfilar ante mí –bruno, cabizbajo, recoleto– para ocupar su puesto en el refectorio. Sus rasgos fueron decantando en mi subconsciente y un día dibujé su caricatura, que tuvo un gran éxito y que me valió ser nombrado colaborador gráfico de “Chumbi”, la pequeña revista de humor que se confeccionaba íntegramente a mano y salía en las grandes solemnidades.
Hombre de musa obediente, amartelada y sumisa, siempre dispuesta a complacer a su dueño, él mismo era servicial cuando se le pedía colaboración en los asuntos que atañían a la creación literaria:
– Cañamero, escríbenos un himno para Santa Catalina (Y Cañamero traía, al poco tiempo, la composición solicitada)
– Cañamero, una letra, por favor, para esta cantata de Bach (Y Cañamero se ponía manos a la obra para tener en un plazo mínimo listo el trabajo)

A través de su musa galana, los filósofos le cantaban a Santa Catalina: “Somos nosotros los que a la altura / de tus miradas alzan la voz,/ arde en los pechos tu alta ventura,/ deja que incendie tu luz madura / a estos filósofos de Badajoz”

Nazario Ortiz, Cañamero, gozaba de la general estimación y aprecio de sus compañeros. Sólo que el talante jocundo de aquellos verdes años nos inducía, a menudo, a disolver en chanza ciertos alardes líricos. Sabíamos que Cañamero era millonario de metáforas que prodigaba fastuosamente. Esto hacía que la jovial patulea acogiera sus actuaciones con una bulliciosa expectativa de divertimiento. Especialmente en los sermones de ensayo todos esperábamos verle producirse como poeta, ver funcionar su resorte lírico. Y por la asamblea tronaba el rumor del regocijo colectivo tan pronto como Cañamero soltaba su primera metáfora. Algunas de éstas hicieron época, como aquélla de “fletémonos para la eternidad”. Y hablando en otra ocasión de la pesca milagrosa y de Cafarnaún, se refirió a “la ciudad que, curiosa, olfatea el Tiberíades, nervioso de sol”.

Murió Cañamero en el año 80, a las puertas del invierno. Muchos de sus poemas se publicaron en las revistas poéticas del momento: Estría, Olalla, Jaire... Sólo muchos años después de su muerte se publicó un libro suyo, El Dios gozado (1990) una colección de poemas navideños. Es lástima que otros temas poéticos no se hayan recogido en libro. Yo conservo copia mecanografiada de un poema que él me regaló (“Salmo del corazón enfadado”) y, en la memoria, dos sonetos: uno publicado en el boletín del Seminario (¿1949?) dedicado a la Virgen de Fátima, y otro escrito con motivo de la celebración de su primera misa. Este último se publicó en la revista Jaire.
Lo reproduzco aquí:

Se ha azucenado Dios. Ya he dicho misa.
Detrás de los milagros hubo fuego.
Le comí sin quemarme. Anduve ciego
jugando con Dios mismo entre la brisa.

Dios me tuvo colgado en la sonrisa
de su divinidad. Lo supe luego.
Me navegó la luz donde navego,
Pero se fue enseguida. Tuvo prisa.

Se ha azucenado Dios. Nadie lo sabe.
Nadie puede saber que nace y muere
en el tiempo, mortal como el segundo.

Pero yo sí que sé que mi Dios cabe,
que ha cabido en mis dedos y que quiere
diariamente caber dentro del mundo.


El único poemario impreso que conozco de Cañamero es el citado más arriba, que fue editado por el sacerdote pacense Manuel Gago, en 1990. Es lástima que no se haya hecho posteriormente ningún esfuerzo por publicar una obra lírica, sin duda más amplia, y cuyas calidades poéticas están fuera de toda duda.
Desde aquí hacemos una llamada a los depositarios de su obra y especialmente a los miembros del Opus de la diócesis pacense, organización a la que perteneció el poeta en los años inmediatamente anteriores a su óbito.
Merecería la pena conservar una obra de indudable calidad
poética
.

miércoles, enero 10, 2007

POR FIN, LAS ACTAS DEL CONGRESO DE FREGENAL (2001)

