
Carlos Sánchez es un excelente poeta nacido en Aracena (Huelva). En su ciudad natal ha ejercido la docencia como catedrático de literatura española. Y allí continúa, ahora en situación de jubilado.
Estudioso de Montano, tiene varias publicaciones sobre el biblista de Fregenal. Pero, sobre todo, Carlos cultiva la poesía y ha publicado varios libros de carácter poético. El anterior a éste que ahora se edita constituye un homenaje a San Juan de la Cruz y lleva por título Al socio deseado, un verso memorando de una de las liras sanjuanistas (Lira 34, v. 4º del Cántico espiritual)
El libro ahora publicado se titula Tiempo al tiempo, evocando un verso de Antonio Machado ("Proverbios y cantares",II, 51) y se ha imprimido en Zafra, por la acreditada empresa Rayego. Un ejemplar de esta publicación me llegaba hace unos días, dedicado expresamente por el autor, como en anteriores ocasiones. La edición ha estado a cargo de la Asociación Cultural Huebra y ha sido patrocinada por el Excmo. Ayuntamiento de Aracena.
El tiempo, en su triple dimensión de pasado, presente y futuro, es el personaje central de la obra, el eje sobre el que gira el poemario entero.
Desde el instante presente, cimero, se columbran diversas etapas de la vida del poeta: la infancia y la niñez, la juventud (¿fue juventud la mía?) y la madurez, lindante ya con la innegable proximidad de la vejez. La omnímoda presencia temática del reloj contribuye a la ambientación de esas diversas etapas. Así, en la infancia, la estampa que nos viene a la memoria es el recuerdo de la abuela sentada en el patio, haciendo calceta. Hay unos juguetes esparcidos por el suelo (los bolindres, la peonza, los soldaditos de plomo) Se trata de espacios exteriores, como el “Patio” y la “Azotea”. El reloj adopta aquí apariencia de juguete, la más sugestiva para la infancia: el “Reloj de cuco”.
El pasado es el tiempo vivido, dejado atrás. Este carácter de ‘preterición’ que tiene la vida, pasajera por excelencia, afecta también al presente y al futuro. Y es que lo nuestro es pasar, que dijera Antonio Machado ("Proverbios y cantares",I,44) El tiempo se remansa hacia el ayer. Incluso el presente es, según la sibilina definición heideggeriana, “un futuro sido”. O el “aún-no-ser-ya-sido”. Lo expresó de modo más asequible y menos alambicado Jorge Manrique:
Si juzgamos sabiamente
daremos lo no venido
por pasado.
Del reloj como juguete pasamos al reloj como instrumento de cocina. Una modalidad de este último es el reloj de arena, muy apropiado para calcular el tiempo de cocción de un huevo. Más seguro, desde luego, que el método de rezar sucesivamente tres credos, como hacía la abuela. Porque, a veces, se atascaba la memoria, o dudaba en aquello de “padeció debajo del poder de Poncio Pilato”, que acaso era “bajo el poder de Poncio Pilato”. Estas y otras distracciones podrían echar a perder el punto de la receta.
En cuanto al “Reloj de péndulo”, viene a ser como el aprendiz de solfeo, midiendo el tiempo con el compás binario de dos por cuatro (en este poema se evocan sensaciones proustianas, si no la de la famosa ‘magdalena’, sí las del olor a pan tostado y al aromático café)
Las estatuas y efigies conmemoran figuras y personajes que, a menudo, ya pocos recuerdan. Pasan a engrosar las borrosas figuras del pasado. Es el caso de ese mítico personaje que se alude (sin nombrarlo) en el poema “Aniversario”. Intervino en la revolución cubana más importante del siglo pasado, pero no es Fidel Castro. Dejemos que el lector lo adivine.
En el poema “Good bye, Lenin” se glosa la caída del viejo dictador ruso. Y, en el titulado “Estatua ecuestre”, la caída de otro dictador más cercano a nosotros, cuyo nombre se da por sabido y, por tanto, es superfluo mencionarlo:
Soplaron otros aires −oh, fábula del tiempo−,
giraron las veletas tornadizas
y un buen día miramos al jinete
pendular entre nubes
− su último alzamiento, desde luego−,
colgado por el cable de una grúa,
sin que le diera tiempo
a bajarse siquiera del caballo.
