miércoles, mayo 27, 2009

Apeles Mestres, el catalán universal

Eureka! Conseguí recuperar este dibujo de mi admirado Apeles Mestres, el más grande dibujante catalán del siglo XIX y parte del XX.


Ya me coge mayor para que me dedique ahora a realizar aquellas copias minuciosas que en mi juventud hacía, atreviéndome a reproducir a ojo algunas de las ilustraciones de Doré para el Quijote.


Del gran Apeles Mestres reproduje no pocos dibujos. Entre ellos una ilustración para uno de sus cuentos ("¿El señor del castillo?") que copié de la Enciclopedia Universitas (1ª edición) allá por el año 1952. Representaba a un cazador a caballo, a galope tendido, seguido de sus perros. Una reproducción más lograda de esta misma ilustración la regalé a un catalán, avencidado desde hace muchos años en Extremadura, el Doctor Aixalá, que en mis tiempos de estudiante me curó desinteresadamente de unos infiltrados pulmonares, regalándome las medicinas que a él le daban de muestra los laboratorios (esto era en el año 1956) Me pareció buena idea corresponder a su generosidad obsequiándole con aquel trabajillo que yo tenía en tanta estima.


Tengo otra reproducción de ese mismo dibujo, pero menos perfecta. Aquí os la muestro para dejar constancia, no de mi habilidad antigua, sino de la fuerza expresiva de los dibujos de Apeles Mestres:

Cataluña debe estar orgullosa de este gran artista integral: además de ser un formidable dibujante, escribió poesía y compuso obras musicales.


Por cierto, él fue el autor de una famosa canción, No passareu!, que se popularizó en la Primera Guerra Mundial. Apeles Mestres tomó partido por la causa de los Aliados, contra el totalitarismo alemán. En la guerra civil española, volvió a tomar vuelo la canción de Apeles Mestres, y sobre todo lo del “¡No pasarán!”, que hicieron suyo los defensores de la causa republicana.


Apeles Mestres murió en la mañana del 19 de julio de 1936. El ‘día después’ del inicio del levantamiento militar que tanta sangre iba a costar a España y, con ella, a Cataluña. Mestres había presentido proféticamente la tragedia: “El dia que jo em mori cauran llamps i trons” (el día que yo muera caerán rayos y truenos) Una visión anticipada de los fogonazos de los disparos y el ruido de los cañonazos.

¡Genial Apeles Mestres, uno de mis artistas favoritos!

viernes, mayo 22, 2009

El Arco de la Victoria y el caballo de Troya

* Epeo, (autor del proyecto) entre Minerva y Agamenón


A José Luis Ortiz, abogado, fiel lector de este blog

Algunas veces se invierten los papeles, los alumnos enseñan a sus maestros. Es el caso que un muy estimado alumno, seguidor de este blog, me sugirió, tiempo atrás, la posibilidad de establecer un paralelismo entre el caballo de Troya, el monumental artilugio bélico con el que los griegos consiguieron derrotar a los troyanos, y el Arco de la Victoria, en la Moncloa madrileña. La sugerencia me puso en la pista de una serie de analogías que han venido a confirmarme que mi antiguo alumno (hoy abogado de profesión) estaba en lo cierto: se dan, efectivamente, indudables analogías entre el caballo de Troya, la famosa estratagema de Ulises, y el Arco de la Victoria. Las correlaciones son lo suficientemente numerosas como para que podamos establecer un entramado alegórico entre ambas cosas.
La alegoría consiste, en efecto, en una correlación metafórica entre elementos pertenecientes a dos o más grupos de objetos entre los cuales podemos establecer una secuencia de proporcionalidades. En este caso, el caballo es monumental, como el arco; tiene compartimentos interiores, como el arco; es un regalo estratégico, como el arco; preparado por la Inteligencia (Mens) representada por la Universidad; y, muy particularmente, por su rector, en aquella coyuntura, Pedro Laín Entralgo. Otros colaboradores del proyecto pertenecen a la Falange, cuya escisión del régimen parece inminente, tras la defección de Ridruejo. En el Arco de la Victoria se ocultan falangistas disidentes (si no materialmente, sí al menos simbólicamente) como antes en las entrañas del caballo de Troya se habían ocultado los conspiradores que buscaban la ruina de Troya. Podemos dar una lista, la que Virgilio nos facilita en su Eneida: Thessandro, Esténelo, Ulises… hasta el mismo constructor del artilugio, llamado Epeo, carpintero de profesión, según se desprende del relato. El Arco de la Victoria será como la nueva versión de la estratagema empleada en Troya. La maniobra será como un ensayo anticipado del futuro Contubernio de Munich.
Volvamos al caballo: los conspiradores se deslizan sigilosos antes del amanecer y atacan la ciudad “somno vinoque sepultam”: sepultada en el sueño y la embriaguez. Los conspiradores del arco actúan igualmente en la sombra, sigilosamente. Sobre uno de los frontispicios del monumento hay unas palabras inquietantes, bien que de aspecto halagüeño. Sólo que encierran un mensaje fatídico, que equivale al Mane, Thecel, Phares del festín de Baltasar:
A LAS ARMAS AQUÍ VENCEDORAS, LA INTELIGENCIA, QUE INDEFECTIBLEMENTE VENCERÁ, D(A) D(ONA) D(EDICA) ESTE MONUMENTO
Franco es el destinatario innominado del mensaje, y está aludido por una metonimia: “las armas vencedoras” (el instrumento por el que lo maneja) La Inteligencia (por mal nombre conocida por Inteligentzia) le envía este mensaje, felicitándole irónicamente por su triunfo, pero pronosticando, de paso, su propia victoria futura. Como los griegos en el vientre del caballo, la intelectualidad espera, parapetada en el arco, su oportunidad.
Pero Franco es astuto sobremanera. Otra cosa no tendrá, pero olfato no le falta para detectar al enemigo, allí donde esté. Y recela del regalo de la Inteligencia (donum exitiale Minervae = regalo envenenado de Minerva) Tal vez algún Laoconte, dignatario eclesiástico en este caso (no olvidemos que Laoconte era sacerdote troyano, jerarca religioso) le susurró al oído aquello de

equo ne credite, Teucri (Aen. 2.48)
(¡Troyanos: no os fiéis del caballo!”)



No te fíes del Arco, mi general: la leyenda latina sugiere reticencias. Fíjate bien: la victoria de la mente no se alinea con la victoria de las armas, no corre pareja con ella. Se habla aquí de una victoria futura que desbancará a la tuya.¡Ojo, pues!
Y el Caudillo (que era astuto como el zorro y de tonto no tenía un pelo) eludió inaugurar oficialmente el monumento. La inauguración, prevista para conmemorar el vigésimo aniversario del 18 de julio de 1936, se aplazó indefinidamente. Hasta hoy. El inquilino de El Pardo no fue nunca un pardillo ni, a pesar de su frenillo, se chupó el dedo nunca.
Dejó a los falangistas con un palmo de narices. Los castigó con el desdén. El monumento nunca fue inaugurado, ni a su sombra se colocó, según estaba previsto, la estatua ecuestre del general golpista.
El Arco de la Victoria no presagiaba nada bueno para el régimen, más bien presagiaba su futura derrota por la Inteligencia, es decir, por la Democracia. La Sabiduría (Minerva) es la madre de la Democracia. Y su cuna es Grecia. Y la Democracia aborrece a la Dictadura. Recíprocamente, ésta abomina de aquélla: '¡Muera la inteligencia!', grita en Salamanca un Millán Astray enfurecido ante Unamuno.
La inauguración del Arco de la Victoria, nunca llevada a cabo por la Dictadura, está reservada, con todo derecho, a la Democracia. Ésta debe tomar posesión del monumento de manera solemne y habrá tenido sentido aguardar más de 50 años a su inauguración.
Por supuesto, la célebre inscripción latina, debida a Laín, debe dejarse como está: tiene todo el valor de una auténtica profecía.

