viernes, diciembre 14, 2007

Limpiar el callejero

La remoción de algunas placas del antiguo callejero franquista para eliminar, en la medida de lo posible, los vestigios de la pasada dictadura, ha suscitado, como era de esperar, diversos comentarios, unos favorables y otros adversos a esa medida.
Por mi parte, si algún reparo tuviera que oponer a esa resolución, sería el de su tardanza en adoptarse. La renovación del callejero fue una de las más tempranas reivindicaciones que pusieron en práctica algunos ayuntamientos a raíz de haberse aprobado la Constitución de 1978. Hacia el año siguiente, o un poco después (pero, en todo caso, antes de 1981, año del “tejerazo”) publicó el periódico HOY un artículo mío con el título de “Los otros caídos”, que ahora reproduzco aquí íntegramente. No recuerdo la fecha exacta de su publicación porque no guardé el recorte, despechado como estaba por habérmelo publicado con cortes y omisiones.
Recientemente, con ocasión de haberse aprobado en el Parlamento la Ley de la Memoria Histórica (con el voto en contra del partido de la oposición) se ha vuelto a activar aquella vieja reivindicación y se han sustituido los nombres de algunas calles por otros, no de signo contrario sino, simplemente, distinto. Según la noticia insertada en el HOY con fecha 11 de los corrientes, en la capital cacereña se han sustituido los nombres de las calles siguientes: Coronel Yagüe por Ciriaco Benavente (no son tan clerófobos los socialistas como siempre nos los han pintado), Alféreces Provisionales por Hernán Cortés, Capitán Luna por Ceclavín, Queipo de Llano por Río Po (el Tajo estaba más cerca), División Azul por Tintoretto (yo hubiera preferido Rubén Darío, por lo de Azul...), 18 de Julio por Cayo Norbano Flaco (¿algún pretor de la antigua Norba?), Belchite por Zaragoza, Brunete por Calatayud y, finalmente, Santa María de la Cabeza por Huesca. Aquí la santa esposa de san Isidro pagó el pato no porque fuera santa ni, mucho menos, esposa del patrón de Madrid, sino porque el nombre, más que para glorificarla a ella, se dio a la calle para perpetuar la memoria de una “gloriosa” (como todas las suyas) gesta del ejército de Franco (lo mismo que en el caso de Brunete y Belchite)
En general, creo que las calles han salido ganando con el cambio. Personalmente opino que el obispo Ciriaco Benavente es, con mucho, mejor persona que el sanguinario coronel que ordenó la masacre de Badajoz y el resto de la provincia. Y no digamos Queipo, el general de “los bigotes de alambre”, que dijo Miguel Hernández. El nombre de Río Po sustituye, con ventaja, al de este mentiroso compulsivo al que aludo en mi escrito del HOY aquí reproducido. Aunque no fuese más que porque el Po, en la región de la Emilia, es el mítico Éridano, al que Virgilio llamara “el rey de los ríos” (G.1.482)

Aquí va, finalmente, el viejo artículo del HOY, de hace 26 ó 27 años.







Publicado en fechas pasadas mi escrito “Las otras viudas de la guerra civil”, me emplazaba a mí mismo para referirme, paritariamente, a “los otros caídos”. Los grandes silenciados del régimen anterior. El cual no sólo los hizo callar para siempre sino que, conculcando los sentimientos naturales de piedad de quienes éramos sus deudos y amigos, nos obligó a silenciarlos, a la vez que montaba su propia publicidad ostentosamente, con listas de caídos “por Dios y por la Patria”, y con actos y conmemoraciones oficiales en los que unos muertos eran gloriosamente exaltados y otros ignominiosamente silenciados. Al hablar de “las otras viudas” no podía silenciar, una vez más, a “los otros caídos”. Rota la conspiración de silencio en que estábamos forzosamente enrolados, quiero honrar a esos muertos; reclamar para ellos el homenaje que desde hace largo tiempo se merecen. A su tenaz recuerdo, a su simiente nacida, debemos la libertad que ahora renace.
No escribo para abrir heridas ni para avivar rescoldos. Haya perdón y haya amnistía. Aunque amnistía está relacionada significativamente con amnesia, que es olvido, y éste es precisamente el que nos impiden los mismos que mantienen en la actualidad -¡todavía!- en los muros de las iglesias las listas de los que cayeron “por Dios y por la Patria”. Frente a esta alharaca de muertos pregonados por el antiguo régimen –para cohonestar, quizás, inconfesablemente, los propios crímenes—los otros caídos ¿van a seguir indefinidamente silenciados ? Las paredes de las iglesias fueron exclusivamente para los “buenos”, aquellos que habían caído en la nueva “cruzada”.
La Historia ha marchitado los viejos tópicos, que han terminado por desprenderse, como hojas secas. Y esas listas en las paredes son un anacronismo residual que perpetúa, llamativamente, la arbitrariedad.
Algo semejante ocurre con el ya manido tema (aunque esté de actualidad) de los nombres de las calles. Es cierto, como recientemente apuntaba el periodista Martín Ferrand, que los alcaldes de la democracia no deben restringir su gestión a sólo esos aderezos de fachada, como sería cambiar los rótulos de calles y plazas. Mezquina interpretación de la democracia sería contentarse con desmantelar esos signos externos de la pasada dictadura. Aunque también es verdad que Extremadura, “saqueada”, necesita de unas reformas en profundidad que no es factible realizar desde las corporaciones locales, sean del color que sean.
Quede, pues, como uno de los proyectos realizables a nivel local este de la “limpieza” de las calles y plazas, infestadas con la patronimia ominosa de los militares rebeldes, devolviéndoles los nombres que el pueblo les puso.
Hay nombres (y no tengo por qué citar expresamente ninguno) que deben desaparecer lo antes posible del callejero democrático. Así el de cierto famoso charlatán, artífice de la faramalla, a quien ya relegara en vida el mismo dictador. ¡Pretendía hacerle sombra!
Creemos, por tanto, aconsejable que se retiren esos últimos residuos publicitarios del régimen. Y nadie, imparcialmente, podrá interpretar estas sugerencias como fruto del revanchismo. Por el contrario, son sólo un paso más en favor de superar la vieja dicotomía de vencedores y vencidos.
Por lo demás, la mejor ofrenda que podemos hacer a los caídos, sean del lado que sean, es la de nuestra reconciliación. Por encima de las divergencias partidistas tenemos unos intereses comunes inmediatos, como son la defensa de nuestra región y su engrandecimiento cultural y económico. Particularmente en este último aspecto todos tenemos el acuciante deber de arrimar el hombro, para impedir que nuestra querida Extremadura siga siendo “saqueada”.
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* Publicado en HOY, con enmiendas y omisiones por parte de la Redacción, en fecha que no puedo precisar, entre 1979 y 1981 (antes del 23-F)

domingo, diciembre 09, 2007

Transición, transacción, táctica

El tema de la transición, que recientemente se proponía a debate por los animadores culturales del Foro Zafrense, está, sin duda, abierto a ulteriores análisis que ayuden a entender mejor aquella etapa primera de nuestra andadura democrática. Aunque ya en aquella ocasión los organizadores procuraron dar cabida a la pluralidad de opiniones, no estaría demás reconsiderar la cuestión contrastando otros puntos de vista sobre el tema, de modo que podamos obtener una visión lo más objetiva posible del mismo. Es lo que se trata de intentar en las líneas que siguen.
La palabra ‘transición’ (relacionada con ‘tránsito’) se puede definir provisionalmente como “los pasos cautelosos que los españoles fuimos dando, al salir de la dictadura, para adaptarnos a la democracia”. La cautela (hija de la prudencia y, probablemente, del escarmiento) fue la que reguló la conducta de los españoles en esta coyuntura. Esa cautela fue común a tirios y troyanos, por más que el recelo que la inspiraba estaba más del lado de los vencidos que del de los vencedores. Por lo demás, unos y otros renunciaron, de entrada, a identificarse con sus viejas señas de identidad, derechas e izquierdas: optaron por camuflar sus respectivas procedencias en el llamado Centro Democrático. De entonces data la invención (o, tal vez, reinvención) de ese político comodín. El género neutro es, por esencia, lo que “no es ni lo uno ni lo otro”. La fuerza centrípeta cohesiva fue la característica más destacable de la transición.
Los políticos animaban a la ‘mayoría silenciosa’, hasta entonces callada, con el estimulante “habla, pueblo, habla”; por más que, inconfesablemente, los “hunos” desearan que los otros callaran ciertas cosillas, que se aplicase lo del “borrón y cuenta nueva” (aquí algunos graciosos sustituyeron lo de “borrón” por “Borbón”) y que “pelillos a la mar”. Por lo general, el personal estaba hasta el gorro del franquismo y, salvo chaladuras extremas, el deseo de cambio era casi unánime. Aun en las altas instancias de la jerarquía eclesiástica ese deseo de cambio era evidente, como lo demostró el ejemplo de Tarancón, lo que le granjeó al ilustre purpurado la inquina de los inmovilistas. “Cuatro gatos”, según la pintoresca expresión de Felipe González.
La que hasta entonces venía siendo “mayoría silenciosa” procedió con cautela, procurando no dar pasos en falso. Sabía que quienes detentaban el poder no iban a resignarlo así como así; de modo que se anduvo con pies de plomo a la hora de plantear reivindicaciones. Además, siendo la mayoría del centro ¿a quién iban a plantear esas reivindicaciones? No parecía tener mucho sentido planteárselas a sí mismos. Por otro lado, ya se había comprobado con qué disgusto había acogido la derecha reaccionaria la adopción de algunas medidas democráticas como, por ejemplo, la legalización del partido comunista. La involución amenazaba a la vuelta de la esquina; y hubo alguna que otra intentona de asonada antes de la más sonada del 23-F. No estaba el horno para bollos, ni para precipitar reivindicaciones: cada cosa a su tiempo.
Había, pues, que transigir y en este sentido la transición se asimiló a una transacción. El famoso tango titulado “Cambalache”, podría muy bien representar, avant la lettre, lo que después se llamaría, en el último cuarto del siglo XX, la transición. Esta consistió, en efecto, en una transacción acordada entre los herederos de los dos bandos que se enfrentaron en la guerra civil. En este sentido la transición se ha entendido como un “pacto entre caballeros”, lo que facilitó “el reciclaje a la democracia de las estructuras y élites del franquismo”. Y ello se explica porque “en ese momento, la derecha necesitaba legitimidad y la izquierda poder. Ambas consiguieron lo que buscaban”.
Según el historiador Francisco Espinosa, “los artífices de la transición sacrificaron la verdad y la justicia histórica en beneficio de sus intereses personales. Y lo más paradójico es que ese cierre en falso de la dictadura se ha presentado en numerosas ocasiones como un ejemplo modélico de reconciliación nacional” (F. Espinosa, El fenómeno revisionista en España: una tentativa de interpretación)
Bien, cabe objetar, sin embargo, que acaso fuera lo más sensato hacer lo que se hizo para afianzar la democracia.
Ahora, a más de treinta años de la muerte del dictador, volatilizado tras el 23-F el partido bisagra de la UCD, los herederos de los perdedores de la guerra civil han planteado, por fin, sus reivindicaciones. Una de ellas fue, en el año 2002, a 27 años de la muerte del dictador (20 de noviembre de 1975), la explícita condena de la dictadura (es decir, del franquismo) como antidemocrática y anticonstitucional por antonomasia. Se obtuvo el consenso en aquella memorable ocasión y fue un paso importante para la consolidación de la democracia; pero, desgraciadamente, después de aquella fecha la derecha ha dado marcha atrás en este sentido, con lo que ha vuelto a introducir un elemento de discordia que supone un retroceso en lo que hasta ahí había sido el proceso democrático. La brecha se ha agrandado a partir de la derrota en las urnas, el 14-M de 2004, del partido del PP. A partir de ahí se han ido deteriorando las cosas y la oposición se ha tornado cada vez más beligerante. Se ha casi institucionalizado la llamada “crispación”, atizada desde el frente radiofónico de la COPE.
Aquellas reivindicaciones que se aplazaron en la transición por parte de los perdedores de la guerra civil, en aras de otros asuntos prioritarios (y que se han planteado, por fin, de manera oficial en la llamada Ley de la Memoria Histórica) se ven vetadas por la oposición, que parece haber regresado a la antigua querencia franquista. Los herederos ideológicos de los que ganaron la guerra civil (“por goleada”, según la fanfarronada de un tardofranquista) se sienten molestos porque los familiares de los perdedores anden ahora exhumando fosas comunes y procurando las honras fúnebres que antes nunca tuvieron los “otros caídos”. Se incomodan por estas reivindicaciones y desahogos, que antes no pudieron llevarse a cabo, y hablan de “reabrir heridas” (serán las suyas, supongo, porque las de los otros aún no se habían cerrado)
Habría que recordarle a ese sujeto que dice que los “hunos” ganaron por goleada (recuerdo que Castelao tituló Atila en Galicia sus dibujos sobre la represión franquista en aquellas tierras) que, si ganaron por goleada, también se debió ésta a que practicaron el “juego sucio”. Es fácil ganar por goleada cuando se fusila a los rivales antes de salir al terreno de juego. Que eso fue lo que, en definitiva, hizo el franquismo.
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NOTA: Después de escrito este artículo para su inserción en mi blog “La materia del sueño”, se me ocurrió cruzar en Google los conceptos transición/ transacción. He quedado sorprendido de la cantidad de antecedentes que hay sobre el tema. Particularmente ha llamado mi atención el blog titulado SUPERSTICIONES, que firma Manuel Harazem, de Córdoba (España) La dirección del blog es
manuelharazem.blogspot.com/2007_06_17_archive.html-195k-