El congreso se celebró hace ya cinco años, en octubre de 2001, del 15 al 19, ambos días inclusive. Las sesiones de lectura de ponencias y comunicaciones, así como diversos actos culturales complementarios del evento (conciertos, exposiciones, etc.) se celebraron en Fregenal, excepto el día de excursión a la Peña de Arias Montano, en Aracena, el día 18. Ese día la única sesión de trabajo estuvo ocupada por la ponencia del profesor Maestre, de la Universidad de Cádiz. Fue un día lluvioso y desapacible. En la capilla de la Peña, dedicada a Nuestra Señora de los Ángeles, donde tuvimos que refugiarnos nada más apearnos del autobús, escuchamos con evidente interés la exposición del profesor Maestre, particularmente quienes (como era mi caso) habíamos dedicado algún estudio al texto que fue objeto de glosa por el ilustre catedrático. Se trata de una oda sáfica en latín, dedicada a una fuente por el polígrafo frexnense, fuente que, como todos habíamos creído hasta ese momento, era la que, cerca de la ermita, derramaba por la ladera su abundante caudal. El profesor Maestre, pertrechado de la más apabullante documentación, pronto nos iba a sacar de nuestro error, para hacernos ver que los versos latinos de Montano se referían a otra fuente, perteneciente a un lugar muy distante de aquél, no en Sierra Morena, como la fuente de la Peña, sino en la cordillera Central también llamada Carpetana, cerca de Segovia. La palabra que puso al sagaz profesor en la pista de su sensacional descubrimiento fue el nombre de un santo, mencionado en la oda, nombre que ya no figuraba en los santorales al uso, por hallarse lo que hoy diríamos “descatalogado”. Este santo para nosotros inaudito se llamaba, precisamente, Audito, y poseyó en el siglo XVI un monasterio en el lugar cerca del cual se ubica la fuente que Montano celebró en versos sáficos. El estudio de Maestre constituye un brillante trabajo de investigación. Aparte de la ubicación de la fuente, la localización del santo que allí se menciona y la probable fecha de composición de la oda (los años de Teologado del Montano juvenil) se resuelven, de manera convincente, determinados problemas hermenéuticos referidos a la transcripción, como la lectura correcta de la palabra “iungier” (unir) que los diversos anteriores intérpretes de la oda nos habíamos empecinado en leer “lugier” (llorar), teniendo que inventarnos, para el caso, una forma paralela del verbo “lugére”, ‘llorar’, que fuese de la tercera conjugación, no de la segunda, como es en realidad “lugere”. No habíamos percibido que lo que interpretábamos como una ele (‘l’) no era sino una ‘i’ longa y que lo que creímos una simple tilde era un signo de nasalidad, de los muchos que aparecen a lo largo de la oda. Y, por último, lo que Montano quiso decir con el verbo “crepet”, referido a la culebra visitante de la fuente, no era que la bicha se asustase con un ruido misterioso que la espantase de allí, sino que el ruido fuese, precisamente, el del estallido producido por la propia bicha al reventar, por haber osado acercarse a un lugar protegido por la Virgen como era la fuente. Con lo cual se cumplía la profecía del Génesis “Ella aplastará tu cabeza” (3.15) No había, pues, que pensar en truenos intempestivos, o en crujidos misteriosos. Lo que el bueno de Montano deseaba a la bicha que osara acercarse al lugar donde manaba el agua cristalina y purísima era… que estrumpiera (como solíamos decir antiguamente en los pueblos) o que “reventara” para que no volviera a aparecer por allí.
Me he detenido excesivamente en el trabajo de Maestre, pero existen muchos otros trabajos repartidos entre los dos volúmenes de que constan las Actas que son dignos de mención y, por supuesto, de atenta lectura.
Por lo que a Zafra respecta, quiero mencionar, por último, mi modesta aportación a este congreso, con una traducción y transcripción del prólogo latino que el insigne Pedro de Valencia compuso para la primera de las recopilaciones poéticas preparadas por él e impresas por Plantino y, después, Moreto, en Amberes. Una edición de bolsillo, sobre todo económica, que pudiera ser útil como texto para los estudiantes de Latín. Las ventajas de esta edición se explican convenientemente en el prólogo que se fecha en Zafra, el 13 de junio de 1587.