viernes, mayo 15, 2009

Navigare è necessario



Lo sorprendente de esta navegación por los mares de Internet (el nuevo Mediterráneo de la nueva cultura) es que, a menudo, arribamos a lugares desconocidos, o sólo vagamente conocidos, e incluso fantásticos, como aquellos navegantes de las Verae historiae de Luciano de Samósata, que fueron a parar a la Isla de los Sueños y allí se encontraron con antiguos conocidos (lo que confirma que hay recuerdos ‘de sueño a sueño’) Gracias a esta navegación virtual nos convertimos, sin salir de casa, en nuevos Ulises, “aquel varón de muchos recursos que vio las ciudades y las costumbres de muchos hombres” (Odis. 1.3)


Lo que en esta reciente singladura por Internet he descubierto se refiere al asunto, ya más que trillado en este blog, del Arco de la Victoria o Arco de Moncloa. Según la tesis de este opinante, con la que coincido en gran medida, la erección del Arco de la Victoria vendría a representar nada menos que la ruptura del régimen con la Falange, marcando el principio de la desconfianza entre el uno y la otra. Pero no quiero demorar más el facilitarles la dirección del blog y, en concreto del artículo al que me refiero. El autor ha preferido identificarse sólo por las iniciales JDJ. Su trabajo aludido lo pueden localizar aquí .


El caso es que la hipótesis de este comunicante tiene bastantes visos de verosimilitud, si se considera que ya por esas fechas en que se inició la construcción del Arco se estaba fraguando una crisis de confianza entre el régimen y algunos de los hombres más representativos de la Falange: ya habían tenido lugar importantes defecciones por parte de muy calificados miembros de Falange (Hedilla, Ridruejo) lo que inducía a pensar que estos hombres, fuertemente vinculados por relaciones de afecto con viejos amigos de militancia falangista, arrastrarían adhesiones entre ellos. La quiebra de la confianza que la Falange presentaba al régimen no tardaría en hacerse notar y uno de sus primeros hitos fue la Ley de Principios del Movimiento:


En 1956, cabe imaginar que Franco y los suyos estaban preparando ya la Ley de Principios del Movimiento que aprobarían en mayo de 1958, ley que suponía la muerte estatal de los famosos puntos programáticos de Falange que había redactado el hasta entonces sacrosanto José Antonio. El discurso pronunciado por Franco ante las Cortes cuando conocieron* de esta ley es el primer discurso oficial del Caudillo de cierta importancia en el que ni una sola vez, ni una, citó al fundador de Falange. (Véase blog citado)


Por los años de la construcción del Arco, la Falange comenzaba a ser un incordio para el régimen. La pérdida de la confianza mutua era un hecho. Poco después de finales de los 50 comienza a desmontarse el tinglado falangista hasta entonces incorporado al aparato del Estado (asistencia a cursillos del Frente de Juventudes, expedición de títulos de Instructores para obtener el título de Maestro de Enseñanza Primaria, etc.) La Falange ya no era para el régimen más que una adherencia molesta.


Se comprende así la indiferencia del Caudillo por aquel Arco del Triunfo cuyos textos en Latín (¡a saber Dios lo que dirían entre líneas aquellos apóstatas del Movimiento!) habían sido redactados por los amigos de Ridruejo.


Probablemente el Caudillo negó la aprobación de que su nombre apareciera en alguno de los textos de la inscripción. Era un manifiesto desdén por aquel presunto homenaje que no le inspiraba la menor confianza. Tampoco había querido el Caudillo que una efigie suya (una estatua ecuestre, obra de José Capuz) se ubicase junto al Arco.


Y, como ya sabemos, la inauguración del monumento se aplazó sine die. Hasta la fecha. Nunca llegó a inaugurarse.El Caudillo dio con ello prueba de su desdén por el monumento y sus promotores, las autoridades universitarias afectas a la Falange, entre ellas Laín, que por aquellas fechas era relegado de su cargo de Rector.


Coincido con JDJ en que el monumento debe mantenerse en el mismo sitio que está. Disiento de él en que debería cambiarse la inscripción. No es necesario. El texto latino marca sutilmente la diferencia del triunfo que se supone celebrar en él (el triunfo material de las armas) y del otro triunfo, más valioso e imperecedero, como es el triunfo de la Inteligencia.


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* Parece faltar aquí una parte del texto, como si la cita estuviera incompleta. Sugerimos que las palabras que siguen a 'conocieron' podrían ser 'el borrador'...


lunes, mayo 11, 2009

Carta abierta a Miguel Garci-Gómez


En tu carta reciente me hablabas de que tienes tu propia teoría acerca de la inscripción latina del Arco de Moncloa. Me interesa sobremanera conocerla. Si me la envías la publicaría como entrada, en vez de como comentario, entre otras razones porque casi nadie presta atención a comentarios de entradas antiguas. Estoy seguro de que casi nadie habrá leído el comentario que Martin me envió para la entrada titulada Huesos y Piedras (Stones & Bones) Los comentarios se leen cuando lo son a entradas muy recientes.


¿Cuándo redactó Laín el texto de su inscripción? Dices que convendría saber este detalle para interpretar mejor dicho texto. No lo sabemos con certeza, pero resulta fácilmente conjeturable que fuera entre los años 1951 y 1956 (primeros años de la 2ª mitad del siglo XX) años en los que aún participaba del poder en las altas esferas de la intelectualidad (años de su rectorado) Ya estaba en el punto de mira del franquismo, como amigo de un disidente: Ridruejo.


Mi interpretación sigue el criterio de lo verosímil y, en todo caso, ese que a ti tanto te gusta en lo que se refiere a "encajar" los datos entre sí (la endocrítica, que pone de acuerdo el texto consigo mismo) Y es lo que se explica por el conocido dicho "si non é vero é ben trovato" (si no es verdad está bien construido) Fíjate en el desmarque del intelectual que es Laín (representado lógicamente por la palabra 'mens' en el texto de la inscripción)


La 'intelectualidad' (que no es todavía, en esa coyuntura, la vencedora, victrix) lo será en el futuro (victura) Esta intelectualidad dedica el monumento 'a las armas vencedoras' (hic, el adverbio asume el matiz espacio temporal aquí/ahora) Esta victoria es, pues, de las armas, no de la inteligencia. La victoria de ésta se relega al futuro: victura. Hasta aquí me muevo entre hipótesis que tienen su más firme apoyo en la sintaxis: mens (la inteligencia) adhuc non victrix sed profecto aliquando victura (aún no vencedora, pero que, sin duda, ha de vencer más adelante) D.D.D. (da, dona, dedica) hoc monumentum (este monumento) armis hic victricibus (a las armas aquí y ahora vencedoras)


Hay que notar el desplazamiento metonímico que desvía la gloria del vencedor para atribuirla a las armas ("el instrumento por el que lo maneja")


Reconozco que mi interpretación entra de lleno en el terreno de lo caprichoso y arbitrario (por mor de lo lúdico) cuando conjeturo que las abreviaturas D.D.D. pudieran significar (Democratiae Denique Donabit) Finalmente donará a la democracia... Esto entra de lleno en la categoría de la broma. Al hacerlo he pretendido emular algún que otro ejemplo de esta interpretación jocosa de abreviaturas que ya se daba en la antigüedad (nos lo recuerda Cicerón en algunos pasajes del De oratore*) y que tenían garantizdo el efecto cómico por su desenfado y su desenvoltura.


Conviene, pues, por mi parte, deslindar lo que puede justificarse, apoyándose en las rigurosas normas de la sintaxis, de lo que es, y yo lo reconozco abiertamente, puro juego de la fantasía.