(Ver especialmente el artículo Memorias de la "Transacción": La Educación, (17 de junio 2007)

viernes, diciembre 07, 2007

DON JOSÉ GARCÍA




(Evocación)
Se han cumplido ya los cinco años desde la muerte de Don José García Fernández. Con ocasión de su óbito se publicaron algunas necrológicas, entre ellas una firmada por mí, en la sección de Cartas al Director de HOY. Se titulaba “Bien por Don José” y en ella resaltaba, entre otras cosas, la estimación pública de que gozaba el fallecido, manifestada en el hecho, verdaderamente inhabitual, de que a la salida del féretro de la catedral, tras el funeral de corpore insepulto, se le tributara un espontáneo aplauso por parte de quienes asistíamos al sepelio. Esa ovación espontánea era una prueba de la relativa popularidad de la que gozaba Don José, de su bien ganado prestigio como sacerdote ejemplar y, especialmente, como orador sagrado. La oratoria era una de sus dotes más sobresalientes, de la que él mismo conocía los efectos y el alcance. Y de la que, dentro de los límites de su modestia, se sentía razonablemente ufano. Su prédica hacía “tilín”, dejaba huella, a veces indeleble, en el ánimo de sus oyentes. Don José era uno de aquellos oradores dotados de la virtud persuasiva que los antiguos romanos llamaban “el tuétano de la persuasión” (suadae medulla) Estaba convencido de lo que decía y lograba transmitir esa convicción a los demás. Recuerdo sus célebres pláticas impactantes, entre ellas una (y han pasado más de cincuenta años desde entonces) en la que exhortaba a los seminaristas a aceptar, entre los riesgos que entrañaba su elección del sacerdocio, la posibilidad del martirio en aras de la fe. No recuerdo ahora que hiciera mención explícita a los sacerdotes y religiosos asesinados en la guerra civil del 36 (creo que no, porque su tacto espiritual no necesitaba de referentes a la historia reciente) pero sí recuerdo que aquella plática enardeció a muchos. Después de oirle, muchos hubiéramos estado dispuestos a morir gustosamente en defensa de la fe porque (y este era el Leitmotiv con el que remataba su discurso) “en la Iglesia de Cristo, los lirios del Señor se tienen que cubrir de sangre”.
¡La retórica de Don José! Sabía manejarla con acierto infalible, seguro de su impacto en los oyentes. Podía pronunciar un panegírico o una filípica de efectos contundentes. En cierta ocasión en que la disciplina se había relajado un poco, a consecuencia de una gripe que tuvo en jaque a medio Seminario, nos obsequió con una charla en plan rapapolvo que hizo ponerse firme al personal. Aquella vez comenzó su prédica con un saludo que preludiaba una severa amonestación:
─ ¡Señores filósofos y teólogos!
Nos tenía a su merced con aquel instrumento mágico de su labia. Y podía ponernos en trance de confesión. No era el director espiritual oficial, pero hubo una ocasión en que toda una comunidad, de uno en uno, pasó por su cuarto a sincerarse con él.
Solía adoctrinarnos muy persuasivamente acerca de las virtudes exigibles al verdadero seminarista, entre ellas, una especie de inmunidad constitutiva a las solicitaciones de la carne. “Los que tienen un temperamento demasiado…erótico no sirven para el sacerdocio”. Lo de “erótico” había que entenderlo, desde luego, en un muy preciso sentido de inclinación a la lascivia. La precisión se aclaraba con la aportación de un documento vaticano, en latín naturalmente, por el que se aquilataba la verdadera índole de ese erotismo. Era imprescindible que los aspirantes al sacerdocio no fueran libidinosos. Don José leía morosamente la palabra latina, silabeándola: “li-bi-di-no-si”. Al buen entendedor...
Y, sin embargo, no era exacto lo de la incompatibilidad entre erotismo y sacerdocio, por cuanto que toda la Mística era, esencialmente, una exaltación del erotismo. Ya existía el testimonio autorizado de San Buenaventura que, según George Bataille, decía que “en sus amorosos deliquios [los místicos] suelen mancharse con las efusiones del flujo carnal” (in spiritualibus affectionibus carnalis fluxus liquore maculantur) . Es, más o menos, lo que han puesto de manifiesto recientes versiones cinematográficas de la vida de Santa Teresa de Jesús. Los éxtasis iban acompañados de orgasmo.
Don José postulaba una castidad casi congénita en el seminarista. Los hechos se encargaban de desmentirlo, y ya se dio un oscuro suceso por aquellos años que llevó a la expulsión fulminante de varios seminaristas del Menor. Nunca supe muy bien qué hechos concretos motivaron aquella expulsión, pero supongo que se trató de algún caso de pederastia. Don José se refirió a los implicados con un despectivo: “unos cuantos mostrencos”.
Don José, un sacerdote memorable, fue distinguido por el Ayuntamiento de Zafra con el título honorífico de Hijo Predilecto
. Había nacido en Zafra, en 1913.

jueves, noviembre 22, 2007

Adiós a Antonio Chorot, sacerdote

Con motivo del fallecimiento de Antonio Chorot, sacerdote, Canónigo Emérito de la Catedral de Badajoz, publiqué, hace unos días, en estas páginas, una breve evocación en la que recordaba mis tiempos de estudiante en el Seminario de Badajoz, allá por los comienzos de la década de los 50, cuando D. Antonio Chorot, padre, era profesor de Matemáticas en el Centro de la Cañada de Sancha Brava. El sacerdote ahora fallecido, hijo del profesor, estaría por aquellas fechas en los cursos de Teología. El dibujo que acompaña estas líneas quiere evocar los rasgos fisonómicos de aquel Chorot juvenil. Por aquellas fechas dibujé las caricaturas de varios compañeros y profesores. Casi todos los dibujos primeros fueron a parar a los propios retratados. De algunos he tratado después de recuperar la fórmula fisonómica primera, no siempre con fortuna.
Los Chorot, padre e hijo, ya fallecidos, serán siempre recordados por mí con respeto y afecto. Quiero consignarlo aquí y dejar constancia de ello.


