*Día ventoso, dibujo de Sancha
La filosofía de la naturaleza que cultivaron los primitivos poetas y filósofos griegos se interesó, desde el principio, por el origen del mundo: de dónde nació todo, de dónde procede. Natura, en latín, viene de ‘nascor’, nacer; y su correspondiente en griego, fysis, viene de ‘fyo’, engendrar. Los primeros filósofos (que, por cierto, escribían en verso) atribuyeron el principio de todos los seres, el arjé, bien por separado, bien mancomunadamente, a unos elementos primarios, los llamados cuatro elementos: el agua, el aire, el fuego y la tierra. Dice uno de esos filósofos, llamado Empédocles:
Escucha, ante todo, cuáles son las cuatro
raíces, o principios de todas las cosas:
el fuego, el agua, la tierra y el aire inmenso en lo alto.
De esta doctrina se hizo eco el poeta romano Lucrecio en su poema De rerum natura:
Hay quienes piensan que de cuatro cosas todo puede
tener su origen: del fuego, la tierra, el aire y el agua.
Miguel Hernández, desde muy joven en contacto directo con la naturaleza, se siente parte de ella y puede sentirse identificado con cada uno de esos ‘cuatro elementos’ a los que nos hemos referido. Examinemos algunos ejemplos.
El aire.- Bien en un sentido lúdico (en broma) o bien en un tono más trascendental, aunque de manera metafórica, el poeta se siente identificado con este elemento en su aspecto dinámico. Veamos sendos ejemplos:
El día que sientas un gran viento sobre las casas de Cox, que se lleve las tejas, di: “Ahí viene Miguel”... Además, ya sabes tú que uno, yo por ejemplo, tengo mucho aire natural y me llevo los papeles del suelo cuando paso andando...” (Carta a Josefina, O.C., p. 2.448)
Esto que aquí se dice en tono lúdico, pero dando a entender que el poeta se siente partícipe de ese dinamismo propio del viento, se convierte en una afirmación completamente seria, al tratar el autor de describir la fuerza motriz de la poesía, capaz de impulsar al pueblo a una acción determinada:
Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplados a través
de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más
hermosas. (M.H. Viento del pueblo, Prólogo a Vicente Aleixandre)
El agua.- Es, junto con la tierra, el elemento femenino, nutricio por excelencia. De la evaporación del mar, los lagos y los ríos, se eleva al cielo el agua y de allí desciende en forma de lluvia. En Virgilio (G. 2.325-7) encontramos una magnífica prosopopeya (personificación) por la cual se representa al Cielo como el esposo que copula con la Tierra en una feliz coyunda:
Entonces el padre omnipotente, el Cielo,
desciende al regazo de su feliz cónyuge
con la lluvia fecunda y, unido a su inmenso
cuerpo, alimenta con el suyo, grande, a las criaturas todas (G. 2.325-7)
El poeta se identifica con el elemento agua en una ocasión, comparándose con el río de su vega natal, el río Segura:
Tú eres una florida y dulce vega
y yo el caudal que la deslumbra y riega
con sus constantes joyas y atenciones.
¡Qué bien sufro mi mal, mi bien, contigo,
hecho un Segura de oro caricioso
que tu vega de amor cuida y consuela!
(HORTELANO –doliente, 219)
El fuego.- El elemento ígneo aparece en la vida del poeta de manera fulminante: en forma de rayo. El acontecimiento que consiste en enamorarse, lo vive el poeta lúcidamente como una premonición de la muerte. Resulta un tanto extraño, pero es así. Y aunque la naturaleza de las metáforas, como recurso poético, nos induzca a pensar que no se trata de un fuego ‘real’, sino de un fuego metafórico, no conviene olvidarse de que el fuego ‘analógico’, figurado, del amor, puede dar lugar a efectos analógicos proporcionales a los producidos por el fuego ‘real’. Se ha dicho, en más de una ocasión, que ‘se puede morir de amor’. En las concomitancias entre el amor y la muerte han insistido machaconamente los poetas desde tiempo inmemorial. Ya Leopardi dejó como prueba sus versos (traídos a colación por mí en anteriores ocasiones):
Fratelli a un tempo stesso amore e morte
ingenerò la sorte... (Canti, XXVII, 1-2)
(Hermanos engendró a la par la suerte
al Amor y la Muerte)
Y el poeta Virgilio nos describe así el comportamiento de Dido, ardiendo en amor por Eneas:
Se abrasa la infeliz Dido y deambula como loca por toda la ciudad, cual cierva herida por saeta, a la que un pastor hirió estando descuidada entre los bosques de Creta, mientras la perseguía a flechazos, y le dejó, sin darse cuenta, el hierro volador prendido a su carne. Ella, en su huida, atraviesa las cañadas y bosques tebanos, llevando adherida al costado la mortal caña... (Eneida, 4.68-73)
Ese fuego metafórico llega a inspirar al poeta alguna que otra hipérbole como ésta:
No bastan cerraduras ni cementos, /no, a encadenar mi sangre de alquitrán inflamado, /capaz de despertar calentura en la nieve.