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* Cf. De orat. 2.240.6 y 2.280.9)

martes, mayo 05, 2009

Indulto de monumentos



En repetidas ocasiones me he referido al Arco de Moncloa, llamado también Arco de la Victoria, como un monumento del franquismo que merece dejarse tal como está. Estos monumentos mayores del régimen deben permanecer intactos, entre otras varias razones por la primordial de que su desmantelamiento supondría unos costes muy elevados. Otra razón es que conviene dejar en pie los más emblemáticos de esos monumentos, no sea que, como recientemente expone uno de los comentaristas del blog de José Mª Lama, se pueda extinguir la memoria del franquismo en las generaciones venideras. Estos monumentos emblemáticos son ‘indultables’, por las razones alegadas. Pero en lo que respecta al Arco de Moncloa existe una razón adicional (que ya he repetido hasta la saciedad en ocasiones anteriores) y es que, aunque fuese subvencionado por el régimen franquista, proclama la futura victoria de la Democracia. El Arco de la Victoria, aunque pasajeramente, circunstancialmente, estuviera dedicado a celebrar el triunfo de las armas (armis hic victricibus), está consagrado, a perpetuidad, a celebrar el triunfo de la Inteligencia, es decir, de la Democracia. Un país donde no haya democracia es un país en el que la Inteligencia está en franca minoría.


Ese es el mérito de la inscripción latina del Arco, debida a la sutil inteligencia de Laín Entralgo, en la que se desmarca el triunfo de las armas, vencedoras hic et nunc (aquí y ahora) del triunfo futuro de la inteligencia, no pasajero, sino perenne (iugiter = a perpetuidad)


No andaba muy descaminado el sabueso de Millán Astray cuando vociferaba en Salamanca (justo en el templo de la sabiduría que es el Paraninfo de su Universidad, y en presencia de uno de los sumos sacerdotes de aquel momento, Don Miguel de Unamuno) su necrófila consigna: “¡Muera la inteligencia!”. Su olfato de perro de presa le hacía intuir que el peor enemigo del totalitarismo y de la dictadura era la Inteligencia que allí mismo iba a emitir su veredicto, por boca del rector: “¡Venceréis, pero no convenceréis!”.


El Arco de Moncloa es, hoy día, el Arco de la Victoria de la Inteligencia, contra el oscurantismo y el dogmatismo cerril. La que, en aquellas fechas, fue Mens victura, es hoy ya, felizmente, Mens victrix. Laín Entralgo auguró sabiamente, sibilinamente, el porvenir.



Por algo el franquismo desdeñó inaugurar en su día el monumento. Supo de antemano (intuyó) que la victoria futura ya no sería la suya. En este sentido también hay que reconocerle al franquismo su inteligencia. At ille sapit (“También él sabe”)*


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* Evocamos un dístico de Marcial que dice: Nubere vis Prisco, non miror, Paula: sapisti! / Ducere te Priscus non vult: at ille sapit (Quieres casarte con Prisco. No me extraña, Paula: eres inteligente./ Pero Prisco no quiere casarse contigo: también él es inteligente


sábado, mayo 02, 2009

La gripe que viene de Méjico

*Bailando la danza llamada 'jarabe tapatío'

Se ha creado cierta psicosis a propósito de la epidemia mejicana de la ‘nueva gripe’, nombre que se postula sea el definitivo, tras las diversas denominaciones dadas con anterioridad: gripe porcina, gripe A, y algunos otros nombres, como podría ser el de 'gripe mexicana'. También se me ocurre que la podríamos llamar 'fandango tapatío', nombre de un célebre baile folklórico mexicano.El caso es que la nueva gripe se propaga, según comprobamos con cierta inquietud, con sorprendente rapidez, en una panspermia que parece tener predilección por la alta velocidad. ¿Veremos pronto por nuestras calles y plazas, por los lugares que multitudinariamente frecuentamos (transportes públicos, estadios, mítines…) a la gente con mascarillas?


Esta madrugada, en la duermevela, he calibrado los posibles riesgos que a mi edad puede uno correr si la ‘pirripia’ llegara a pillarme. Los mayores de x años (entre los que me cuento) estamos en estos casos en los llamados ‘grupos de alto riesgo’. Si la muerte no ha sabido hasta ahora cómo meternos mano, la ocasión le brinda una estupenda oportunidad de deshacerse de nosotros. Sin embargo, mis antepasados más directos (mis abuelos, paternos y maternos, sobrevivieron a la entonces llamada ‘gripe española’, la del 18, del siglo pasado. Y también sobrevivieron mis padres, que por aquellas fechas eran unos adolescentes) ¿Por qué no podría yo también sobrevivir a esta nueva edición del Apocalipsis, con sus cuatro famosos jinetes, la Guerra, el Hambre, la Peste y la Muerte? (Guerras que nunca faltan, aquí o allá; Hambre, que ahora viene vestida de Paro; Peste -aviar, porcina, española o mejicana- y, como remate, la Muerte: la Capitana, de Baudelaire. La procedencia mejicana del morbo me lleva a otro enlace que yacía por ahí, escondido entre mis neuronas. Tenía una vaga noticia de la existencia de cierto baile típico de Méjico que se llama 'jarabe tapatío'. Y se me ocurre la idea -peregrina, sin duda- de que este 'jarabe' pudiera tener efectos terapéuticos sobre la nueva plaga. Como si se tratase de un viejo ritual de los antiguos aztecas, como conjuro para alejar la molesta plaga.


Todo lo cual resulta un tanto fantasmagórico y tiene la absurda ilación propia de los sueños. Cosa por lo demás nada extraña si tenemos en cuenta que este blog lleva por título La materia del sueño.


jueves, abril 09, 2009

La ejemplaridad de la Transición española

“¿Por qué voy a tener que condenar yo el franquismo si hubo muchas familias que  lo vivieron con normalidad y naturalidad?”       (La Voz de Galicia.es, 14-10-2007)

Las palabras de la cita que encabeza estas líneas son la respuesta de Jaime Mayor Oreja a un periodista que le preguntaba por qué esa resistencia del PP a condenar el franquismo.
En primer lugar habría que replicarle al Sr. Oreja que su opinión personal no nos interesa y no es por ella por la que se le pregunta. Lo que nos interesa es la opinión del partido que él representa y del que fue portavoz en el Parlamento europeo. En ese foro internacional fue Mayor Oreja el encargado de representar al PP. Y su actitud fue la de no sumarse a la condena del franquismo por parte de las democracias europeas. Con lo cual desmentía la anterior posición de su grupo en la sesión parlamentaria correspondiente al 20 de noviembre de 2002, en el Parlamento español. El PP se retractaba así, por medio de su representante en el parlamento europeo, de lo que había suscrito años atrás en el parlamento español. Palinodia se llama esa figura.
Ahora bien, la condena explícita e inequívoca del franquismo es, en el caso español, condicio sine qua non, para poder calibrar la rectitud de intenciones de quienes dicen optar por el sistema democrático. Es la consabida 'prueba del algodón'.¿No rehusaban los batasuneros condenar los atentados de ETA? Y con ello daban pruebas de estar a favor de la misma. Pues, mutatis mutandis, no condenar el franquismo es no estar inequívocamente a favor de la democracia.


Esta democracia seguirá siendo rehén de la derecha ideológica mientras el partido, actualmente en la oposición, rehúse condenar explícitamente la dictadura y, concretamente, el franquismo, como su más reciente manifestación histórica.

La derecha ideológica, hoy representada en el PP, hubiera querido una democracia estancada en la Transición de forma permanente: los elogios dedicados a ésta en los que se destaca, principalmente, su ejemplaridad, parecen querer conducir a la conclusión de que la Transición debería convertirse en la forma permanente, y no sólo transitoria, de la democracia española. Ya hay quien habla de una segunda transición, con lo cual parece que el estancamiento puede hacerse consistir en una sucesiva serie de transiciones (tras la 2ª vendría la 3ª, etc) todas tendentes a retardar la definitiva llegada a la Democracia. Es lo que en el idioma galo se llama piétinement sur place: patinar el vehículo en el atolladero. En política más bien significa voluntad de no avanzar: Le piétinement est l'action politique du refus (La acción política del rechazo)

Ahora bien, la Transición fue democracia en rodaje. Y parece razonable que, después de 30 años de rodaje, nuestro vehículo esté en condiciones de dar por terminada esa prueba.