He recibido un comentario a mi anterior escrito, que traslado a este de hoy. Mi comunicante me lo envió ayer, pero lo dirigió como comentario a otro escrito distinto. Para redireccionarlo a este sitio me he visto obligado a rehacer el escrito anterior y englobar el comentario anónimo en mi propio comentario. Se trata, según puede colegirse, de un nieto de mi antiguo profesor de Matemáticas. Desde aquí le doy las gracias.

sábado, noviembre 17, 2007

Sobre las Puertas del Sueño

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La fábula sobre las puertas del sueño (Odis. XIX, 562-8) la pone Homero en boca de Penélope, hablando con Ulises, al que ha acogido en su casa en calidad de forastero, sin haberlo reconocido tras el regreso de Troya.
Virgilio recoge esa fábula (En. VI, 893-8) reproduciendo casi literalmente las palabras de Penélope. ¿Por qué trae a colación el poeta romano este concreto pasaje de la Odisea?
Pues, según el antiguo comentarista Servio, la cosa está bien clara: Virgilio quiere dar a entender que todo lo que ha visto Eneas, a partir de su entrada en la cueva del Averno, ha sido solamente un sueño. Tanto el emotivo encuentro con su padre Anquises, como la fugaz visión de Dido, que no contesta a la justificación que Eneas hace de su huida de Cartago: todo ha sido una mera representación onírica.
Este inesperado desenlace, que el poeta de Mantua nos ofrece del episodio de la visita de Eneas al mundo de ultratumba, ha producido cierta perplejidad entre algunos comentaristas de la Eneida. Así el Prof. R. G. Austin en su edición comentada del canto VI, (Oxford Clarendon Press) encuentra sorpresivo ese desenlace, por inesperado, y se extraña de que habiendo entrado Eneas y la Sibila en el inframundo por un determinado lugar supuestamente real (una cueva) salen, sin embargo, de allí de forma un tanto extraña y por un sendero irreal…(The Gates of Sleep come now as a total surprise. Just as Aeneas and the Sibyl entered the underworld mysteriously and imperceptibly, so they leave it by a strange and unsubstantial path)
La interpretación de Servio no parece convencer al profesor Austin. Sin embargo, es la más plausible. El hecho de que todo fuese un sueño no le quita importancia a la visión de Eneas (none the worst for it that it was a dream) Así se entiende mejor que el profesor Austin escriba que “el asunto constituye uno de los enigmas de Virgilio, lo que en nada menoscaba su interés”. Desde luego, para los antiguos, los sueños tenían mayor importancia que para nosotros.
Por lo demás, en la literatura romana, existía algún precedente del encuentro con los antepasados a través del sueño. Cicerón había descrito en “El sueño de Escipión” (libro VI De Re Publica) el encuentro de Escipión Emiliano con su difunto abuelo Escipión el Mayor. En cuanto a la imperceptible transición, sin solución de continuidad, de la narración en clave de realidad a la clave onírica hay, aparte de la Eneida, algunos ejemplos más en la Historia de la Literatura Universal. Así, por ejemplo, se dan ciertas analogías de situación en el descenso de Don Quijote a la cueva de Montesinos y la bajada de Eneas a los infiernos. Las cosas que Don Quijote vio en la famosa cueva fueron también visiones oníricas, por más que él creyese que las vio en plena vigilia. Confiesa, sí, que se quedó dormido allá abajo, pero que, al poco, se despertó y vio todo lo que contó después a los que quedaron arriba. Cuando estos lo sacaron, todavía estaba en pleno sueño, como se puede colegir por el reproche que les hace por haberles interrumpido una visión tan agradable: “Dios os lo perdone, amigos, que me habéis quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado” ( II parte, cap. XXII)
En el famoso clásico de la literatura infantil Alicia en el País de las Maravillas, la protagonista se queda dormida junto a su hermana, que leía un soporífero libro, sin ilustraciones. La transición de la vigilia al sueño es imperceptible: lo real y lo imaginario empalman en un hecho que la niña ve como natural, aunque sea verdaderamente insólito: un conejito blanco que consulta un reloj de bolsillo y corre musitando “¡Se hace tarde!”. Alicia lo sigue y se mete, tras él, en un agujero. Y, tras avanzar unos metros, viene la caída en una sima. Y todo lo que ya conocemos por el fantástico relato de Carroll. Vemos, pues, que existen elementos comunes en estos relatos de base onírica: transición imperceptible del estado de vigilia al del ensueño, localización subterránea, vuelta al estado de vigilia y a la percepción de la realidad.
La puerta marfileña es el único acceso que puede permitir el encuentro entre los vivos y los muertos. Es la puerta del Sueño-Mentira. La puerta córnea es la que se abre a la Muerte. Por ella penetramos cuando morimos y eso ocurre sólo una vez (statutum est hominibus semel mori, Ep. Ad Hebraeos, IX, 27) Luego se torna impracticable. Se supone que es la puerta del Sueño-Verdad. El comercio entre muertos y vivos sólo es posible a través de la ebúrnea puerta. Y si la vida es sueño, cabría esperar que la muerte sea la verdadera vida. Eso es lo que le dice a Escipión Emiliano su abuelo difunto, Escipión Africano el Mayor:
Lo que vosotros llamáis vida es muerte. Los que de veras viven son éstos que de las ataduras del cuerpo, como de una prisión, se han liberado (R.P. VI, 14)
Por eso, cuando el poeta Estacio pide a su padre difunto que venga a verle por la puerta de cuerno, la puerta de la Verdad, le está pidiendo lo imposible. Porque esa puerta, una vez que se atraviesa, ya no vuelve a abrirse más para el difunto. Es el vivo el que tiene que atravesarla, una sola vez, y morir consiste en atravesar su dintel. Sólo la ebúrnea puerta es practicable para los vivos. Aquellos cuya vida es sueño.


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* Dibujo de John Tenniel, primer ilustrador de Alice in Wonderland.

jueves, noviembre 15, 2007

La puerta falsa

Las viviendas de los pueblos solían tener antiguamente una puerta trasera, opuesta a la puerta principal; y esa puerta, por lo general, se abría a zonas menos transitadas, que daban a ejidos y corralizas. Por dicha puerta solían salir los animales de carga y de labor, que vivían en sus cuadras y establos, cerca de los dueños, de los que los separaban sólo unos metros de patio o de corral.
Tradicionalmente se llamaba a esa puerta la “puerta falsa”, aunque fuese tan verdadera como la puerta principal.
He querido recordar este concepto, cada vez más en desuso en las poblaciones rurales y prácticamente desconocido en las ciudades y en las nuevas poblaciones, pues me va a servir para explicar una vieja alegoría (la alegoría consiste en una representación de algo mediante una serie de comparaciones correlativas, por ejemplo, ‘vida’ es a río como ‘muerte’ es a ‘mar’. Así en los conocidos versos de Jorge Manrique: “nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar/ que es el morir”, tenemos un ejemplo típico de esta analogía de proporcionalidad : la vida es con respecto al río lo que el mar es con respecto a la muerte)
La vieja alegoría a la que aquí vamos a referirnos principalmente tiene como autor al poeta griego Homero. En La Odisea (XIX, vv. 562-8) se refiere el poeta a “las puertas del Sueño”, entendido éste en su doble sentido de ‘sueño temporal’ (que sería la vida) y ‘sueño eterno’, que sería la muerte. Dice Homero que “son dos las puertas del Sueño: una de marfil, por la que salen los sueños falsos, o engañosos; y, la otra, de cuerno, por la que salen los sueños verdaderos.
La razón por la que el poeta dice que esas puertas están hechas, cada una, de esos precisos materiales es una razón poética, basada en sendos juegos de palabras. Se trata de una artimaña lingüística que toma como pretexto el hecho de que existe parecido fonético (lo que se llama ‘paronomasia’) entre el vocablo griego que significa “marfil” (‘elefante’) y el vocablo griego que significa “engañar” (‘elephaíromai’) Y, paralelamente, se da también semejanza fonética, o paronimia, entre los vocablos que significan “cierto” y el vocablo que significa “cuerno”. Es como si comparásemos el vocablo griego “keratos” (‘cuerno’) con el vocablo latino “certum” , que nada tienen que ver, en realidad; pero que tienen cierta similitud fonética entre sí (‘keratos’ / ‘kertos’).
La puerta de marfil (‘elephas’) sería la puerta falsa (repárese en que incluso entre el vocablo griego 'elefas' y el español 'falsee' existe coincidencia de letras, bien que en orden distinto. La puerta de cuerno sería la puerta verdadera. La primera nos franquea la entrada falsa al ultramundo (al mundo de los muertos) a través del sueño. La segunda nos franquea la entrada al mundo verdadero de la muerte. La comunicación entre los muertos y los vivos tiene lugar cuando éstos atraviesan la puerta marfileña, o ebúrnea, de los sueños.
Hasta aquí, en sustancia, el contenido de la alegoría homérica.

miércoles, noviembre 07, 2007

Más sobre el tópico de los "mil" y los "cien"

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Cuando recientemente me refería a este tópico literario, dejé bien claro que no me parecía censurable su empleo (consagrado por el uso que de él han hecho muy estimables autores de todos los tiempos) Y aduje el aforismo latino que dice abusus non tollit usus (el abuso no quita el uso) Es decir, por el hecho de que en ocasiones se pueda abusar de su empleo, no hay que suprimir el recurso de manera radical.




No es el uso lo que se pretende corregir, sino el abuso. Y este comienza a notarse cuando el topico literario se emplea con tanta frecuencia que se convierte en muletilla.
Cuando se ve el pastiche, cualquier tópico, sea el que fuere, pierde por completo su efectividad.

El hecho de que poetas de la talla de un Fray Luis de León o un San Juan de la Cruz hayan usado el recurso (a veces, incluso con cierta insistencia) no resta ni un ápice de mérito poético a la obra de estos autores. Claro que, paritariamente, el hecho de que, a imitación de ellos, echemos mano de ese mismo recurso, no significa que podamos equipararnos a ellos en la calidad de la poesía.

Uno de mis poetas favoritos es Rubén Darío. Releyendo estos días sus versos (en la selección que preparó, hace unos años, Pere Gimferrer) he ido comprobando que el consabido tópico del número redondo (cien, mil, etc.) está usado, a lo largo de su obra poética con una frecuencia que podría parecer excesiva. Sin embargo, la calidad de la obra poética rubeniana resulta fuera de toda duda, aunque a lo largo de la misma puedan aislarse ciertos tranquillos que, dada la excelencia general de su obra, no se hacen visibles en el conjunto. Uno de esos tranquillos es esa sinécdoque del número redondo a la que recientemente nos hemos referido en este blog (Ver ¿Todo a mil, o todo a cien? 27-10-2007)

Daré a continuación un ramillete de ejemplos espigados a lo largo de su obra poética, desde Azul… hasta el Poema del otoño y algunas de las composiciones posteriores recogidas bajo el apartado de Poesía dispersa.