El amoroso fuego se aviva con la circunstancia de la guerra y con el viento del pueblo. El poeta también arde literalmente ante la urgencia del amor. Cárceles y fusiles, campañas y ausencias son obstáculo e impedimento frecuente a la consumación de ese amor. Fríos, privaciones, carencias, socavan su salud y le hunden definitivamente en la enfermedad, el verdugo lento, pero seguro, que le han asignado sus enemigos. El ‘carnívoro cuchillo’ metafórico se hace realidad, bajo la forma de un absceso pulmonar.
Llega el momento ya previsto y preconizado por el poeta:
Mas al fin he de vencerte,
ave o rayo secular,
corazón, que de la muerte
nadie ha de hacerme dudar.
El fuego consume finalmente al poeta, pero sobre todo, los sufrimientos incomportables de las cárceles y la terca, inmisericorde dureza de sus enemigos.
La tierra.-
“Después del amor la tierra;
después de la tierra, nadie”.
(C. y R. de ausencias, 117)
El cuarto elemento, la tierra, participa a la vez del carácter de principio, u origen, y de fin. Es origen y postrimería, principio y ultimidad. Los versos citados en el encabezamiento de estas líneas tienen su contrapartida en otros versos del mismo libro (poema 71):
Después del amor, la tierra;
después de la tierra, todo. ("Después del amor", ibíd.)
La tierra, pues, está en el principio, como elemento originario: según el mito bíblico, Dios hizo a Adán del barro de la tierra (Gen. 2.7) y el poeta ratifica con su intuición ese texto bíblico, cuando dice de sí mismo:
Me llamo barro aunque Miguel me llame (El rayo..., 15)
La tierra es el elemento femenino de la naturaleza, junto con el agua. El vientre femenino es un símbolo ctónico (griego, ‘cthōn’, tierra). En él se deposita la semilla que dará origen a un nuevo ser. Para el poeta, la tierra presenta el doble atractivo de ser madre y esposa. La siembra y la fecundación, así como el abonado de la tierra son, correlativamente, tareas agrícolas. Y las herramientas de labor están simbolizadas en los genitales masculinos (“el arado y los bueyes”), mientras que el surco es imagen de la vulva.
Con estos prenotandos se entiende mejor que el poeta relacione coherentemente el amor y la muerte, el vientre femenino y la sepultura, el deseo de copular y el de morir:
Mi cuerpo pide el hoyo que promete la tierra,
el hoyo desde el cual daré mis privilegios de león y nitrato
a todas las raíces que me tiendan sus trenzas.
(“Vecino de la muerte”)
Si aquí se alude al deseo de morir, en otros textos análogos se sobreentenderá el deseo de la cópula sexual:
Dame tierra, mujer, dame hoyo, dame paz. -
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Caudalosa mujer, en tu vientre me entierro,
tu caudaloso vientre será mi sepultura. (“Hijo de la luz y la sombra”)
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Lo agrario y lo genésico están íntimamente relacionados en la poesía hernandiana; y lo mismo el amor con la muerte. Tierra de labranza es la mujer y tierra de labor el pecho del poeta enamorado:
...en él se dio el amor a la labranza,
y mi alma de barbecho
hondamente ha surcado
de heridas sin remedio ni esperanza
por las ansias de muerte de su arado.
En fin, la comunión del hombre con el medio rural se da cumplidamente en la poesía de Miguel Hernández. El poeta se integra en las fuerzas genésicas de la Naturaleza mediante su identificación con los llamados ‘cuatro elementos’.