Se aplazaron ciertas reivindicaciones, para facilitar la puesta a punto del vehículo. Así, por ejemplo, lo de las honras póstumas y tardías de las víctimas del franquismo. Tales honras fueron impensables durante la dictadura (hubiera sido como exaltar la rebeldía por parte del perdedor) y se pospusieron durante la Transición (pues podrían ser provocadoras del golpismo latente)

Toda la Transición ha estado condicionada por ese miedo y ese respeto al franquismo larvado, recurrente, amenazador.

La Constitución de 1978 es todavía la constitución de la Transición, no la de la democracia plena. Redactada por juristas de diversa procedencia política, hubo de someterse a la Ley del Silencio, impuesta por los antiguos partidarios del Régimen.

Copio seguidamente unos párrafos tomados del libro de Francisco Espinosa, El fenómeno revisionista o los fantasmas de la derecha española:
El pacto de silencio entre los franquistas reformistas y la izquierda será capitalizado por la derecha, que seguirá siendo su gran beneficiada. El círculo se cerrará el día en que, amparada por una mayoría social que asuma abiertamente el franquismo, la derecha considere que ha llegado el momento de reivindicar públicamente la figura de Franco y su obra, sin temor ni a perder votos ni a causar escándalo alguno.
Es un pronóstico ciertamente inquietante para el futuro de nuestra democracia (la de todos los españoles). La Ley de la Memoria Histórica tiende a evitar que esto suceda. De ahí que haya sido tan mal recibida por cierta derecha recalcitrante. Por eso quienes desean que no se produzca esa eventualidad han propuesto los “13 Puntos Mínimos para el debate de la ley de Memoria”*. En primer lugar figura el de “La condena del régimen franquista”.
Esa condena implicará la demolición de los mitos con los que se pretendió justificar el golpe de estado que suplantó al Estado legítimo.
Es un requisito irrenunciable para una democracia de pleno derecho: la Democracia, con mayúscula.
Transigir con su incumplimiento será prolongar indefinidamente la Transición-Transigencia. La democracia valetudinaria de los vencidos.
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* Pulsar aquí para ver dichos puntos

sábado, abril 04, 2009

A propósito del libro Tiempo al tiempo, de Carlos Sánchez Rodríguez

Carlos Sánchez es un excelente poeta nacido en Aracena (Huelva). En su ciudad natal ha ejercido la docencia como catedrático de literatura española. Y allí continúa, ahora en situación de jubilado.

Estudioso de Montano, tiene varias publicaciones sobre el biblista de Fregenal. Pero, sobre todo, Carlos cultiva la poesía y ha publicado varios libros de carácter poético. El anterior a éste que ahora se edita constituye un homenaje a San Juan de la Cruz y lleva por título Al socio deseado, un verso memorando de una de las liras sanjuanistas (Lira 34, v. 4º del Cántico espiritual)
El libro ahora publicado se titula Tiempo al tiempo, evocando un verso de Antonio Machado ("Proverbios y cantares",II, 51) y se ha imprimido en Zafra, por la acreditada empresa Rayego. Un ejemplar de esta publicación me llegaba hace unos días, dedicado expresamente por el autor, como en anteriores ocasiones. La edición ha estado a cargo de la Asociación Cultural Huebra y ha sido patrocinada por el Excmo. Ayuntamiento de Aracena.
El tiempo, en su triple dimensión de pasado, presente y futuro, es el personaje central de la obra, el eje sobre el que gira el poemario entero.
Desde el instante presente, cimero, se columbran diversas etapas de la vida del poeta: la infancia y la niñez, la juventud (¿fue juventud la mía?) y la madurez, lindante ya con la innegable proximidad de la vejez. La omnímoda presencia temática del reloj contribuye a la ambientación de esas diversas etapas. Así, en la infancia, la estampa que nos viene a la memoria es el recuerdo de la abuela sentada en el patio, haciendo calceta. Hay unos juguetes esparcidos por el suelo (los bolindres, la peonza, los soldaditos de plomo) Se trata de espacios exteriores, como el “Patio” y la “Azotea”. El reloj adopta aquí apariencia de juguete, la más sugestiva para la infancia: el “Reloj de cuco”.
El pasado es el tiempo vivido, dejado atrás. Este carácter de ‘preterición’ que tiene la vida, pasajera por excelencia, afecta también al presente y al futuro. Y es que lo nuestro es pasar, que dijera Antonio Machado ("Proverbios y cantares",I,44) El tiempo se remansa hacia el ayer. Incluso el presente es, según la sibilina definición heideggeriana, “un futuro sido”. O el “aún-no-ser-ya-sido”. Lo expresó de modo más asequible y menos alambicado Jorge Manrique:



Si juzgamos sabiamente
daremos lo no venido
por pasado.

Del reloj como juguete pasamos al reloj como instrumento de cocina. Una modalidad de este último es el reloj de arena, muy apropiado para calcular el tiempo de cocción de un huevo. Más seguro, desde luego, que el método de rezar sucesivamente tres credos, como hacía la abuela. Porque, a veces, se atascaba la memoria, o dudaba en aquello de “padeció debajo del poder de Poncio Pilato”, que acaso era “bajo el poder de Poncio Pilato”. Estas y otras distracciones podrían echar a perder el punto de la receta.
En cuanto al “Reloj de péndulo”, viene a ser como el aprendiz de solfeo, midiendo el tiempo con el compás binario de dos por cuatro (en este poema se evocan sensaciones proustianas, si no la de la famosa ‘magdalena’, sí las del olor a pan tostado y al aromático café)
Las estatuas y efigies conmemoran figuras y personajes que, a menudo, ya pocos recuerdan. Pasan a engrosar las borrosas figuras del pasado. Es el caso de ese mítico personaje que se alude (sin nombrarlo) en el poema “Aniversario”. Intervino en la revolución cubana más importante del siglo pasado, pero no es Fidel Castro. Dejemos que el lector lo adivine.
En el poema “Good bye, Lenin” se glosa la caída del viejo dictador ruso. Y, en el titulado “Estatua ecuestre”, la caída de otro dictador más cercano a nosotros, cuyo nombre se da por sabido y, por tanto, es superfluo mencionarlo:



Soplaron otros aires ­−oh, fábula del tiempo−,
giraron las veletas tornadizas
y un buen día miramos al jinete
pendular entre nubes
− su último alzamiento, desde luego−,
colgado por el cable de una grúa,
sin que le diera tiempo
a bajarse siquiera del caballo
.

En este fragmento, el autor pone en cursiva la frase “oh, fábula del tiempo” dando a entender que se trata de una expresión ajena y conocida. Conocida, desde luego, para quienes recuerden la “Elegía a las ruinas de Itálica”, de Rodrigo Caro. Tampoco vendría mal haber puesto en cursiva la palabra “alzamiento”, por lo que tiene de evidente guiño al lector.
Hay relojes emblemáticos y aquí se citan algunos, como el del Carmen y el de Praga, evocadores de lugares típicos. Quizás echemos de menos el famoso Big Ben inglés, o nuestro castizo reloj de la Puerta del Sol, cuyas campanadas de fin de año nos sirven de pauta para tomar las doce uvas.
Otros relojes, otros computadores del tiempo: el de pulsera, a veces con categoría de joya. Y el de bolsillo. Ambos pueden servir para ‘fardar’. Desde luego, este último le servía al abuelo, muchas veces, para esto.
El “Reloj de estación” preside el momento crucial de las despedidas. El poema va encabezado por los dos primeros versos de la famosa canción de Gilbert Becaud:

Et maintenant que vais-je faire,
de tout ce temps que sera ma vie


El poema dedicado al “Reloj de sol” va encabezado por una cita de Ovidio. Podría ser perfectamente un pentámetro, sólo con invertir el orden de las dos primeras palabras y sustituir la errata “nubilia” por “nubila”.
No podía faltar la alusión a los relojes imperfectos (“Reloj que atrasa”) que son contrafigura de nuestra propia víscera cardíaca, nuestro reloj interno que es el corazón. Reloj que, a veces, da en adelantarse o en atrasarse y que, entonces, necesita de ese aparatito regulador del ritmo que se conoce con el nombre de ‘marcapasos’.
El tiempo pretérito por excelencia es el utópico, o más bien, el u-crónico de la Edad de Oro. La utopía es lo no existente en el espacio, la ucronía lo que no existe en el tiempo (el 30 de febrero) La nostalgia del Paraíso evoca esa utopía y esa ucronía (es anterior al espacio y al tiempo) Hubo una experiencia de la felicidad, antes de que existieran el espacio y el tiempo, según la intuición del gran Camoens:

Mas, ó tu, terra de glória
se eu nunca vi tu essência,
cómo me lembras na ausência?
Não me lembras na memória
senão na reminiscência.