Desde el primer libro en el que se percibe ya su voz inconfundible, (Azul...) nuestro poeta emplea la síntesis poética del número redondo (“gloria y consagración de lo redondo”, dijo, si mal no recuerdo, Miguel Hernández) Comenzaré transcribiendo unos versos del poema “Invernal”, de Azul…

Dentro, la ronda de mis mil delirios,
las canciones de notas cristalinas,
unas manos que toquen mis cabellos,
un aliento que roce mis mejillas,
un perfume de amor, mil conmociones,
mil ardientes caricias

__
¡Oh bello amor de mil genuflexiones:
(“Divagaciones”, PP)
­__

La cena esperaba. Quitadas las vendas
iban mil amores de flechas tremendas
en aquella noche de Carnestolendas
.
(“El faisán”, PP)
__
Llegaban los ecos de vagos cantares
y se despedían de sus azahares
miles de purezas en los bulevares.
(ibid.)
__
Y la luna empezaba en su rueca de oro
a hilar los mil hilos de su manto sedeño
.
(“Marina”, PP)
__
Hay mil cachorros sueltos del León Español.
(“A Roosevelt”, VIII de CVE)
­­ __
Mientras en las revueltas extensiones
Venus y el Sol hacen nacer mil rosas
.
(“Marina”, OP de CVE, XX)
__
la Poesía
es la camisa férrea de mil puntas cruentas
que llevo sobre el alma

“Melancolía”, de OP en CVE, XXV)
__
al clamor de las robustas
cien bocinas del pampero, yo saludo a las ciudades
de la mar,
con sus costas erizadas de navíos,
con sus ríos
donde mil urnas colmadas su riqueza han de volcar

(“Desde la Pampa”, CE)
__
Primero, revestidos de cien plumajes varios,

sobre las mil cabezas de la turba apiñada;

más de un millón de flechas oscurecía el sol.
(“Tutecotzimí”, CE)
__
Bajaban mil deleites de los senos
hacia la perla hundida del ombligo

(“La bailarina de los pies desnudos”, CE)
__
Fuera pastor de mil leones
y de corderos a la vez
.
(“Antonio Machado”, CE)
__
Pasan furias haciendo gestos,
pasan mil rostros descompuestos
;
(“Santa Elena de Montenegro” PO)
__
Sus mil visiones de fornicaciones
(“La Cartuja”, en CA y OP)
__
Aprendió mil gracias y hacia mil juegos...
...y con mil querellas dieron testimonio
de lo que sufrían
...
(“Los motivos del lobo”)
__
El tesoro divino da
allí mil hechizos y mil
sueños
...
(“Balada de la bella niña del Brasil”)
__
...cien cosas ha hecho, mil cosas ha escrito...
(“Simón el Bobito”, en PD)
__

pues mil nobles lenguas diciendo van
que han sido ganadas en noble lid
...
(“Balada laudatoria a Don Ramón María del Valle-Inclán”, en PD)

En fin, la enumeración aunque bastante completa, no es exhaustiva. A propósito, hemos suprimidos algunos ejemplos del Canto a la Argentina y, desde luego, de toda la producción poética anterior a Azul...

¿Abuso? Desde luego, no. El tópico pasa desapercibido las más veces, diluido y como arropado en la gran riqueza verbal y en la calidad poética (emoción, colorido, armonía, ritmo... todo ese caudal de belleza que atesora la obra lírica del gran poeta de Nicaragua, al que Ortega** llamara “el indio divino domesticador de palabras”.


___


* Rubén Darío, retrato por Daniel Vázquez Díaz.


** Por supuesto Ortega y Gasset, no el actual presidente de Nicaragua.

martes, octubre 30, 2007

Catedrales con denominación de origen

Una vieja cuarteta latina del Medievo caracteriza con sendos adjetivos (uno por cada verso) a cuatro catedrales españolas: la de Oviedo, la de Toledo, la de León y la de Salamanca. La cuarteta dice:
Sancta Ovetensis,
Dives Toletina,
Pulchra Legionensis,
Fortis Salmantina
.




(Santa la de Oviedo,
Rica, la de Toledo,
Bella, la de León,
Fuerte, la de Salamanca)


Se pasaba por alto, en esta estrofa, a importantísimas catedrales del país. Así la de Santiago de Compostela, joya del Románico; y la de Burgos, o la de Sevilla, joyas del Gótico. Por eso, en sucesivas ampliaciones, aquella cuarteta se modificó, añadiendo sendas referencias a las catedrales de Burgos (nobilis Burgensis) y la de Sevilla (magna Hispalensis) Posteriormente, debido a reivindicaciones de tipo localista, se pretendió añadir algún nombre más a esa primitiva redacción y así, en algunas variantes, se incluye la catedral de Sigüenza, por ejemplo (fortis Seguntina) Con lo cual se repetiría el adjetivo, al emplearlo también para Salamanca. En, efecto, una nota característica de estas dos catedrales es que tienen cierto aspecto de fortalezas o baluartes. En la de Salamanca (la catedral vieja) las ventanas de los ábsides parecen troneras.



Los restantes adjetivos tratan de caracterizar a cada uno de esos monumentos por algún rasgo diferencial. Así, la catedral de Sevilla es ‘grande’ o ‘espaciosa’ (magna). Alguno de esos adjetivos pudiera, sin embargo, aplicarse a más de una de esas catedrales. Por ejemplo, el de “pulchra”(hermosa,bella) convendría a todas, aunque, quizás, en mayor o menor grado. El de “rica” se aplica a la de Toledo, y es verdad que su Sala del Tesoro contiene piezas artísticas de valor incalculable, como la custodia de Arfe, hecha de oro y pedrería. En cuanto a la de Oviedo, su principal peculiaridad consiste en que guarda gran abundancia de reliquias de santos. Que sean, o no, auténticas, estaría por ver, como enseguida explicaremos.
Desde luego, los adjetivos que se aplican a cada uno de esos monumentos no indican que sean exclusivos y que no puedan aplicarse a los otros, sino que la cualidad por ellos expresada destaca de manera especial en cada uno de los casos. Así, por ejemplo, siendo bellas las otras catedrales, la de León lo es de una manera extraordinaria. Siendo todas ricas, la de Toledo destaca de modo especial.
La cualidad que se aplica a la catedral de Oviedo llama la atención: “santa”. ¿Es que las demás no lo son? Sí, pero…no tanto. Ninguna de las otras atesora tantas reliquias de santos como la de Oviedo.
Parece, sin embargo, que en este caso se ha cargado la mano y que la mayor parte de esas reliquias son pura fábula. Rubén Darío, que visitó la catedral ovetense a finales del siglo XIX o a comienzos del XX, contaba lo que oyó de labios de un monaguillo amaestrado al efecto, aunque bajo la supervisión de dos de los señores canónigos del Cabildo. Cuenta el poeta de Nicaragua que, entre otras presuntas reliquias, le mostraron:

“parte de la sábana santa en la cual envolvió José de Arimatea el cuerpo de Cristo”.
Y comenta el poeta: “un trozo de tela blanca que me pareció demasiado blanca para tantos siglos”.
…"ocho espinas de la Corona Sagrada, de la corona cruel que los judíos pusieron en la cabeza de nuestro Redentor”…
…"un pedazo de la caña que los judíos pusieron a Cristo por burla”…”un pedazo de la túnica inconsútil”…otro “de los pañales en que estuvo envuelto en el pesebre”…”uno de los treinta dineros “…”un pedazo de pez asado y del panal de miel que Jesús comió con los apóstoles (cosas que no me mostraron)…”tierra sobre la que puso los pies Jesucristo cuando subió a los cielos”…”cabellos de María Magdalena” , amén de una larga lista de supuestas pertenencias de santos, o en relación con ellos. Por ejemplo, “una navaja de la rueda en que fue martirizada Santa Catalina”. Y el poeta, ahito de tanta tomadura de pelo, concluye su artículo así:
─ Tomad dos pesetas… ¡Creo en Dios. Creo en Dios! ¡Pero, idos al diablo!. *
Y es que, a juzgar por el número y la calidad de las reliquias que le mostraron en su día al poeta, la catedral de Oviedo, más que santa, se diría que es fabulosa. **

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* Rubén Darío, O.C. t. I (Edit. Afrodisio Aguado, Madrid, 1950) p. 421





** Fotografías de arriba abajo: catedrales de Oviedo, Toledo, Salamanca y León.

sábado, octubre 27, 2007

¿Todo a mil, o todo a cien?

(Esbozo de seguimiento de un tópico literario)



Entre los recursos literarios que emplea el arte de la poesía, aparte de la metáfora, que es seguramente el más importante, hay dos que guardan entre sí bastante parecido y que los teóricos de la literatura tienden a identificar cada vez más. Esos recursos, también llamados tropos, se conocen con los nombres de sinécdoque y metonimia. Y así como la metáfora se basa en la ley de semejanza, la metonimia y la sinécdoque se basan en la ley de contigüidad. Ambas leyes, junto con la que llaman ley de contraste, constituyen las tres leyes de la asociación de ideas, ya estudiadas por Aristóteles. Las tres se podrían reducir a una sola ley que sería la ley de síntesis.
Mediante la ley de contigüidad, asociamos las cosas que están próximas o en contacto, en inmediatez, sea espacial o temporal. Al asociarlas, se suele tomar la una por la otra, por ejemplo: “se bebió una botella de vino” (el continente por el contenido). Y a tenor de esto se puede tomar: el efecto por la causa, el autor por la obra, el singular por el plural, lo abstracto por lo concreto... Y, por lo que respecta al tema objeto de nuestro estudio, la cantidad indefinida, que normalmente se expresa por los adjetivos indefinidos (mucho, poco, bastante, demasiado) tiende a sustituirse por adjetivos numerales (cardinales) que expresan cantidades concretas. Particularmente, los adjetivos “cien” y “mil”. Números redondos, como se ve, con los que queremos dar a entender que se trata de “muchos”. Curiosamente, sin embargo, esas cifras que constituyeron un reclamo comercial en los años que precedieron inmediatamente a la implantación del euro, fueron el referente de lo barato y económico. Por tanto representaron cantidades módicas.
A lo que voy: los autores españoles, especialmente a partir del Siglo de Oro, emplearon con cierta profusión los adjetivos “cien” y “mil” como sinónimos de “muchos”. Entre los autores del Renacimiento que hacen uso del tópico tenemos, por ejemplo, a Garcilaso, a San Juan de la Cruz, a Fray Luis de León. Del primero hemos espigado los siguientes ejemplos:
Mil veces ella preguntó qué había
(Égloga segunda)
...atravesado y roto de mil hierros...
(id. ibíd.)
Trátame de manera que a mil habría muerto
(Soneto 39)

De San Juan de la Cruz ahí van tres típicas muestras del tópico correctamente empleado:
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura

(Cántico espiritual)
Y todos cuantos vagan
me van de ti mil gracias refiriendo

(ibid.)
Por una extraña manera
mil vuelos pasé de un vuelo

("Tras un amoroso lance")
Pero dejemos al serafín de Ontiveros para escuchar a Fray Luis de León, el ínclito agustino, egregia figura de la llamada “escuela castellana”. El plácido fraile que escribe la “Oda a la vida retirada”, cuando describe la amenidad del huerto que él mismo ha plantado, dice:
El aire el huerto orea
y ofrece mil olores al sentido.




En la Oda a Felipe Ruiz (XII) vuelve sobre la muletilla:

Quien de dos claros ojos
y de un cabello de oro se enamora,
compra con mil enojos...