jueves, enero 04, 2007

LA PROCESIÓN DE LOS DÍAS


Desde el año pasado no he vuelto a visitar este blog, aunque el año pasado está aún a la vuelta de la esquina. Hoy, 4 de enero, vuelvo a hacer acto de presencia para reflejar algunos sucesos relativamente recientes. Uno de éstos, relativo a la política nacional (española, por supuesto) es la ruptura de la tregua por parte de la ETA, que ha vuelto a causar estragos y muerte, esta vez en la terminal del aeropuerto de Barajas. No hemos avanzado ni un paso en el proceso de paz y, presumiblemente, la situación irá a peor en las próximas semanas. Y el PP, en su PaPel de oposición dando, implacablemente, caña al gobierno, sin arrimar el hombro, puesto que las cosas no se hacen a la medida de sus deseos, es decir, llevando ellos la batuta.
Uno de los sucesos que me ha afectado en los pasados días es el traslado a mi nuevo domicilio, en Zafra, C/ San José 21. Las Navidades y Fin de Año, esas fiestas tan hogareñas, ya las he pasado con mi familia en esta nueva casa, diseñada por mi hija arquitecta, María José. La nueva vivienda es, sin duda, más espaciosa y confortable que el piso que habíamos ocupado hasta ahora.
Entre los sucesos que, también a nivel personal, me han dado que pensar últimamente está la desaparición de algunos antiguos colegas o compañeros de estudios. Uno de ellos ha sido Lucio Molina Lemus, cuya esquela vi en el periódico HOY con fecha 20 de diciembre pasado. Aquí inserto una silueta suya que corresponde a una época juvenil.





Me preocupa desde hace años la cuestión del cambio climático, uno de los problemas que tiene planteados la Humanidad en el presente y cuya solución viene aplazando de manera suicida, pese a haber reconocido la necesidad de aplicar el correspondiente remedio (Cumbre de Río de Janeiro, Protocolo de Kioto). Al tema he dedicado, sobre todo a partir de los años 80, en una serie de artículos periodísticos que recojo en uno de los capítulos de mi libro inédito Artículos de ayer y de HOY. El mito de Prometeo (el benefactor de la Humanidad que robó para ella el fuego del cielo) se nos revela ahora pleno de sentido. Con el uso del fuego el hombre se despega de los primates superiores, afirmando la propia superioridad; pero iniciando, en las combustiones, el proceso que le va a conducir, indefectiblemente, a la ruina del propio habitat. La Naturaleza está en un inquietante proceso de cambio: se derrite el hielo polar, se alteran los ciclos migratorios de las aves. Sequías y diluvios forcejean. El calentamiento global se hace patente.
Que Dios nos coja confesados, como dice el dicho popular.

domingo, diciembre 17, 2006

EXEQUIAS PÓSTUMAS DE UNA REPUBLICANA

El sábado 16 de diciembre se ha celebrado un acto en el cementerio de Zafra, organizado por los miembros de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Un acto laico, sin responsos ni oraciones. Hubo, sí, un sustitutivo de este tipo de ceremonias, no menos digno ni edificante, como fue la interpretación musical de una conocida pieza de Pau Casals, el Cant dels Ucells, que resonó en el recinto con la devota unción de una oración. Fue emotivo pensar que, al cabo de 70 años, la memoria recuperaba el recuerdo de aquella joven mujer, asesinada sin piedad, como otras tantas víctimas de aquella represión brutal, que empleó la estrategia de deshacerse del enemigo potencial antes de que éste pudiera incorporarse a la resistencia. Fue el pueblo indefenso uno de los principales objetivos bélicos: Era más fácil y cómodo eliminar al enemigo en la retaguardia que esperar a que tratara de incorporarse a filas. Fue el juego sucio de la guerra. Previsión, dirán algunos; pero en realidad, felonía y cobardía.
La sepultura de Nieves González Gomato está en la parte antigua del cementerio zafrense, junto a un ciprés, en el suelo, semioculta por el pavimento de la acera que discurre paralela a la pared de los nichos. En el tronco de ese ciprés, alguien ha adosado un pequeño fanal con unas flores y un retrato de la mártir republicana. Ahora se ha añadido una losa de mármol con una inscripción que conmemora el acto y exalta la memoria de esta víctima y, por extensión, de aquellas otras cuyos restos descansan en fosas comunes, las más veces en lugares ignorados o desconocidos.
Queremos pensar que en la ceremonia de ayer se ha honrado la memoria de esos difuntos carentes de honras fúnebres, cuyo rastro se perdió para siempre. Que con este homenaje se haya hecho realidad la profecía del salmista:


Exultabunt ossa humiliata (Se alegrarán los huesos humillados)


Al menos, los de esta difunta ya tienen una lápida y unas exequias aunque con un retraso de setenta años.

miércoles, diciembre 13, 2006

YO VIVÍ EL GREGORIANO


Fue durante mi época de seminarista –parte de la niñez y de la juventud– entre los años 46 y 52 del pasado siglo.
Mi vida estuvo por aquellos años pautada, sometida a regla. Y, simbólicamente, esa pauta se concretaba, se materializaba, en el tetragrama de la música gregoriana. El clero se divide convencionalmente, como se sabe, en secular y regular. Éste último es el que vive recluido en los monasterios, conventos y cenobios: los frailes y las monjas. El otro es el de los curas. Se llama secular porque estan destinados a convivir con los seglares, en el mundo, que llaman también el siglo.
Los seminaristas (llamados también levitas, en recuerdo de la tribu de Levi, padre de una casta sacerdotal) éramos clero regular destinado a convertirse, en su día, en clero secular. Claro que, a menudo, esta secularización ocurría en el sentido de “colgar los hábitos”.
Vivíamos, pues, en tanto que recluidos en el cenobio del Seminario, monacalmente; como clero regular, reglados por la disciplina y pautados por el simbólico tetragrama, medievalizados en cierto sentido (el tetragrama y la “cuaderna vía” constituyen las respectivas pautas, musical y poética, del medievo)
Y, desde luego, nuestra relación con Dios estaba calcada en el sistema de la sociedad eril: amo (Señor) y siervo (el creyente). Dios es, por antonomasia, el Señor. La definición del catecismo del P. Ripalda no podía ser más explícita: “Dios es un señor infinitamente bueno, sabio, poderoso, principio y fin de todas las cosas”. Es decir, Dios estaba en la categoría de los señores, bien que en una posición relevante o preeminente con respecto a ellos, por ser infinitamente bueno, sabio, poderoso, etc.
Y los siervos servíamos a este “señor” a cambio de protección, como en la Edad Media los siervos de la gleba servían a sus respectivos señores.
Todos los textos litúrgicos de esta visión medieval de la religión (obligación contractual de unos siervos con un señor) se inspiran primordialmente en los Salmos: en ellos se pide reiteradamente protección al Señor contra los enemigos. Se vive, obsesivamente, una situación de acoso, de asedio, que requiere constantemente invocar la defensa de un protector.
Y bien, el Gregoriano. La vida del seminarista estaba reglada, pautada, cuadriculada, de la mañana a la noche: maitines, laudes, vísperas y completas. Cuatro, el número medieval por excelencia. Cuatro, o múltiplos de cuatro. Estas eran las llamadas “horas canónicas”, de las cuales unas eran “menores” (prima, tercia, sexta y nona) y otras mayores (las que van dichas en primer término)
Cuatro son, también, las estaciones del año. Y cada una de ellas va jalonada por los correspondientes tiempos litúrgicos: Adviento, Navidad, Epifanía, Cuaresma, Pasión, Pascua, Ascensión, Pentecostés. Y, según cada fase, un himno litúrgico: Creator alme siderum (Creador providente de los astros), Rorate, caeli, desuper (Rociad, cielos, de lo alto), Audi, benigne conditor (Oye, Hacedor benigno), Vexilla Regis prodeunt (Salen las banderas del rey), Ad regias Agni dapes (Al regio festín del Cordero), Veni, Sancte Spiritus (Ven, Espíritu Santo)…
Y tantos otros himnos cuyas melodías daban su peculiar tonalidad al tiempo y cuyas letras venerables habían sido compuestas por los padres y doctores más preclaros de la Iglesia: San Ambrosio, Santo Tomás de Aquino. De este último hay que destacar dos himnos especialmente relacionados con la Eucaristía: Lauda, Sion, Salvatorem (Alaba, Sion, a tu salvador) y Adoro Te devote, latens Deitas (Te adoro con devoción, deidad oculta) Aunque la autoría de este último se ha puesto alguna vez en tela de juicio <http://www.hottopos.com/mirand8/devote.htm>
Las tardes de los domingos, al regreso del paseo, íbamos a la capilla a cantar las vísperas. Especial protagonismo solía tener en esta ceremonia Don José Rodríguez Cruz, el administrador. Él solía dar la pauta en el canto de los Salmos que, alternadamente, se modulaban desde los bancos de uno y otro lado de la capilla.
Aún me parece ver la figura rechoncha y simpática de Don José, entonando con unción aquello de:
Inclina cor meum, Deus, in testimonia tua
(Mueve mi corazón, Dios mío, a dar testimonio de Ti)