Es el recuerdo del Paraíso perdido, latente en la memoria de la especie.
El otro mito de la felicidad perdida es el de la Edad de Oro. Aquí viene al pelo la evocación de Cervantes y el famoso discurso que Don Quijote ‘endilgó’ a los cabreros.
Es la mítica Aetas aurea que algunos sitúan en el futuro.
Por último, el recuerdo de la muerte. Para un profesional de la literatura el encuentro con la vejez equivale a tomar conciencia de la “vecindad” de la muerte. Miguel Hernández se sentía ‘vecino de la muerte’, no por razones de edad, pero sí por razones de enfermedad y de guerra. Y, sobre todo, por enamorado. Pero el hombre ‘mayor’ (permítase el piadoso eufemismo) siente esa vecindad porque ve que se agota el cupo de años normalmente asignado a una vida. Recordemos el famoso terceto de Quevedo ya en el umbral de la vejez:



Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuera el recuerdo de la muerte
.

El poeta siente, a veces, esas insinuaciones, esos ‘guiños’ que hace la seductora, a la que le gustan, sobre todo, los hombres mayores. El santo de Asís la llamó “hermana Muerte”, pero otros la conocen por apelativos menos afectuosos: la Calva, la Pelona, la Huesuda, la Desnarigada…
Con todo, llegará el día en que sucumbiremos a sus 'encantos'. Porque, previsiblemente, ella tiene su encanto especial, un sex appeal irresistible. El amor mortis es una constante de la literatura, desde Lucano y más atrás.
Carlos Sánchez, por el momento, apuesta por la vida y hace muy requetebién. Es preferible pensar en el edamus et bibamus, cras enim moriemur (‘comamos y bebamos, que mañana moriremos’.
Como Ortega y su cita védica, suplicaremos al Dios que preside el Cielo:
Hay muchas auroras que no han nacido todavía. Haz que las veamos, ¡oh, Varuna!.
Y si, entre esas auroras, hay alguna Aurora, mejor que mejor.

sábado, marzo 28, 2009

El Arco de la Victoria, monumento del franquismo


Eadem sed aliter: lo mismo, pero dicho de otro modo. Ayer estuvo colgado en la red, durante unas horas, este artículo que luego retiré con el propósito de modificarlo. En él reitero mi convencimiento de que el llamado Arco de la Victoria, o Arco de la Moncloa, con ser un monumento del franquismo, no es, sin embargo, un monumento al franquismo. Es un monumento a la Inteligencia. El primer desagravio a la misma, desde el famoso ultraje “¡Muera la inteligencia!”, proferido por Millán Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca; lo que provocó la réplica, ponderada y valiente de Unamuno, que terminaba con el profético “¡Venceréis, pero no convenceréis!”

Las obras del Arco se llevaron a cabo entre 1952 y 1956, según proyecto del arquitecto López Otero. El texto de las inscripciones latinas fue redactado por Pedro Laín Entralgo, por entonces rector de la Universidad Complutense. Es precisamente del análisis del texto que contiene la dedicatoria de donde obtenemos la convicción de que la ciclópea construcción no es un monumento al franquismo sino a la Inteligencia.

En el texto se deslinda cuidadosamente, pulcramente, el triunfo de las armas (“armisvictricibus”) del triunfo de la inteligencia, que se traslada al futuro (“Mens…victura”) Se da a entender que el triunfo de aquéllas es circunstancial y pasajero (“hic…”), mientras que el de ésta será perpetuo, para siempre (“iugiter”)

Los intelectuales, representados por Laín, rendían pleitesía a las armas victoriosas, pero se desmarcaban de ese triunfo, dando a entender que éste no era su triunfo. ¿Barruntarían la sutil discrepancia los artífices de la victoria? Muy probablemente. El caso es que el monumento, que debería haberse inaugurado para conmemorar el 18 de julio, no se inauguró en la emblemática fecha. He aquí el testimonio del historiador Palacios Atard:

La inauguración del Arco de Triunfo estaba prevista, como ya se ha dicho, para los actos conmemorativos del 18 de julio de 1956. Pero pasó la fecha y el monumento no fue inaugurado. Desde entonces el Arco del Triunfo aguarda el momento en que esta inauguración tenga lugar. *


Pero volvamos al análisis del texto de la inscripción para interpretar el mensaje subyacente que late bajo él:


A las armas aquí vencedoras, la inteligencia,


que perpetuamente ha de vencer


d(edica), d(ona), d(a)


este monumento


Laín emplea una abreviatura habitual de las inscripciones clásicas monumentales: D.D.D. Su significado se da por sabido, pero nada nos impide que pensemos aquí en otro truco retórico llamado reticencia. Se calla lo que se da a entender, diciéndolo en clave, en este caso, mediante abreviatura: D(at), D(onat), D(edicat) La interpretación rutinaria se da por conocida. Pero se deja a la libre interpretación del lector que él mismo complete ad libitum esas tres iniciales. Nada impide que yo, latinista, haga mi particular lectura de la abreviatura en estos términos:
D(emocratiae) D(enique) D(onabit): (La Inteligencia), finalmente vencedora a perpetuidad, donará a la Democracia este monumento.

Sabemos que el gran latinista Antonio Tovar (falangista de los primeros tiempos, amigo de Laín y de Ridruejo) sugirió algunas modificaciones del texto de la inscripción. Lo que prueba, ante todo, que él no era el autor del texto, como habíamos sugerido alguna vez, antes de conocer al verdadero autor. Pero esas modificaciones propuestas por Tovar eran irrelevantes. Sugería éste que, en lugar de poner Inteligencia (Mens) en la inscripción se pusiera Minerva (que era, a la vez, la diosa de la Sabiduría y de la Guerra) Y, en el lado opuesto del Arco, sustituir la expresión “in conspectu Dei” por la de “sub oculis Dei” (o sea, en vez de “en la presencia de Dios”, escribir “a la vista de Dios”) Cuestiones nimias como se ve. Para mí que ambos latinistas y amigos se habían dado ya de ojo sobre el texto a convenir. Proponiendo tan insustanciales variantes daban a entender que ambos estaban de acuerdo con el fondo del texto, a pesar de esas ligeras discrepancias. En particular, a Tovar le gustó el empleo del adverbio “jugiter”, que había sido objeto de reparos por parte de algún purista, por ser un vocablo más bien propio del latín posclásico. * *
Lo que ocurría era que, ya por las fechas de la construcción del Arco, Laín estaba bajo el punto de mira receloso del Régimen. Ambos, Laín y Tovar, eran, como hemos dicho, amigos de Ridruejo, que ya por aquellos años había comenzado a pagar su disidencia del Régimen con la cárcel y el exilio interior.
Parece que el Régimen hubiera querido humillar de alguna manera a estos intelectuales y desairarlos con el aplazamiento indefinido de la inauguración del monumento.
De esta manera, el monumento, al parecer, más significativo del franquismo no se inauguró en tiempos de Franco. Tampoco se ha inaugurado durante la Transición. ¿Se podrá inaugurar, por fin, sin variar ni una coma en el texto primitivo, en los tiempos de la democracia?
Se puede inaugurar, en efecto, sin ningún tipo de reparo hacia su origen franquista. En vista de lo antedicho, podríamos colegir que se hace justicia al monumento, porque pronosticó el triunfo de la inteligencia, aliada por fin con la democracia. Sirve así, ahora como antes, de pórtico grandioso que da acceso a las sedes de la sabiduría, la Universidad, templo de Minerva en la capital de España.