En la oda VI (“Elisa, ya el preciado...) instando a su pupila al arrepentimiento, cual otra María Magdalena, la invita a confiarse a ese médico del alma que es Cristo:

...un médico perfeto
de cuanto saber tiene
dé muestra que por siglos mil resuene.


La oda “A la vida religiosa” comienza así

Mil varios pensamientos
mi alma en un instante revolvía.


En la oda VIII (“A la noche serena”) leemos

...de bienes mil cercado...

...repuestos valles de mil bienes llenos...

En fin, en Fray Luis, el tópico resulta un pelín abusivo. Hay muchos ejemplos más que aquí no se consignan, en gracia a la brevedad. Dice el adagio latino que abusus non tollit usus (el abuso no quita el uso). Lo malo es usar el tópico a cada dos por tres, a troche y moche. Y, ciertamente, muchos autores, probablemente anteriores (y desde luego, posteriores) a los citados, han hecho uso de este tranquillo literario. Un solo ejemplo más, de un autor del siglo XIX, Ramón de Campoamor, en su famoso poema “El tren expreso”:
Mil veces intenté quedar dormido,
mas fue inútil empeño
.

Pero dejemos el tópico de los “mil” para fijarnos en el otro número redondo, esta vez “cien”. Su empleo es análogo al anterior: se usa como sinónimo de “muchos”. Comenzaremos con un ejemplo de nuestro Gabriel y Galán:
Cien veces te ije
que no se lo dieras

(“El varón”)



Otro ejemplo de otro paisano nuestro, el almendralejense Espronceda:



...y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.

(“Canción del pirata”)

Otro ejemplo más, ahora del asturiano Campoamor:



Llevo vencidos cien reyes.
–¡Buen bandido de coronas!
(“Las dos grandezas”)



Y vamos a traer a colación dos ejemplos más, encontrados en un mismo poema del gran nicaragüense, Rubén Darío. Se trata del poema, “Retratos”, de los Cantos de Vida y Esperanza:






Cien veces hizo cosas tan sonoras y grandes...
_



...rojos labios malignos,
florecidos de anécdotas en cien decamerones
.




Todavía en esta tesitura de los números redondos nos encontramos otra modalidad del tópico, el que engloba los dos tópicos anteriores, "cien" y "mil" en un múltiplo común: cien mil. Así Góngora llamó al Mediterráneo:



Teatro donde se han hecho



cien mil navales tragedias.



("Amarrado al duro banco", Romances)



Y Cervantes incluye en El Quijote una composición en verso, escrita, según él, por el mayordomo del Duque, en la que un criado, disfrazado de Merlín, anuncia la solución que éste ha encontrado para desencantar a Dulcinea:



después de haber revuelto en cien mil libros



desta mi ciencia endemoniada y torpe.



Y esa solución es que el pobre Sancho tendrá que darse "en ambas sus valientes posaderas



tres mil azotes y trescientos



Y, para seguir con el tópico y la broma, yo quiero darles, desde aquí, a todos los posibles lectores, un millón de gracias, por su atención.



Por último, y para terminar, advertir que el tópico estudiado aquí a propósito de la literatura española ni es privativo de nuestro Siglo de Oro, ni es exclusivamente español. Ya el latino Catulo en sus Carmina (poema V), emplea las redondas cifras de mil y cien, a propósito de los besos que quiere recibir de su amada Lesbia: "dame mil besos, dame luego cien; después otros mil y otros cien más"... (vv. 7-9)


Se trata, por tanto, de un tópico de la literatura de todos los tiempos.

domingo, octubre 21, 2007

Sobre los tópicos convencionales de la izquierda y la derecha

Uno de los tópicos convencionales de la cultura judeo-cristiana es el que versa sobre la izquierda y la derecha como lugares de ubicación, respectivamente, de los malos y los buenos. Su procedencia es de origen bíblico, tanto vetero-testamentario como neo-testamentario.
Desde tiempo inmemorial se nos ha venido inculcando que la derecha es el sitio que corresponde a los buenos y la izquierda a los malos, cuando unos y otros comparezcan ante el Juez Supremo en el día del Juicio Final. Se trata del ajuste de cuentas que al final de los tiempos espera a la Humanidad por parte de la justicia divina. En el evangelio de San Mateo (25. 31 y ss.) se describe sucintamente la mise en scène de la formidable postrimería. A ese tremendo acontecimiento, en el que se decidirá la suerte de los buenos y de los malos, aluden también los tercetillos monorrimos del escritor medieval Tomás de Celano, el autor del impresionante Dies irae, que se cantaba antiguamente en las misas de Requiem (Mozart compuso su memorable pieza sinfónica para musicar estos versos)
Como se lee en el pasaje de San Mateo al que acabamos de referirnos, los malos serán colocados a la izquierda y equiparados a los “cabritos”. Y los buenos, equiparados a las ovejas, serán colocados a la derecha. Por eso el autor medieval aludido pide al Supremo Juez que, por encima de los propios merecimientos, le otorgue un trato de favor:
Inter oves locum praesta
et ab haedis me sequestra,
statuens in parte dextra
.
(Hazme sitio entre las ovejas
y sepárame de los cabritos,
colocándome en la parte derecha)
En el Viejo Testamento, encontramos también la confirmación de que la derecha es el sitio preferencial dado a los favorecidos del Señor. En los Salmos leemos aquello de:
Dixit Dominus domino meo: sede a dextris meis.Donec ponam inimicos tuos scabellum pedum tuorum (Ps. 109)
(Dijo el Señor a mi señor: Siéntate a mi derecha. Mientras que pongo a tus enemigos como escabel donde reposen tus pies)
De modo que, según una tradición de muy hondo arraigo en la cultura de la Iglesia, la derecha es (con respecto a Dios) el sitio reservado a los elegidos.
No sabemos en qué medida estos prejuicios culturales influyeron en la política que inspiró el franquismo y en la compenetración que se dio entre la Iglesia oficial y el Estado totalitario en la etapa de la Dictadura. De lo que sí estamos seguros es que esa identificación de la jerarquía eclesiástica con el Régimen ha sido, a la larga, perjudicial para la Iglesia. No ha favorecido la captación de prosélitos sino, al contrario, ha contribuido a alejarlos, como ella misma se ha alejado de las enseñanzas y los preceptos del Evangelio, especialmente los más urgentes, como son el amor y el perdón.
En la actualidad, cuando desde la llamada “emisora de los obispos” se predica acerbamente contra la Ley de la Memoria Histórica, argumentando que sólo pretende “reabrir heridas”, la Iglesia española se ocupa activamente en promover ante el Vaticano el proceso de beatificación de 498 mártires religiosos de la Guerra Civil. Ni la más leve mención de las víctimas, no ya civiles, sino incluso religiosas que cayeron por obra de la represión franquista. Tal el caso del sacerdote balear Jeroni Alomar, que ayudó a ponerse a salvo a gente de la izquierda y que fue condenado en Consejo de Guerra bajo el cargo de “ayuda a la rebelión” (El País, 17 de octubre de 2007, sección de Cartas al Director)

(Ilustración: El Juicio Final, por Miguel Ángel)

sábado, octubre 20, 2007

Bien por el Foro Zafrense

La línea de actuación del Foro Zafrense nos hace concebir las más halagüeñas esperanzas. Y nos reafirma en la convicción de que el nombramiento de Personaje del Año, que el Centro de Iniciativas Turísticas ha hecho recaer, en su más reciente edición, en la persona de Don Juan Carlos Fernández, director de la citada asociación cultural, ha sido acertada, aun a riesgo de parecer un poco prematura. Confiamos en que el premio servirá de estímulo y aliciente a nuestro personaje para animarle a proseguir el camino emprendido, que no es otro que el de la política de mano tendida y acercamiento entre los dos partidos que, mayoritariamente, protagonizan la vida política española, como son el PP y el PSOE. Los que, a la postre, vienen a encarnar en el presente esas posturas antagónicas que configuran el mito de las dos Españas.
Juan Carlos Fernández, con una amplitud de miras que no dudamos en calificar de admirable y que, barruntamos, pudiera incluso suscitar algún que otro recelo entre sus propios partidarios (¿quién será este ‘pájaro’ a quien los mismos rivales políticos alaban?) ha retomado, resueltamente, el talante político de la Transición, que marca un hito verdaderamente memorable de la vida política española: el del paso sin traumas de la política del palo y tentetieso a la política de la participación ciudadana, inspirada no en la zancadilla, sino en el propósito de arrimar el hombro, tratando de aproximarse siempre a ese punto de convergencia que culmina en el consenso. “Convergencia y unión”, diríamos, parafraseando el lema que inspira la conocida agrupación política catalana.
El más reciente acierto del Foro Zafrense ha sido traer a su tribuna a una de las viejas glorias de la Transición, al (entre otros cargos) ex – ministro del Interior con UCD, Don Rodolfo Martín Villa. Se ve que el hombre anda un poco machacado y mermado de voz , pero no de facultades mentales, pues hizo una exposición lúcida y coherente de la Transición. Hubo unos momentos emotivos en su discurso en los que flaqueó su voz especialmente, al pedir unidad a los españoles y al apelar a todos para que desterremos por siempre los enfrentamientos que derivaron en la guerra civil. Fue el emocionado “nunca más”, con que el viejo político conjuraba los demonios familiares, en una apelación al público asistente, que lo arropó con un prolongado y cálido aplauso.
El espíritu conciliador del Foro Zafrense nos abre a un panorama de esperanza, frente al talante de crispación que se percibe en otros medios de la política española. Los momentos culminantes de la política de nuestro país, esos en los que la concordia alcanza sus mayores cotas (los que de manera ejemplar y paradigmática podríamos representar en la modélica Transición o, también, en el llamado Espíritu de Ermua) son los que debemos proponernos los españoles de “pro” para desterrar, de una vez para siempre, los conocidos “demonios familiares”.
En el ámbito ciudadano de nuestra Zafra, hemos vivido emotivamente en alguna ocasión esos raros y venturosos momentos de concordia. ¿Recuerdan ustedes la inauguración del monumento al alcalde socialista José González Barrero, con la asistencia de la corporación municipal, presidida en aquella ocasión por el PP?
Esa es la política de generosidad recíproca que necesitamos los humanos en general, lo mismo en Zafra que en la Cochinchina. Y dejar de una [puñetera] vez de incordiarnos recíprocamente, desde esos baluartes de la opinión pública desde los que solemos tirotearnos.
Ahora mismo tenemos como más reciente motivo de discordia la pregonada y controvertida Ley de la Memoria Histórica. Seguramente debió ser consultada la oposición y pactar la manera en la que la izquierda vejada, dolorida y machacada por la dictadura, pudiera recuperarse de su largo ostracismo.
Quizás en “nuestro” (me sumo gustosamente a este colectivo) inteligente Foro Zafrense podríamos debatir tranquila y calmosamente la cuestión. Porque es el caso que los derrotados de la Guerra Civil necesitan como el pan de la boca, una catarsis histórica. Para explicarlo en términos más sencillos, diré que esa catarsis consistiría en echar afuera, no ya la amargura de la derrota, sino eso que José Mª Lama ha llamado, atinadísimamente, “la amargura de la memoria”. Y probablemente se necesita, al efecto, de la generosidad y la comprensión del rival político para echar del espíritu esta dolencia. Lo que llamaba Cicerón “evómere virus acerbitatis”. Eso, la catarsis.