lunes, diciembre 11, 2006

MATERILE, -RILE, -RILE

Mi amigo Francisco Croche de Acuña, cronista oficial de “Sevilla, la Chica”, tiene, entre sus múltiples actividades, un programa en Radio Zafra en el que se emiten coplas que fueron exitosas en su día, coplas del pasado. Los destinatarios de estas canciones son, como es de suponer, personas de “cierta edad”, más bien de la llamada tercera generación o, como se dice convencional y humorísticamente, carrozas.
Modestamente, yo creo poseer un amplio repertorio de canciones de este tipo, desde las canciones que cantaban en los corros infantiles las niñas de mi pueblo, pasando por las canciones de juventud de mi generación y las que, de la suya, oí cantar a mi madre.
Hoy quiero repasar aquí una de las canciones del repertorio infantil, escuchadas y aprendidas de mis “vecinitas” de la calle Santa Marta, en Aceuchal, por los años 40 del siglo pasado. Los niños éramos los espectadores de aquellas espontáneas actuaciones en que las féminas desplegaban, un poco precozmente, las artes de seducción femeninas. Los niños (galanes en ciernes) interrumpíamos a menudo nuestros propios juegos para prestar atención a aquellas representaciones. La coquetería innata de las niñas se ejercitaba ya entonces, enviando alusiones, más o menos explícitas, a esos futuros galanes, implicándonos en el juego. Esto ocurría particularmente con la canción del “matarile,-rile,-rile”, en la que las niñas se daban de ojo para elegir a sus preferidos y trasmitirles, de forma lúdica, sus preferencias. El juego comenzaba designando a la niña para la que se iba a destinar la futura pareja masculina (ni remotamente se pensaba entonces en las parejas homosexuales).
La letra de la canción se puede encontrar en Google, pero la versión piporra incluía algunas variantes. Por ejemplo, después de designar a la protagonista del juego, por turno, y preguntarle “¿qué oficio de va usté a dar?” (y que solía ser, invariablemente, el de “bordadora de la reina”) se le preguntaba “con quién la va usté a casar”. Aquí las chavalas, tras haberse puesto de acuerdo con la interesada, citaban el nombre del amiguito preferido, que solía estar entre los espectadores del juego
A mí me hacía tilín Juana, la de Señá Felisa Parra. Y ella me correspondía. Así que, cuando llegaba la ocasión, ella mandaba un recadito a sus compinches en el juego y la respuesta a aquella pregunta era, en mi caso:
– Con Juanito, el de Virginia, materile, etc.
Pero un día hubieron de torcerse las cosas porque intervinieron los celos. Hubo un malentendido y mi futurible pareja se enfadó:
– Ahora no me quieres a mí, ahora quieres a Frasca (Frasca era una hija de Señá Concepción, La Peseta)
A partir de entonces, cuando llegaba el momento de designar futuro marido y tocaba el turno a Juana, yo tenía que resignarme a escuchar, con decepción:
– Con Antonio, el de Señá Antoñita, materile…
Y con Antonio, el de Señá Antoñita terminó casándose, en la realidad, Juana García Parra, hija de Casto y de Felisa, uno de mis primeros amores infantiles.