(Incorporo, solicitando previamente el permiso de su propietario, esta foto en la que aparecen, de izquierda a derecha, Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales, Rodrigo Uría, Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, Gonzalo Torrente Ballester y Antonio Tovar)

NOTAS:
* Véase V. Palacios Atard, La alimentación de Madrid en el siglo XVIII y otros estudios madrileños, (Real Academia de la Historia, Madrid, 1998) pág. 231

** Véase “Les emplois de jugis et de jugiter dans la latinité tardive”, por Claude MOUSSY, en Latin vulgaire et latin tardif, Actes du 4e Colloque International sur le Latin vulgaire et tardif, Caen, 2-5 sept. 1994, coord. par Louis Callebat, (1998) pp. 237-249. El ejemplo más antiguo datado es de Séneca (Cuest. Nat., 4a.2.20.4) para referirse a las "nieves perpetuas" (iugiter sunt nives)

jueves, marzo 26, 2009

ALEGORÍA DE LA TRANSICIÓN

La dictadura y la transición están prefiguradas en la Biblia, concretamente en el libro del Éxodo. Pues esas etapas han sido como el éxodo político del pueblo español hacia la tierra prometida de la democracia. Hubo que pasar un “mar rojo”, de sangre española derramada. Tras el paso de ese Mar Rojo vendría la travesía del desierto de la dictadura, que duró casi tanto como la israelita: cuarenta años. En el éxodo bíblico hubo un caudillo, Moisés; en el éxodo de nuestra alegoría el caudillo fue Franco, Caudillo por antonomasia y “por la gracia de Dios”, según los profetas de la dictadura. Este caudillo, al igual que Moisés, tampoco estaría destinado a entrar en la tierra prometida de la Democracia: el obstáculo era él mismo.
Con la muerte del Caudillo iniciamos una etapa menos árida de acercamiento a la tierra prometida. Esa etapa fue la Transición. A partir de ahí comenzamos ya a vislumbrar la democracia cercana, pero no acabábamos de llegar a ella. Muchos creyeron que la Transición era ya la tierra prometida, cuando sólo era la última etapa del viaje. Y la Transición se convirtió en acampada indefinida. O en dar vueltas en torno al mismo sitio, como Josué alrededor de Jericó, esperando que se derrumbaran los muros del inmovilismo franquista. Los expedicionarios de la peregrinación hacia la Democracia no nos poníamos de acuerdo. Unos decían: “Hay que tirar por la izquierda”. Y los otros: “No, es mejor por la derecha”. Algunos de estos decían “si viviera Moisés no hubiera pasado esto”. Pero los partidarios de virar hacia la izquierda exigían la condena retrospectiva de Moisés, por habernos hecho cruzar, con la Cruzada, el Mar Rojo. Empero los adictos del caudillo, que hablaban con Yahvé y comandaban el Arca de la Alianza entre la Iglesia y el Estado, se negaban a condenarlo: consideraban necesario y hasta purificador ese baño de sangre.
Continúa, pues, la Transición dando vueltas a la ciudadela de esta nueva Jericó, último reducto de la resistencia para conquistar la Democracia. El franquismo residual no acaba de franquearnos sus murallas.

sábado, marzo 14, 2009

La oposición por sistema

Lo que pasa en España con la oposición política merecería una más detenida reflexión, encaminada, sobre todo, a esclarecer lo que tiene de aberrante y perjudicial para la salud del país. Porque, en el nuestro, el enfrentamiento y la rivalidad entre las diversas opciones políticas ha alcanzado un grado de animosidad y de acritud que, por fuerza, impide el avance en lo social, fomenta el distanciamiento y estorba el logro de los objetivos comunes que debe proponerse la sociedad: principalmente el de la consecución del bien común. La alternancia política se da, más o menos, en todos los países desarrollados en la democracia: republicanos y demócratas, en USA; laboristas y conservadores en el Reino Unido, etc. En España, los partidos de izquierda y los descendientes de la antigua derecha, vencedores en la guerra civil, tras aquella etapa de matrimonio de conveniencia que fue la UCD, volvimos a la escisión de antaño, a la dualidad izquierda-derecha, hoy representada en los partidos mayoritarios que son el PSOE y el PP, respectivamente .

Una tendencia francamente reprobable que tiene lugar hoy día, principalmente atizada por la oposición, parece haber concentrado toda su razón de ser en combatir a la otra opción política, actualmente en el poder, con el objeto de derrocarla cuanto antes. Se está enrareciendo la situación por momentos, desde una beligerancia a todas luces patente en los medios de comunicación. El diagnóstico de este fenómeno se ha venido llamando, en estos últimos tiempos, crispación, y su incidencia en la vida política del país se está, día a día, haciendo más enconada. Medios hay que parecen haber cifrado toda su razón de ser en dedicarse por completo a socavar toda confianza en el gobierno actual por parte de los futuros votantes. Me pregunto qué sería, por ejemplo, de la COPE o de algún que otro programa televisivo como pudiera ser el llamado Intereconomía (los maulladores ‘gatos’, estimulándose constantemente) si se les acabara su tema favorito: erosionar al Gobierno. Viven de eso, esa es su actual razón de ser. (Dan la impresión de ser muchos, de estar en todas partes. En su constante bombardeo de SMS suelen preguntarse: “Hay gatos en…?” Y, a veces, la respuesta esperada: efectivamente, “hay gatos en tal o cual sitio”. (Vale. Con tal de que sean “cuatro gatos”, como dijo en memorable ocasión Felipe González) Esta proliferación de los 'gatos', tan en boga, me recuerda uno de los chistes contra el Régimen, cuando éste ejecutó a Julián Grimau, en 1963, imputándole el delito de rebelión militar, con efecto retroactivo. Hubo ya en aquellas fechas muchas protestas contra esa ejecución. Hasta Franco habría sentido remordimientos de conciencia, y, según el chiste, había ordenado exterminar todos los grillos y gatos de los alrededores de El Pardo, porque no lo dejaban dormir, recordándole constantemente su fechoría:

_ Gri-mau, Gri-mau, Gri-mau...
Desgraciadamente, creemos malo para España este cariz que está tomando la situación. A este paso volveremos a ‘meternos mano’ (en el sentido menos grato de esta expresión) cualquier día.
El desencanto político, el escepticismo, puede hacer presa en nosotros. Y entonces la democracia, tan laboriosamente recuperada (después de casi cuarenta años sin levantar cabeza) se va a encontrar en peligro. Tenemos que acabar (empresa verdaderamente difícil) con la corrupción de nuestros respectivos representantes políticos. Tanto de los ‘hunos’ como de los ‘hotros’. Y salga el sol por donde salga, que siempre saldrá por la derecha, si estamos mirando hacia el Norte, o por la izquierda, si estamos mirando hacia el Sur.

jueves, marzo 12, 2009

Pasó el Carnaval

Pasó el Carnaval con sus murgas y chirigotas, sus sátiras y chanzas, que aplican la risa como correctivo, de acuerdo con el viejo dicho ‘castigat ridendo mores’(‘castigar los vicios poniéndolos en ridículo’) Esa es, según suele admitirse, la finalidad de la sátira.