viernes, octubre 19, 2007

La Memoria Histórica según Alberto

Si la memoria mía personal no me falla, Alberto era el nombre de un caricaturista que colaboraba en el diario HOY, hacia la segunda mitad del siglo pasado. Más recientemente otro Alberto, el cronista oficial de Badajoz, nos trazaba hace unos días en las páginas de este periódico, a grandes rasgos también algo caricaturescos, su visión personal de la memoria histórica. Tras establecer una distinción de entrada entre memoria histórica, a secas, (que vendría a coincidir con lo que él entiende por memoria histórica buena) y “memoria histórica mala” (la que se pretende elevar, próximamente, nada menos que a rango de ley) el cronista oficial de Badajoz establece la siguiente analogía de proporcionalidad: la memoria histórica buena es al colesterol bueno como la memoria histórica mala (es decir la Memoria Histórica que ahora se pretende institucionalizar) es al colesterol malo.
Dice Don Alberto que ambas memorias, la buena y la mala, “han existido siempre en todas las sociedades, “aunque la segunda solo (sic) en la España de nuestros días ha sido oficializada con promoción institucional y dinero público, pese a que sus objetivos no tienden a la concordia ciudadana ni al interés general, sino a intereses partidistas”.
Si dar satisfacción y reparación moral a una parte considerable de la ciudadanía, a saber, aquella que nunca anteriormente había sido desagraviada con este tipo de reparación, no es, a criterio de Don Alberto, algo que atañe al interés general y que puede contribuir, en definitiva, a lograr la deseada concordia, resulta que es él quien está aplicando la memoria mala,"la memoria que separa".
¿Qué es eso de que la memoria histórica mala ha sido oficializada sólo en la España de nuestros días, con promoción institucional y dinero público? ¿Tan flaca es su memoria personal que olvida que Franco institucionalizó su dictadura y toda la parafernalia de las conmemoraciones, monumentos, memoriales y nombres del callejero con el dinero público?
Los homenajes a los “Caídos por Dios y por España”, las honras fúnebres solemnes, las exhumaciones y traslados de restos fueron práctica habitual de la propaganda del régimen. ¿Qué le hace a Don Alberto suponer que los que ahora tratamos de encontrar los restos de nuestros familiares asesinados tenemos la abyecta intención de “atizar con ellos a la gente en la cabeza, como si fueran garrotes”? Tenemos el suficiente respeto y cariño hacia esos huesos queridos como para envilecerlos de esa forma.
En fin, se ve que la proyectada Ley de la Memoria Histórica, aunque pensada por el legislador con la mejor intención de reparar siquiera los daños morales infligidos a los perdedores de la Guerra Civil, no es del agrado del cronista oficial de Badajoz.
Mire, Don Alberto: ese retrato que usted pinta de la “memoria que separa” podía usted aplicarlo a la larga etapa de la dictadura franquista, la que honró durante 40 años exclusivamente a sus “caídos”, la que se adjudicó a sí misma y a los de su bando la patria y sus símbolos, la que convirtió, en fin, la “cosa pública” en “cosa nostra”. Si una parte de la sociedad española no vibra “ante los momentos gloriosos y los símbolos comunes” es porque se sintió excluida de esos símbolos que se apropió el vencedor. Y no me hable usted de esos lugares remotos de la geografía profunda que caen, más o menos, hacia Puerto Hurraco. No hable de afrentas centenarias: los hechos no son tan lejanos como usted pretende. Son de treinta años menos de los que usted dice.
Lo del símil deportivo le ha quedado fatal, aunque pueda halagar a quienes asuman la ideología de los vencedores el que se les diga ahora, 70 años después, que en la guerra civil su partido “ganó por goleada”. Jactancia superlativa.
Y ¿qué es eso de que los perjudicados no hemos sabido “asumir la derrota”? ¿Pero es que hubo juego limpio en ese encuentro deportivo al que usted asemeja la guerra civil? En nuestra Extremadura apenas hubo frente de guerra. La mayoría de las víctimas cayeron en la retaguardia, inermes. Aunque estos asesinatos se pretendieron justificar en las actas de los juzgados como hechos de guerra.
Por último Don Alberto: lo que persigue la Ley de la Memoria Histórica es que se restablezca la verdad, siquiera como reparación moral del daño recibido por unos patriotas que quisieron mejorar las condiciones de vida de los trabajadores. Que se llame a las cosas por su verdadero nombre: que lo del Alzamiento ni fue glorioso ni fue Cruzada. Que fue, lisa y llanamente, un golpe de Estado perpetrado por unos generales que se levantaron en armas contra su pueblo y, por tanto, unos parricidas.
Esa reparación moral necesaria, aunque aplazada treinta años después de la muerte del dictador, es lo que pretende la Ley de la Memoria Histórica que a usted tanto le molesta.
__________  
NOTA:  El artículo del cronista oficial de Badajoz que provocó esta réplica puede hallarse mediante el enlace siguiente:
http://www.hoy.es/20071015/opinion/memoria-separa-20071015.html  Todavía no ha sido refutado con la dialéctica contundente que la postransición debería aplicar a este tipo de escritos.

jueves, octubre 18, 2007

La verdad de la Memoria Histórica

Un reciente artículo de Alberto González Rodríguez en el diario HOY (15-10-2007) titulado “La memoria que separa”, plantea de forma indirecta una cuestión de índole filosófica a propósito del concepto de memoria histórica. He aquí los términos en que el autor expone la cuestión: “¿Pero qué se entiende por memoria histórica buena o memoria histórica mala? Mas la cuestión no es qué se entiende sino qué es cada una de ellas según su naturaleza”. Seguidamente pasa a definir lo que él entiende por una y otra cosa. Con lo cual no hemos progresado ni un ápice en el propósito de trascender la índole, tercamente subjetiva, de la verdad. Estamos en donde estábamos, tras nuestro frustrado intento de eludir lo subjetivo. Hemos efectuado eso que los franceses llaman un piétinement sur place, es decir, eso que hacen las ruedas del coche cuando se atascan en el barrizal: ruedan pero no avanzan.
De modo que el “qué se entiende” estaba bien planteado, sólo que quizás se pudo precisar un poco más añadiendo: “rectamente”. Tratando de huir de la subjetividad impersonal del “se entiende”, el Sr. González incurre en la subjetividad personal de darnos su propia versión de qué cosa es memoria histórica buena (o, también, ortodoxa) y qué es lo que debe entenderse, a su juicio, por memoria histórica mala (heterodoxa, por supuesto) Huyendo del “qué se entiende por” viene a dar en el “qué entiendo yo por”.
Ahora bien, el “se entiende”, en su generalización impersonal y cuasi tópica, tiene mucha menos carga de subjetividad que el “entiendo yo”. Ese “se entiende” da a entender que se trata de un criterio compartido, o sea, que sobre la presunta opinión existe una especie de consenso. Y esto, sin que pueda tomarse como criterio infalible de verdad, se convierte, siquiera provisionalmente, en aval de credibilidad. La verdad debe ser contrastable y, por así decirlo, localizable. Desde luego, es tópica. Pese a la mala prensa que suele tener lo que es tópico. Claro que hay un tipo de verdad que es a-típica, amén de ser a-tópica, y aun anti-tópica. Es la paradoja. El paradójico por sistema vive a contrapelo. Decía Oscar Wilde: “Cuando todo el mundo está de acuerdo conmigo siempre pienso que me he equivocado”.
Tenemos que acogernos al consenso en lo que a la Memoria Histórica se refiere. Y ahí está la madre del cordero: mientras no logremos ponernos de acuerdo en la terminología que debemos adoptar para suturar esa tremenda fractura que supuso la Guerra Civil, no podemos asimilar lo que entendemos por Memoria Histórica. Mientras unos sigan llamando “Cruzada” a lo mismo que otros llaman “golpe de Estado”, por poner un solo ejemplo representativo, la Memoria Histórica no será aceptada por la parte de los vencedores. Y mientras estos y sus descendientes no acepten la puesta en común que supuso, por poner otro ejemplo, la condena del franquismo (aceptada en el Parlamento español y vetada en el Parlamento europeo por el representante del PP) no se podrá facilitar esa “catarsis” que los vencidos y sus descendientes reclaman como condición sine qua non para poder reintegrarse en el cuerpo de la patria, del que un día fueron despiadadamente amputados.
La denominada Transición aplazó, que no canceló, este tipo de reclamaciones por parte de los perdedores.
Precisamente porque la herida aún está abierta (latet sub pectore vulnus) y necesitamos cerrarla, pedimos comprensión a aquellos que, sin ser responsables directos de las masacres y la expropiación de la patria común, son en cierta medida los herederos de aquella generación. Habrá que admitir errores de una y de otra parte. Y habrá que reconocer que el pueblo español fue la víctima de aquel alzamiento militar que nunca fue “glorioso”, entre otras razones porque se fraguó de una conspiración militar contra el propio país, de esa alta traición contra la patria, delito que los romanos llamaban perduellio.
Y encima, los verdaderos rebeldes endosaron a sus víctimas el delito de rebeldía, imputable únicamente a ellos.
______
* (Caricatura y retrato de Oscar Wilde)


lunes, octubre 01, 2007

Equinoccios, solsticios y otras quisicosas

A Mercedes, mi mujer.




