Velázquez, "La fragua de VulcanoY es que el poeta ha quemado etapas con asombrosa celeridad. Su capacidad para asimilar los recursos expresivos de la mejor poesía (San Juan de la Cruz, Góngora, Rubén Darío…) lo faculta para realizar las más geniales síntesis poéticas. Pero será la experiencia vital del amor, intuido como rayo, el verdadero desencadenante, el catalizador que acelera esa fulgurante aparición de su madurez poética.
Las nueve cuartetas del poema inicial del libro son la prueba más ilustrativa de ese admirable ascenso magistral por el que se sitúa a nivel de los mejores. La intuición aleixandrina del amor concebido como destrucción (es decir, muerte) es la experiencia más crucial que el poeta vive, como destinatario de esa especie de rayo jupiterino que es el amor. Lo siente revolar en torno a sí, cerniéndose sobre él:
Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida.
Rayo de metal crispado
fulgentemente caído,
picotea mi costado
y hace en él un triste nido.
Mi sien, florido balcón
de mis edades tempranas,
negra está y, mi corazón,
y mi corazón con canas.
Tal es la mala virtud
del rayo que me rodea
que voy a mi juventud
como la luna a la aldea.
Recojo con las pestañas
sal del alma y sal del ojo,
y flores de telarañas
de mis tristezas recojo.
¿A dónde iré que no vaya
mi perdición a buscar?
Tu destino es de la playa
y mi vocación del mar.
Descansar de esta labor
de huracán, amor o infierno
no es posible y el dolor
me hará, a mi pesar, eterno.
Mas al fin he de vencerte,
ave o rayo secular,
corazón, que de la muerte
nadie ha de hacerme dudar.
Sigue, pues, sigue, cuchillo,
volando, hiriendo; algún día
se pondrá el tiempo amarillo
sobre mi fotografía.
¡El “tiempo amarillo”! ¡Qué asombrosa síntesis! Pura intuición del poeta que acaso ni conocía el nombre de esa figura literaria (hipálage) y que, sin embargo, aplicaba lúcidamente, atribuyendo al tiempo el color amarillo de la fotografía.
La lucidez con que el poeta vive la experiencia del amor como autodestrucción se revela en figuras literarias de admirable plasticidad: el “cuchillo”, el “rayo”, la “fragua”. Como contrafigura de Vulcano (sin cojera, en este caso), el poeta forja en sus versos el rayo jupiterino en su fragua interior. Trabajo de cíclopes. En las entrañas del Etna, en Sicilia, están los talleres de Vulcano donde éste forja los rayos jupiterinos que fulminan. En este caso el destinatario del rayo, en forma de amor, ha sido el poeta.
En esa fragua vulcánica, o volcánica, se forja el poeta. La forja del poeta es, en este caso, la forja de un rebelde que, contra todo el empeño que pusieron los que quisieron desviarlo de su trayectoria hacia la libertad y la justicia social, no consiguieron doblegar, por más que intentaron comprarlo: el canónigo Almarcha, o los poetas ‘falangistas’ que se prestaron a sobornarlo para hacer que se convirtiera al régimen, a cambio de la libertad.
El canónigo Almarcha, inflexible, antepuso a la caridad cristiana de ayudar al necesitado la exigencia de hacerle cumplir los preceptos del catolicismo. Lacayo y satélite del franquismo, Almarcha fue de aquellos obispos en cuyo nombramiento participaba el Caudillo; estuvo adscrito al Régimen desde los primeros momentos de la sedición militar.
Miguel no claudicó. Y con su muerte, pero sobre todo con su poesía, se ganó a pulso la inmortalidad. La fama perennis, como la del guerrero García Lasso cuya estatua yacente vemos en el convento de Santa Clara de Zafra:
At mors nil nocuit, nam vivit fama perennis
(La muerte no le hizo daño, pues vive su fama perpetua)

