Una de las etimologías que se han dado de la palabra Carnaval supone que se ha formado de la fusión de otras dos palabras (Carne-vale) que vendría a significar algo así como ‘Adiós a la carne’. No estoy seguro. Sí que parece claro que la otra palabra que sirve para designar estas fiestas tiene un origen claramente latino: Carnestolendas (de ‘carnis’ y ‘tollere’, quitar o suprimir la carne) En ambos casos se hace referencia a la abstinencia de la carne en la dieta, penitencia propia del tiempo de Cuaresma. La abstinencia solía ir acompañada de otro sacrificio: el ayuno.

Parece que el precedente romano del Carnaval fueron las Saturnales, unas fiestas en las que la gente se divertía con el intercambio de ‘roles’, o papeles, sociales: los amos hacían de esclavos, y viceversa. Se trataba, en cierto modo, de invertir el orden habitual de las cosas, de poner ‘el mundo al revés’. Es como si la gente se cansara de representar el mismo papel y quisiera ensayar un modo de ser diferente. A este impulso obedecen también ciertas tendencias al ‘travestismo’, que se ponen de manifiesto especialmente en estas fiestas. Hombres que se visten de mujer, y mujeres 'caracterizadas' de varones. Por más que hoy día se ha generalizado el uso femenino del pantalón.

La visión carnavalesca de la vida es de signo barroco. Puede añadirse a las otras típicas cosmovisiones de este movimiento, como son la de la ‘vida como sueño’ y la del ‘mundo como teatro’. Larra veía la vida toda como un trasunto del Carnaval: “Todo el año es Carnaval”, es el título de uno de sus más famosos artículos. El romanticismo de Larra representa el desengaño barroco del siglo XIX.

La teoría de Larra ya estaba asimilada e incorporada al folklore cuando, hacia mediados del siglo XX, la pareja artística formada por Carmen Morell y Pepe Blanco (pareja también en la vida real) pusieron de moda el tema de los debates, discusiones o riñas artísticas, tema que ya se había explotado en el terreno, por ejemplo, de la zarzuela. Otra pareja artística, que imitaría el procedimiento, sería el dúo formado por Dolores Abril y Juanito Valderrama, también pareja en la vida real. Era poner al día la vieja literatura de los debates, los denuestos del agua y el vino, la lucha de Don Carnal y Doña Cuaresma.
El dúo Morell-Blanco popularizó, en los primeros años de la década de los cincuenta, uno de esos ‘altercados’ entre parejas, en los que se lanzan puyas mutuamente:

Quítate esa caretita pa mirarnos frente a frente,
que ha llegado el momentito de decirnos la verdad:
Tú con uno y yo con otra y a vivir tranquilamente
que la vida, aunque no quieras, siempre ha sido un Carnaval.

Era yo estudiante en el Seminario cuando esta canción se radiaba casi a diario por las emisoras. Y recuerdo que uno de los internos, Álvarez de Luna, que tenía unas formidables aptitudes como caricato, unas dotes histriónicas fuera de lo común, imitaba al célebre dúo radiofónico, remedando las voces del señor obispo, Don José Mª Alcaraz Alenda y del señor deán de la catedral, Don Daniel Gómez Ordóñez. El obispo hacía el papel de Pepe Blanco y, el deán, el de Carmen Morell. La parodia iba destinada a provocar la risa desternillante de Aparicio, otro compañero, sobre el que la comicidad de Luna tenía un efecto avasallador. Luna imitaba primero la voz opaca y semigangosa del obispo salmodiando:

¿Quién ha visto una pastora vestida de ricas pieles?

Y, seguidamente, la voz chillona y algo aflautada del deán, contestándole:

¿Quién ha visto un limpiabotas con corona de marqués?

Aparicio se escachaba de risa.

Luna (llegó a hacerse cura) tenía una vis comica extraordinaria, imitando los tranquillos de las más altas instancias de la Curia pacense. Era de una irreverencia superlativa, pero todo se le dispensaba, como si tuviera patente de corso. Sus imitaciones eran de una comicidad insuperable. Y es que el tío les hacía gracia incluso a los mismos superiores. Era uno de los pocos que disfrutaban del privilegio de un suplemento alimenticio llamado ‘principio’. En el Seminario sólo los mayores (generalmente de la comunidad de Teología) que ejercían el cargo de inspector tenían este privilegio. Pero había excepciones: también podían optar a ese suplemento alimenticio aquellos a quienes sus padres podían pagárselo. Luna era uno de ellos. Soto, mi condiscípulo, era otro. Este era un futbolista de excepción (algún equipo profesional parece que intentó ficharlo) Soto desplegaba una energía que raramente hubiera podido sostenerse con las escasas raciones del Seminario. Era un orgullo para el Seminario (y para sus celadores) poder presumir de un atleta semejante. De manera que la vergonzante discriminación que se permitía por la superioridad, en estos casos, se realizaba sin reparo alguno. ¡Escandalosa desigualdad! Pero los siervos de Dios la veían como la cosa más natural del mundo.

Y bien, ¡el Carnaval! Era a lo que íbamos.

viernes, marzo 06, 2009

Los dogos del Régimen

José Antonio Girón de Velasco, ex-ministro de Franco, murió en 1995. Fue uno de los duros del Régimen, de los más resueltos a perpetuar el resultado político de la Guerra Civil. Para él la situación política, resultante de la victoria de las armas, era inamovible a perpetuidad; tenía que perpetuarse mientras ellos, los vencedores, continuaran con vida: ese derecho lo reclamaban con carácter vitalicio y aun querían hacerlo hereditario, extensible a sus descendientes, a su cada vez más exigua familia política. Tales eran las intenciones de aquella camarilla que se llamó el bunker, decidida a impedir, por las buenas o por las malas, todo intento de apertura.
Memorable fue su intervención a raíz de la legalización del partido comunista con el gobierno de Suárez. El ex-ministro advirtió en aquella ocasión, con semblante torvo y ceñudo:
No vamos a renunciar a la victoria; una victoria que lo fue, precisamente, contra el comunismo como principal enemigo.
(Sus palabras obtuvieron un aplauso, no particularmente entusiasta, por parte de sus conmilitones)
Los hechos vinieron a demostrar que estos ‘señores’ se habían convertido en un serio obstáculo para el normal desenvolvimiento del sistema democrático, al que iban a tratar de boicotear por todos los medios a su alcance. Desde ese paso decisivo, que para la normalidad democrática supuso la legalización del partido comunista, comenzó a fraguarse la conspiración que pretendía retrotraer la situación política a la posición franquista. Los golpistas del 23-F, en una desatentada maniobra de ataque al pueblo español, representado en el Congreso de los diputados, irrumpieron allí, secuestrando por unas horas la voluntad popular. Un general badulaque cometía el disparate de sacar los tanques a la calle, para amilanar al pueblo soberano y al Soberano del pueblo, el mismísimo Rey Juan Carlos I. Se reproducía el viejo ‘tic’ de la Dictadura, que tomaba por rehén al pueblo español. Menos mal que el rey Juan Carlos tuvo claro de parte de quién tenía que ponerse.
Al optar por la democracia, el rey logró fundirse con la voluntad popular y sus legítimos representantes en el Congreso. En esa memorable coyuntura se demostró que no hay incompatibilidad entre República (=democracia) y Monarquía. La decisión del rey Juan Carlos I logró aunar voluntades y consiguió hacer realidad aquel sistema de gobierno que Cicerón llamaba ‘regali re publica’: la ‘república regia’ o, también, la ‘monarquía republicana’. Y en aquella oportunidad el monarca español se ganó a pulso un título que, oficialmente, todavía no se le ha reconocido: el de ‘Padre de la Patria’. Título que merece, según el orador romano, aquel rey 'qui consulit ut parens populo' ('que mira por su pueblo como un padre') (R.P. 2.47.5) Aquella coyuntura dio ocasión a que el rey mereciera con justicia el honroso título de Pater Patriae, con el que se honraron varios emperadores romanos.

domingo, marzo 01, 2009

La Iglesia y el cisma republicano

* La aparición de la Cruz al ejército de Constantino, con la leyenda EN TOUTWI NIKA ("Con este signo vence") Cuadro de Rafael.