(Dibujo a pluma reproducido de una ilustración de la dibujante Pili Blasco)




domingo, diciembre 03, 2006

BOCETOS Y PERFILES (II)

1. JACINTO PARADA.- ¿Para cuándo un homenaje a este gran profesional y mejor amigo que es Jacinto, D. Jacinto? Yo nunca olvidaré que estuve tres meses encamado, allá por el año 56 (¡hace justo ahora medio siglo!) y que él me estuvo inyectando la estreptomicina dos veces por semana sin cobrarme un duro.¡Gracias, Jacinto!

2. DON MANUEL, EL BOTICARIO.-
Cuando yo era un chaval de 8 ó 9 años (todavía conservo algunos cuadernos escolares de aquel tiempo) pasaba a diario por la calle del Medio, camino de la escuela que regentaba D. Juan Fraile en el Pozo de Arriba. Al pasar a la altura de la farmacia de D. Manuel Abad, leía invariablemente el parco letrero en letras góticas que había por encima de la puerta de la botica. Decía “Farmacia del Licenciado M. Abad”. Pero como las letras eran algo ringorrangas y, además, la palabra “licenciado” estaba en abreviatura (Lcdo) y el nombre Manuel se indicaba sólo con la M inicial, yo leía aquel extraño letrero de la siguiente manera:
Farmacia del locomobad.
Algunas veces pedía en el establecimiento, por encargo de mi madre, una botella de agua de Mondariz. Entonces se solía pronunciar esta palabra como llana: Mondáriz. Don Manuel siempre me corregía:
– Mondariz será Mondáriz cuando nariz sea náriz.


3. JAIME MILLÁN.- Era padre de cuatro hijos, que yo recuerde: Mercedes, Matilde, Jaime (que era pelirrojo) y Tere. Lo recuerdo siempre con su puro en la boca y sus gafas de culo de vaso.
Los Millán eran varios hermanos terratenientes: Marcial, Jaime, Luis…
Mi tío Jerónimo me contaba que Jaime tuvo una Harley Davidson, una moto de alta cilindrada que era la admiración (y la envidia) de los piporros de aquel tiempo.








4. FRANCISCO MÁRQUEZ.- Vivía en la calle Santa Marta, como yo. Era pastor, como su padre, y le gustaba componer versos. Pastoreo y poesía suelen ir con frecuencia unidos desde tiempo inmemorial. Lo atestigua una larga tradición bucólica que va desde Teócrito a Miguel Hernández, pasando por Virgilio. Es lo que se llama la literatura pastoril, con sus Títiros y Melibeos, sus Salicios y Nemorosos.
Luego se hizo fraile de la orden de los Hermanos Fossores de la Misericordia. Son frailes sepultureros que se especializan por vocación en esa obra de misericordia que consiste en enterrar a los muertos. Y, además, se dedican a rezar por ellos. Suelen morar en residencias anexas a los camposantos. Por este motivo, Francisco escribió una vez un poema en el que desmentía poéticamente aquel sombrío verso de Bécquer:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
Francisco advertía :

¡que ya no se quedan
tan solos los muertos!

Ya octogenario, todavía me
envía versos por Navidad.

Un saludo, amigo Curro.








5.FRANCISCO PRIETO.- Esta es con mucho la mejor síntesis fisonómica que yo he conseguido en mi vida. También era él el único varón de los cuatro retoños que tuvieron sus padres. Las hembras, si recuerdo bien, eran Teresa, Isabela y Victoria. Esta última y su marido, Pedro Baquero, fueron compañeros míos de correrías en aquella feliz época en la que los piporros ennoviados íbamos a tomar el sol a Las Piedras: “Recuerdo florido”, como diría mi ex, que tenía bastante sentido del humor.
¡Dichosa edad y dichosos tiempos aquellos…, como decía Don Quijote.

6. Y, POR ÚLTIMO, EL AUTOR ENTONCES Y EL AUTOR AHORA


(1956)

























                                                   







                                                                                     (1996)