Una persona de mi entorno, siempre comprensiva y solícita por mi bienestar, me advierte, a propósito de mi colaboración en la Revista de la Feria de Zafra, que utilizo en mi artículo palabras raras que la gente no entiende. Por ejemplo, esas que van dichas en el epígrafe (¡qué rayos querrá decir ‘epígrafe!’, diría yo parodiando a Millás)
Así que me dispongo a volver, por unos momentos, a mi antigua condición de enseñante para brindar, a quien tuviere la paciencia de leerme, una lección ocasional acerca de esas raras palabras.
Ante todo, necesito proveerme del material adecuado para explicar mi lección. Normalmente, siempre me he arreglado utilizando el material clásico: una pizarra y una tiza. Figuraos que ya tengo a mano el susodicho material.
Tomo la tiza y escribo en la pizarra estas cuatro palabras:
INVIERNO PRIMAVERA VERANO OTOÑO
(Para estimular la participación del niño se le puede animar con preguntas como las siguientes: ¿Tienen algo en común las palabras que ves en la pizarra? ¿Sabrías decir en cuál de esas épocas del año estamos actualmente?)
Seguidamente dibujaré una balanza y sobre el platillo de la izquierda dibujaré la luna (menguante, porque se identifica más fácilmente) y sobre el de la derecha dibujaré el sol con sus rayos. Así:
Se explica brevemente el significado de la representación: Aquí vemos representados la noche (N) y el día (D), simbolizados, respectivamente, en la luna y el sol.
Nueva pregunta para estimular la participación del alumno/a:
¿Sabe alguien en cuál de las cuatro estaciones del año los días son muy largos y las noches muy cortas?
Enseguida habrá algún listillo que conteste: en verano las horas del día son más que las de la noche.
Le felicitamos (pues la alabanza es uno de los mejores alicientes en pedagogía) y volvemos a recurrir al dibujo para representar esta situación así:
En verano los días son más largos que las noches.

Pero en invierno ocurre todo lo contrario: las noches son más largas que los días. Lo que podemos representar en el esquema siguiente:




Finalmente, cabe una tercera posibilidad en la situación de los platillos de la balanza y es que estos estén en el fiel. Esto ocurre cuando las horas del día son iguales a las horas de la noche (véase FIG. 1)
A esta posición de equilibrio es lo que llamamos equinoccio (aequi-noctium), cuando se igualan las horas del día en número a las de la noche (12 horas de luz y 12 de oscuridad). Esta situación ocurre dos veces al año: una en primavera (entre marzo y abril) y otra en otoño (entre septiembre y octubre). Son los llamados equinoccio de primavera y equinoccio de otoño.
Solsticio (parada del sol) se puede tomar aquí por ‘puesta de sol’. En Zafra, el referente de la puesta del sol es el Castellar. El poeta holandés Enrique Cock llama a este macizo rocoso, con una bonita metáfora, “la alcoba del sol” (cubilia solis). Pero el astro rey se retira a esa alcoba por puertas distintas. En verano se retira por la puerta del Norte, que cae a la derecha del Castellar. Lo vamos a llamar Pórtico del Cáncer (es en realidad Trópico del Cáncer, pero, miren qué casualidad, ‘pórtico’ tiene exactamente las mismas letras que ‘trópico’). En invierno, en cambio, se retira a dormir por la puerta del Sur. Es el Pórtico (digo el Trópico) del Capricornio. El sol es muy cuco y en verano busca lo fresquito, el Norte. Pero en invierno busca lo cálido: el Sur. Y por eso se pone a la izquierda del Castellar. Porque, al comenzar el invierno, el sol entra en la constelación del Capricornio; en cambio, al comienzo del verano el sol entra en la constelación de Cáncer.
Pero en el tiempo de los equinoccios el sol se pone hacia el centro del Castellar. Las horas del día son iguales en número a las de la noche. El sol entra en el equinoccio de primavera en marzo, cuando pasa por la constelación de Aries. Y vuelve a entrar en el equinoccio al pasar, en el otoño, por la constelación de Libra.
En los solsticios hay un punto de inflexión en los que el sol invierte su curso de Sur a Norte (Trópico del Cáncer) y reemprende su retirada hacia sus cuarteles de invierno. Y lo mismo ocurre cuando detiene su marcha hacia el Sur: aquí el punto de inflexión lo marca el Trópico del Capricornio. Al alcanzar ese punto, vuelve de nuevo a iniciar su retroceso hacia el Norte.
Veamos, finalmente, en el siguiente esquema, el perfil del Castellar y las diversas posiciones del sol en los respectivos solsticios y equinoccios.



El astro rey, en su recorrido de Sur a Norte y de Norte a Sur, tiene dos puntos de inflexión. Cuando alcanza cada uno de ellos, invierte su dirección. Así, cuando alcanza el Trópico del Capricornio, en la fecha del 21 de diciembre (solsticio de invierno) cambia de dirección y se dirige nuevamente hacia el Norte. Y lo mismo, cuando alcanza el Trópico del Cáncer (solsticio de verano), de nuevo emprende su marcha hacia el Sur. A mediados de ese recorrido pasa por el punto intermedio de los equinoccios: el de primavera (hacia el 21 de marzo) se encuentra en la constelación de Aries. Y en el otoño (hacia el 21 de septiembre) pasa por la constelación de Libra.



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NOTA FINAL: Quede entendido que estamos hablando con la mentalidad ingenua que supone que es el Sol el que se mueve por el firmamento. Es, en realidad, la Tierra la que se mueve, describiendo una órbita alrededor del Sol.

viernes, septiembre 28, 2007

FAIR PLAY, MR. JAMES MAYOR

Leo en el diario HOY de Extremadura, página 25, una noticia fechada hoy (28-9-07) que no puedo pasar sin comentario. El ex ministro del Interior Sr. Mayor Oreja ha afirmado en una conferencia dada en Madrid que “la gran estrategia de Zapatero es una ETA legalizada”. Afirmación que me parece de juzgado de guardia, por lo que tiene de calumniosa. Si el interesado no se querella, será debido a las tragaderas que los políticos deben (es un suponer) desarrollar para digerir tamaños disparates. No sé yo si los propios correligionarios del Sr. Oreja admiten que se falte a la verdad de forma tan descarada, con tal de desacreditar al rival político. Que la afirmación del ex ministro es calumniosa se cae por su peso, al tener un rotundo mentís en la realidad: los miembros de ETA están siendo perseguidos y encarcelados, aun con mayor eficacia que cuando él, el señor Mayor, era ministro del Interior.
Este tipo de juego sucio para combatir al rival político resultará, a la larga, contraproducente para él y para su partido. No se puede faltar a la verdad sin que se resienta la propia reputación política.
El Sr. Mayor Oreja tiene una cuenta pendiente con el electorado español, incluido por supuesto su propio partido, por no haber refrendado en el Parlamento europeo la condena del franquismo, previamente suscrita por unanimidad en el Parlamento español, en memorable sesión del 20-N-02. Desdecirse de lo dicho y acordado anteriormente conlleva descrédito, resta credibilidad política a él mismo y a su partido. Fue un paso atrás en el proceso democrático. Debería saber el Sr. Oreja que la condena explícita del franquismo es conditio sine qua non de la democracia en nuestro caso concreto, ya que lo uno es incompatible con la otra. La Ley de la Memoria Histórica exige que entre sus cláusulas haya una que condene explícitamente el franquismo, o la dictadura, ya que ambas cosas son equivalentes. O somos demócratas o somos pro franquistas. No hay dialéctica capaz de hacer compatibles ambas cosas.
Y no vale decir, para justificar la no condena del franquismo, lo que dijo el Sr. Oreja en el parlamento europeo: que Franco había impedido la expansión del comunismo en el sur de Europa. Más exacto sería decir que se cargó a cuantos comunistas pudo, junto a otros que no militaban exactamente en las filas comunistas. Pero el caudillo hizo tabla rasa para pasar por las armas a socialistas, comunistas y republicanos, en general.
Pero, a lo que íbamos: el Sr. Oreja falta a la verdad de manera flagrante y su afirmación de que el presidente legítimo del actual Gobierno español busca nada menos que “legalizar a ETA”, pudiera ser constitutiva de un delito de calumnia.
Flaco favor le hace a su partido de cara a las elecciones.

jueves, septiembre 27, 2007

"Graphiterus vulgaris"

Entre las diversas subespecies de la fauna urbana, una ha proliferado últimamente de manera indeseable, en perjuicio de la estética y la buena impresión que el aspecto general de nuestras ciudades pueda causar en el ánimo de nuestros eventuales visitantes. La huella visible de esta subespecie del ‘homo inurbanus’ es la pintada, y los efectos inevitables sobre la opinión que esos visitantes se pueden formar acerca de nosotros son negativos: dan una idea de nuestro grado de civismo que no puede sernos favorable. De rebote, ponen en tela de juicio la misma eficacia de nuestras autoridades.
Esta subespecie y todas las demás que pueden darse del ‘homo inurbanus’ deberían ser declaradas a extinguir, caso de que prosperase y se consolidase en nuestras aulas esa disciplina necesaria y, sin embargo, hoy por hoy, patribus detestata, que se denomina Educación para la Ciudadanía. En una república (entiéndase esta palabra, en sus connotaciones más genuinas, como sinónimo de estado democrático) la pintada debería estar proscrita como delito de incivismo.
Para designar a este indeseable espécimen de la fauna urbana propongo un remoquete latino, al estilo de los naturalistas del siglo XVIII, los Linneo, los Cuvier, los Buffon, etc. Propongo la denominación de Graphiterus vulgaris. Lo de ‘vulgaris’, sirve para acotar la extensión del concepto a ese típico embadurnador de fachadas en el que no puede darse ni el más mínimo atisbo de arte. De ahí lo de ‘vulgaris’, que se puede entender en su sentido despectivo de ‘vulgar’ o, menos despectivo, de ‘común’. En todo caso queda a salvo la posible existencia de un graphiterus ornamentalis (llamémosle así provisionalmente) cuya viabilidad podría ser estudiada y, en su caso, recogida en las futuras ordenanzas municipales.
Lo que es de todo punto sancionable por la ley y perseguible por la autoridad es ese vil guarreteo de las fachadas por manos enemigas del decoro y del aseo de la propia ciudad.
He creído oportuno traer aquí, a guisa de ejemplo, el caso de cierto gorrino que va dejando por ahí su impronta de mala educación en nuestra, por lo demás, bella e histórica Zafra.
El grafitero de marras va depositando aquí y allá las iniciales de su nombre, como la bestiola que marca su territorio. En este caso como una afirmación de su ‘ego’. Es su manera de decir ‘aquí estoy: miradme’. Con la fatua vanidad del marmolillo que, cuando se ve solo ante una pared encalada, o mejor, si está revestida con materiales de lujo, siente el deseo irrefrenable de “concederse a sí mismo un autógrafo”.
A ver con qué autoridad puede luego el Ayuntamiento exigir a los perjudicados que encalen o revoquen sus fachadas. Porque el perjudicado podría reclamar, jurídicamente, al Ayuntamiento.










martes, septiembre 25, 2007

Y tú, ¿quién [coño] eres?