En este fragmento, el autor pone en cursiva la frase “oh, fábula del tiempo” dando a entender que se trata de una expresión ajena y conocida. Conocida, desde luego, para quienes recuerden la “Elegía a las ruinas de Itálica”, de Rodrigo Caro. Tampoco vendría mal haber puesto en cursiva la palabra “alzamiento”, por lo que tiene de evidente guiño al lector.
Hay relojes emblemáticos y aquí se citan algunos, como el del Carmen y el de Praga, evocadores de lugares típicos. Quizás echemos de menos el famoso Big Ben inglés, o nuestro castizo reloj de la Puerta del Sol, cuyas campanadas de fin de año nos sirven de pauta para tomar las doce uvas.
Otros relojes, otros computadores del tiempo: el de pulsera, a veces con categoría de joya. Y el de bolsillo. Ambos pueden servir para ‘fardar’. Desde luego, este último le servía al abuelo, muchas veces, para esto.
El “Reloj de estación” preside el momento crucial de las despedidas. El poema va encabezado por los dos primeros versos de la famosa canción de Gilbert Becaud:
Et maintenant que vais-je faire,
de tout ce temps que sera ma vie …
El poema dedicado al “Reloj de sol” va encabezado por una cita de Ovidio. Podría ser perfectamente un pentámetro, sólo con invertir el orden de las dos primeras palabras y sustituir la errata “nubilia” por “nubila”.
No podía faltar la alusión a los relojes imperfectos (“Reloj que atrasa”) que son contrafigura de nuestra propia víscera cardíaca, nuestro reloj interno que es el corazón. Reloj que, a veces, da en adelantarse o en atrasarse y que, entonces, necesita de ese aparatito regulador del ritmo que se conoce con el nombre de ‘marcapasos’.
El tiempo pretérito por excelencia es el utópico, o más bien, el u-crónico de la Edad de Oro. La utopía es lo no existente en el espacio, la ucronía lo que no existe en el tiempo (el 30 de febrero) La nostalgia del Paraíso evoca esa utopía y esa ucronía (es anterior al espacio y al tiempo) Hubo una experiencia de la felicidad, antes de que existieran el espacio y el tiempo, según la intuición del gran Camoens:
Mas, ó tu, terra de glória
se eu nunca vi tu essência,
cómo me lembras na ausência?
Não me lembras na memória
senão na reminiscência.
Es el recuerdo del Paraíso perdido, latente en la memoria de la especie.
El otro mito de la felicidad perdida es el de la Edad de Oro. Aquí viene al pelo la evocación de Cervantes y el famoso discurso que Don Quijote ‘endilgó’ a los cabreros.
Es la mítica Aetas aurea que algunos sitúan en el futuro.
Por último, el recuerdo de la muerte. Para un profesional de la literatura el encuentro con la vejez equivale a tomar conciencia de la “vecindad” de la muerte. Miguel Hernández se sentía ‘vecino de la muerte’, no por razones de edad, pero sí por razones de enfermedad y de guerra. Y, sobre todo, por enamorado. Pero el hombre ‘mayor’ (permítase el piadoso eufemismo) siente esa vecindad porque ve que se agota el cupo de años normalmente asignado a una vida. Recordemos el famoso terceto de Quevedo ya en el umbral de la vejez:
Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuera el recuerdo de la muerte.
El poeta siente, a veces, esas insinuaciones, esos ‘guiños’ que hace la seductora, a la que le gustan, sobre todo, los hombres mayores. El santo de Asís la llamó “hermana Muerte”, pero otros la conocen por apelativos menos afectuosos: la Calva, la Pelona, la Huesuda, la Desnarigada…
Con todo, llegará el día en que sucumbiremos a sus 'encantos'. Porque, previsiblemente, ella tiene su encanto especial, un sex appeal irresistible. El amor mortis es una constante de la literatura, desde Lucano y más atrás.
Carlos Sánchez, por el momento, apuesta por la vida y hace muy requetebién. Es preferible pensar en el edamus et bibamus, cras enim moriemur (‘comamos y bebamos, que mañana moriremos’.
Como Ortega y su cita védica, suplicaremos al Dios que preside el Cielo:
Hay muchas auroras que no han nacido todavía. Haz que las veamos, ¡oh, Varuna!.
Y si, entre esas auroras, hay alguna Aurora, mejor que mejor.