Quiero hablar hoy de la religiosidad de aquellos republicanos que, pese a su condición de católicos, la religión oficial de la Iglesia, fueron tratados como oficialmente fuera de la misma por el estamento eclesiástico. Este era el caso de mis padres y, en general, de la mayoría republicana. Estaban casados ‘por la Iglesia’ y habían llevado a sus hijos a recibir el bautismo (o a ‘cristianar’, como solía decirse también) Sin embargo, fueron asociados, por los del golpe militar, con los ateos y los matadores de curas y frailes. Y la santa madre Iglesia, desde luego, los metió en el mismo saco que a los incendiarios de los templos. La Iglesia (en general) abandonó a estos cristianos a su suerte: a las fieras del levantamiento militar. La causa de los sublevados se asoció bien pronto a la causa de Dios, debido, en gran parte, a la famosa Carta a los Obispos Católicos, redactada por el Cardenal Gomá, que tanto contribuyó al descrédito de la causa republicana. Enseguida comenzó a propalarse uno de los más falsos eslóganes de la propaganda del Régimen: el que ‘rezaba’ Por Dios y por España. Mentiroso y falsario hasta la náusea.

Mi madre, Virginia, y mi padre, Eloy, eran miembros de la Iglesia en 1936. Mi madre siguió siendo creyente siempre. Todavía la vi santiguarse y rezar cuando ya estaba en su cama esperando la última hora.

¿Y mi padre? No sé si sería católico practicante. Probablemente, no; aunque estaba bautizado y casado por la Iglesia.

Pero ejerció de modo práctico la solidaridad cristiana, en su vertiente socialista, cuando se trajo a casa un par de críos, (hermanos, niño y niña) hijos de un ‘compañero’ de Almendralejo, que estaba en paro (o en huelga, no estoy seguro) y los chiquillos estuvieron en nuestra casa una temporada, mientras se resolvía la situación de su padre. Mi madre aceptó resignadamente la papeleta que le había endosado su marido y acogió a aquellos niños y cuidó de ellos lo mejor que supo. Recuerdo que imitaba muy a lo vivo las palabras del crío, siempre con un apetito insaciable, pidiendo pan para él y para su hermanita:

Mi Quina quiere pan… ¡Y yo también!

Mi padre fue, según esto, buen cristiano. Desde su credo socialista, por supuesto.

A la propaganda fascista le interesaba meter en el mismo saco, de oprobio y de descrédito, a todos los socialistas, republicanos, comunistas, etc. bajo el denominador común de rojos. Todos ellos quedaban marcados por esa tacha infamante, identificados con los ‘enemigos de Dios’, incendiarios de templos y exterminadores de curas y frailes.(‘Si los curas y los frailes supieran…’ , canturreaba la famosa letrilla jocosa de los republicanos clerófobos…)

La causa religiosa se adscribió así a la causa fascista, de manera interesada. La jerarquía eclesiástica tuvo mucho que ver con esta mixtificación. De modo que los eclesiásticos colaboraron con los rebeldes y pusieron un contrapunto falsamente piadoso a las ejecuciones, facilitando la confesión a los sentenciados a muerte (sin juicio previo o, como mucho, con un simulacro de juicio) ¡Qué buenos que eran aquellos curas, salvando almas en el supremo trance! También la Inquisición, en su día, facilitó a los reos ese trámite de abrirles las puertas del Cielo, cerrándoles las de la Tierra.
¿Y los verdugos? ¿Pecaban o no pecaban contra el 5º mandamiento? Pues no, porque asumían con resignación el penoso deber de matar ejerciendo la función del brazo ejecutor de la justicia divina. Así lo tenía asumido un conocido escopetero de mi querido pueblo, cuyo nombre (el del matón) callo, porque ya está en el otro mundo; aunque también lo callaría si estuviera en éste, para no suscitar odios contra él. No sé si este asesino fue persuadido por algún cura o dio en imaginar, por sí solo, que él mataba por imperativo divino. Tan convencido parecía estar que incluso quería también convencer a sus víctimas:

No te mato yo, te mata Dios.

Es curioso que este fanatismo consistente en ‘matar por imperativo divino’ es característico de las llamadas ‘guerras santas’ (y la Guerra Civil, por designios de la jerarquía eclesiástica española, fue una Cruzada, es decir, una guerra santa) He aquí un texto del Corán, puesto en lengua latina, que confirma la existencia de este fanatismo entre algunos adictos de la religión de Mahoma:

Et non tu enecavisti eos, sed Allah enecavit eos, nec tu detrudens detrusisti, sed Allah detrusit (8, 11-17)

(“Y no fuiste tú quien los mató, sino que los mató Alá; ni tampoco, al quitarlos del medio, fuiste tú quien los quitó, sino Alá"…)

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** Ver enlace con la entrada de este blog titulada "La Memoria Histórica según Alberto " (octubre 19, 2007)

La lealtad cartaginesa

La lectura del libro que reseñaba en mi anterior entrada me lleva a reafirmarme en otro comunicado que publiqué en este mismo blog (PUNICA FIDES) La facción de la derecha que asumió el mando en el Ayuntamiento de Aceuchal, a raíz del alzamiento militar del 18 de julio, procedió desde luego con dolo y perfidia, sin respetar los compromisos contraídos con los responsables del Comité antifascista, constituido por acuerdo de la corporación municipal anterior al golpe de Estado.¡Elemental, querido Watson, que hubiera dicho Sherlock Holmes! ¿Cómo iban a respetar los fascistas un acuerdo pactado con un comité que se había dado a sí mismo el nombre de ‘antifascista’? Es de cajón, ¿verdad? Y lo que asombra es que los ingenuos integrantes de aquel Comité, entre los que se encontraba Don Cándido, fueran todos tan cándidos que creyeran que, al respetar ellos las vidas de los rivales políticos, éstos iban a hacer lo propio con las suyas y, en consecuencia, les propusieran esa especie de “pacto entre caballeros”. ¿Caballeros?

A nivel personal hicieron lo mismo con mi padre (por cierto, me muero de ganas de saber los nombres de las personas que integraban ese bizarro Comité Antifascista*, que más bien debió titularse el Comité de los Cándidos, por la ingenuidad de sus componentes, todos ‘cándidos’ de alma, y uno de ellos, incluso de nombre) Si en ese comité no figuraba el nombre de Eloy García Guerrero, mereció figurar porque, sin duda, pertenecía al bando de los cándidos.

Mi padre, a diferencia del de Domingo Maqueda (†), no disponía de un horno adecuado en donde guarecerse. Se ocultó en un cortijo, o casa de campo, distante cinco o seis leguas del pueblo. Pero los que iban a convertir el “pacto entre caballeros” en papel mojado, sabedores de la candidez de la familia, abordaron a mi tío (Jerónimo) y lo convencieron con toda clase de marrullerías de que iban a respetar la vida del fugitivo. Y a lo mejor hasta le facilitaron el carro con el que fue a buscarlo en un caluroso día de primeros de septiembre, supongo que ya metidos en la novena de la Soledad.

Los romanos aconsejaban no fiarse nunca del enemigo. Era un consejo de escarmentado, que ellos habían experimentado en carne propia, no confiar jamás en lo que ellos llamaban, irónicamente, la “lealtad cartaginesa”.

Esa fue la lealtad que emplearon entonces con sus propios convecinos los que, respaldados por la rebelión militar, asumieron las riendas del mando.
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* He recibido de parte del joven investigador de Aceuchal, Manuel Carretero, la lista de los nombres que integraban el Comité Antifascista. No figura entre ellos el nombre de mi padre. Un cargo menos que tenían contra él los que lo mataron. Y una sinrazón más.