Un antiguo colega del San Atón, el fontanés Enrique Gajardo, me contaba, no hace mucho, que sus compañeros de curso (los supervivientes, por supuesto) decidieron celebrar con una comida de convivencia en el Seminario los 50 años de su primer encuentro como alumnos en aquel mismo lugar.
Al volverse a encontrar, después de tantos años, muchos no se reconocían entre sí, lo que obligaba a preguntarse unos a otros por la respectiva identidad, en una jocosa averiguación que equivalía a aceptar que los viejos colegas se habían convertido en unos desconocidos. El sentimiento de frustración que la situación ocasionaba (tener que admitir fallos de memoria) se traducía en la castiza interjección hispánica, manifestativa, en este caso, de la intriga y el desconcierto que nos produce lo desconocido que debiera, sin embargo, sernos conocido.
La misma frase, pero ya sin el aditamento que ponemos entre corchetes, constituye el título de una muy reciente película protagonizada por los veteranos actores Manuel Alexandre y José Luis López Vázquez, y dirigida por Antonio Mercero. La trama argumental del film versa sobre esa enfermedad degenerativa conocida por el nombre de su descubridor: Alzheimer. Enfermedad senil, una de las variantes del deterioro mental que suele ser inherente a las edades avanzadas y, a veces, no tan avanzadas; pues el mal también puede aparecer con relativa ‘precocidad’.
Seguro que la mayoría, quizás la totalidad de los que acudieron a aquella cita no padecían la cruel enfermedad. Su ocasional amnesia se debía al profundo cambio que se había operado, después de 50 años, en aquellos compañeros a quienes se trató en la época juvenil. La culpa era, principalmente de la transformación sufrida, por efecto de la edad, en los rostros y en los cuerpos de aquellos antiguos camaradas. Quienes leían en sus años juveniles a Virgilio podrían, en la presente ocasión, recordar las palabras de Eneas, al reconocer a Héctor, desfigurado por la derrota:

Quantum mutatus ab illo!

¡Qué diferente de aquél a quien yo conocí en mi juventud, este anciano canoso, calvo, arrugado, que ahora tengo ante mis ojos!

No, no era Alzheimer, por más que la ocasional desmemoria pudiera hacer recordar la terrible enfermedad. No era que se hubiera borrado de la memoria el recuerdo de nuestros camaradas; es que, sencillamente, no los recordábamos así. El desconcierto provenía, precísamente, de que nuestros recuerdos no encajaban en la realidad presente.


Porque, despojarnos de los recuerdos es como si nos despojasen de la vida. Y el Alzheimer equivale a sumergirse, aun antes de morir, en las aguas del Leteo de la muerte.
Supongo que los viejos camaradas, tras el reconocimiento mutuo, volverían a retomar, junto a los recuerdos del pasado revivido, el hilo de la existencia, aún no cortado por las tijeras de Átropos *


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* Una de las tres Parcas, la que cortaba el hilo de la vida. La ilustración reproduce una pintura de Goya titulada Las tres Parcas.

martes, septiembre 11, 2007

Así da gusto








A juzgar por las fotos con que nos regala hoy EL PAÍS, los políticos están dando ─¡por fin!─ una imagen distinta de la habitual. De juzgar por esas fotos, diríamos que las perspectivas no pueden ser más halagüeñas. Réparese, si no, en la actitud de Ángela Merkel y Sarkozy, tan acaramelados que parecen estar a un tris de unir sus labios en un apasionado beso. Da gusto verlos tan amartelados, hasta parecen más guapos. Que cunda el ejemplo.
¡Ay, Ángela! ¿Cómo es posible que andéis a la gresca las más veces los políticos, con lo bonito que es amarse?

Pues no digamos el caso de Zapatero y Esperanza Aguirre, amagándose mutuamente con unas zalemas que parecen precursoras del ósculo. Así da gusto. Aproximaciones como éstas, y aun mayores, es lo que necesita la política española, habitualmente bronca y esquinada. Que pueda decirse aquello que se decía de los primitivos cristianos:”¡Mirad cómo se aman!”.



La noticia luctuosa del día es la muerte de una de las actrices más simpáticas de Hollywood (antes, naturalmente, de que encarnase, muy eficazmente, por cierto, el abominable papel de la Ángela Channing de Falcon Crest). Ya sabéis que me estoy refiriendo a Jane Wyman, uno de mis primeros amores (platónicos, claro) de juventud. Yo me había divorciado de ella (platónicamente, por supuesto) cuando se metió en la piel de aquel avieso personaje. Ya no era la adorable pizpireta que yo amé, haciéndome pasar por Bing Crosby, en aquella deliciosa historia que se titulaba Aquí viene el novio (Here comes the groom). Porque era de veras seductora, por aquellos años, la anciana actriz que ahora acaba de morir. Chatunguera, resuelta, con un desparpajo encantador. Recuerdo una canción que también popularizara, hace muchos años, pero menos, el cara de Luis Aguilé:

La chatunga tiene algo que me gusta

Busco, a través de Google los datos biográficos de la Wyman juvenil y veo que estuvo casada con Reagan y con él tuvo dos hijos.

¡Vaya tío con potra! Se acostó con la Wyman de mis sueños y, encima, llegó a presidente de los Estados Unidos.

miércoles, agosto 29, 2007

Los dos planos

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He resuelto suprimir la segunda parte del escrito precedente, por improcedente. La autocrítica ha operado en forma de censura. Pues es el caso que me estaba sintiendo incómodo conmigo mismo, por el cariz irreverente, propio de ciertos monólogos cómicos de última hora, que había tomado mi meditación anterior.
El suceso que nos narra el evangelista Lucas (2.42-52) es susceptible de ser considerado en el doble plano de lo natural y lo sobrenatural o, si se prefiere, de lo humano y lo sobrehumano. La conducta del niño-Dios, Jesucristo, con sus padres naturales, vista desde el primero de estos planos nos parece desconsiderada, reprobable, y hasta merecedora de un severo correctivo por parte de los responsables de la protección y custodia del niño. La conducta de éste, por más que esté justificada desde el plano sobrenatural, resulta inaceptable mirada de tejas abajo. ¿Era necesario haberles dado ese disgusto mayúsculo a los pobres padres naturales?
Sin embargo, la reconvención de María, la madre, la humilde mesura con que expresa su sufrimiento en nombre de ella misma y del esposo, no puede ser más moderada y exenta de acritud:
– Hijo, ¿por qué has hecho esto con nosotros? Tu padre y yo, afligidos, te hemos estado buscando.
Dolor paternal y reproche, manifestados con admirable mansedumbre y comedimiento.
La respuesta del niño-Dios, desde el plano de lo natural nos parece, a fuer de sobrehumana, poco humana:
– ¿Qué es eso de que me estabais buscando? ¿No sabíais que es conveniente que yo me ocupe de las cosas de mi Padre?
¿Deberían saberlo? Desde luego, María y José estaban en antecedentes de que tenían a su cargo a un ser extraordinario. Sólo tenían que recordar cómo habían sido informados, en su día, por los emisarios divinos: María, avisada por Gabriel, y José, prevenido por un sueño revelador, cuando se disponía a abandonar a María, luego que advirtiera su preñez, sabiendo que no la había causado él.
No había más remedio que resignarse. Por más que tener a todo un Dios en la familia no es algo a lo que uno pueda acostumbrarse así como así. De modo que tuvieron que pechar con su disgusto por el extravío del hijo en Jerusalén.
El evangelio nos dice, escuetamente, que María “guardaba todas estas cosas en su corazón”. Es decir, sufría y callaba. Es de suponer que el esposo compartía con ella el sufrimiento y el silencio.

Y no hay que comparar a Jehová con Zeus, ni a María con Alcumena y, por ende, a José con Anfitrión. Aunque, a riesgo de resultar irreverentes, nos haya tentado el paralelismo.




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*Jesús entre los doctores, cuadro de Giotto.

lunes, agosto 27, 2007

Jesús se pierde en Jerusalén, II (modificado por autocensura)

Después de este episodio, he vuelto a reflexionar un par de veces sobre el suceso. La imagen que debí dar a los empleados de la farmacia debió ser épica: la del pavor personificado. Luego he tenido ocasión de ver, sucesivamente, el lado cómico y el lado serio de la situación. Me vi en el pellejo del pobre Pepe Isbert, el desaparecido y provecto actor, gritando afónico y atribulado aquello de:
-¡Chencho, Chencho!
Y es que, según se mire, la situación es de aquellas en que “lo cómico y lo grave, confundidos, / risas y llanto arrancan”, como dijera Bécquer. Lo emotivo del caso me fue sugerido, precisamente, por el episodio de la pérdida de la que nos habla el evangelio de Lucas, concretamente, por las palabras que éste pone en boca de María (2.48)
– Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo, afligidos, te hemos estado buscando.
Y esta queja, conmovedora, adquiría para mí su más exacto y doliente sentido, próximo al enternecimiento.
Porque yo puedo ponerme en el caso de los padres, pero apenas logro entender la respuesta del Niño, consciente de su propia condición sobrenatural:
– ¿Y cómo es que me buscabais? ¿Acaso no sabíais que conviene que yo me ocupe de las cosas de mi Padre?


Esta respuesta, a fuer de divina, resulta un tanto inhumana.




Los padres deberían saber, en efecto, que estaban ante un ser extraordinario. Estaban en los antecedentes de que eran custodios de una criatura singular. La madre, María, podía tener presente las circunstancias de su concepción, los sucesos sobrenaturales que la acompañaron. El padre, José, había sido advertido en sueños del carácter sobrenatural del embarazo de su esposa. Y, sin embargo, ellos se comportaban, persistían en comportarse, como unos padres normales, con su instinto de protección hacia el amado hijo.




La madre le reconvenía, dolorida por aquella angustia que les había hecho pasar. Y el hijo, a su vez, les argumentaba con las obligaciones contraídas con su Padre celestial. Los pobres padres de carne y hueso debieron callar, resignados, ante el prodigio con el que tenían que convivir.




El evangelista Lucas nos dice solamente que “la madre guardaba todas estas palabras en su corazón” (2.51) Nada dice del sufridísimo José. Imaginen la zozobra de ambos cónyuges, después de tres días de búsqueda por todas las calles y plazas de Jerusalén, y de haber desandado el camino, por ver si el chico había emprendido el regreso en solitario, tras haberse despistado de sus padres. Vueltos a la ciudad, lo encontraron, por fin, en el templo, disertando entre los doctores de la ley, acerca de la interpretación de las Sagradas Escrituras. Todo un debut, el espectáculo sorprendente que ofrecía un niño prodigio. El mismo que había hecho pasar a sus padres tres largos días de angustias y desvelos.