
Las palabras de la cita que encabeza estas líneas son la respuesta de Jaime Mayor Oreja a un periodista que le preguntaba por qué esa resistencia del PP a condenar el franquismo.
En primer lugar habría que replicarle al Sr. Oreja que su opinión personal no nos interesa y no es por ella por la que se le pregunta. Lo que nos interesa es la opinión del partido que él representa y del que fue portavoz en el Parlamento europeo. En ese foro internacional fue Mayor Oreja el encargado de representar al PP. Y su actitud fue la de no sumarse a la condena del franquismo por parte de las democracias europeas. Con lo cual desmentía la anterior posición de su grupo en la sesión parlamentaria correspondiente al 20 de noviembre de 2002, en el Parlamento español. El PP se retractaba así, por medio de su representante en el parlamento europeo, de lo que había suscrito años atrás en el parlamento español. Palinodia se llama esa figura.
Ahora bien, la condena explícita e inequívoca del franquismo es, en el caso español, condicio sine qua non, para poder calibrar la rectitud de intenciones de quienes dicen optar por el sistema democrático. Es la consabida 'prueba del algodón'.¿No rehusaban los batasuneros condenar los atentados de ETA? Y con ello daban pruebas de estar a favor de la misma. Pues, mutatis mutandis, no condenar el franquismo es no estar inequívocamente a favor de la democracia.
En primer lugar habría que replicarle al Sr. Oreja que su opinión personal no nos interesa y no es por ella por la que se le pregunta. Lo que nos interesa es la opinión del partido que él representa y del que fue portavoz en el Parlamento europeo. En ese foro internacional fue Mayor Oreja el encargado de representar al PP. Y su actitud fue la de no sumarse a la condena del franquismo por parte de las democracias europeas. Con lo cual desmentía la anterior posición de su grupo en la sesión parlamentaria correspondiente al 20 de noviembre de 2002, en el Parlamento español. El PP se retractaba así, por medio de su representante en el parlamento europeo, de lo que había suscrito años atrás en el parlamento español. Palinodia se llama esa figura.
Ahora bien, la condena explícita e inequívoca del franquismo es, en el caso español, condicio sine qua non, para poder calibrar la rectitud de intenciones de quienes dicen optar por el sistema democrático. Es la consabida 'prueba del algodón'.¿No rehusaban los batasuneros condenar los atentados de ETA? Y con ello daban pruebas de estar a favor de la misma. Pues, mutatis mutandis, no condenar el franquismo es no estar inequívocamente a favor de la democracia.
Esta democracia seguirá siendo rehén de la derecha ideológica mientras el partido, actualmente en la oposición, rehúse condenar explícitamente la dictadura y, concretamente, el franquismo, como su más reciente manifestación histórica.
La derecha ideológica, hoy representada en el PP, hubiera querido una democracia estancada en la Transición de forma permanente: los elogios dedicados a ésta en los que se destaca, principalmente, su ejemplaridad, parecen querer conducir a la conclusión de que la Transición debería convertirse en la forma permanente, y no sólo transitoria, de la democracia española. Ya hay quien habla de una segunda transición, con lo cual parece que el estancamiento puede hacerse consistir en una sucesiva serie de transiciones (tras la 2ª vendría la 3ª, etc) todas tendentes a retardar la definitiva llegada a la Democracia. Es lo que en el idioma galo se llama piétinement sur place: patinar el vehículo en el atolladero. En política más bien significa voluntad de no avanzar: Le piétinement est l'action politique du refus (La acción política del rechazo)
Ahora bien, la Transición fue democracia en rodaje. Y parece razonable que, después de 30 años de rodaje, nuestro vehículo esté en condiciones de dar por terminada esa prueba.
Se aplazaron ciertas reivindicaciones, para facilitar la puesta a punto del vehículo. Así, por ejemplo, lo de las honras póstumas y tardías de las víctimas del franquismo. Tales honras fueron impensables durante la dictadura (hubiera sido como exaltar la rebeldía por parte del perdedor) y se pospusieron durante la Transición (pues podrían ser provocadoras del golpismo latente)
Toda la Transición ha estado condicionada por ese miedo y ese respeto al franquismo larvado, recurrente, amenazador.
La Constitución de 1978 es todavía la constitución de la Transición, no la de la democracia plena. Redactada por juristas de diversa procedencia política, hubo de someterse a la Ley del Silencio, impuesta por los antiguos partidarios del Régimen.
Copio seguidamente unos párrafos tomados del libro de Francisco Espinosa, El fenómeno revisionista o los fantasmas de la derecha española:
El pacto de silencio entre los franquistas reformistas y la izquierda será capitalizado por la derecha, que seguirá siendo su gran beneficiada. El círculo se cerrará el día en que, amparada por una mayoría social que asuma abiertamente el franquismo, la derecha considere que ha llegado el momento de reivindicar públicamente la figura de Franco y su obra, sin temor ni a perder votos ni a causar escándalo alguno.
Es un pronóstico ciertamente inquietante para el futuro de nuestra democracia (la de todos los españoles). La Ley de la Memoria Histórica tiende a evitar que esto suceda. De ahí que haya sido tan mal recibida por cierta derecha recalcitrante. Por eso quienes desean que no se produzca esa eventualidad han propuesto los “13 Puntos Mínimos para el debate de la ley de Memoria”*. En primer lugar figura el de “La condena del régimen franquista”.
Esa condena implicará la demolición de los mitos con los que se pretendió justificar el golpe de estado que suplantó al Estado legítimo.
Es un requisito irrenunciable para una democracia de pleno derecho: la Democracia, con mayúscula.
Transigir con su incumplimiento será prolongar indefinidamente la Transición-Transigencia. La democracia valetudinaria de los vencidos.
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* Pulsar aquí para ver dichos puntos
La derecha ideológica, hoy representada en el PP, hubiera querido una democracia estancada en la Transición de forma permanente: los elogios dedicados a ésta en los que se destaca, principalmente, su ejemplaridad, parecen querer conducir a la conclusión de que la Transición debería convertirse en la forma permanente, y no sólo transitoria, de la democracia española. Ya hay quien habla de una segunda transición, con lo cual parece que el estancamiento puede hacerse consistir en una sucesiva serie de transiciones (tras la 2ª vendría la 3ª, etc) todas tendentes a retardar la definitiva llegada a la Democracia. Es lo que en el idioma galo se llama piétinement sur place: patinar el vehículo en el atolladero. En política más bien significa voluntad de no avanzar: Le piétinement est l'action politique du refus (La acción política del rechazo)
Ahora bien, la Transición fue democracia en rodaje. Y parece razonable que, después de 30 años de rodaje, nuestro vehículo esté en condiciones de dar por terminada esa prueba.
Se aplazaron ciertas reivindicaciones, para facilitar la puesta a punto del vehículo. Así, por ejemplo, lo de las honras póstumas y tardías de las víctimas del franquismo. Tales honras fueron impensables durante la dictadura (hubiera sido como exaltar la rebeldía por parte del perdedor) y se pospusieron durante la Transición (pues podrían ser provocadoras del golpismo latente)
Toda la Transición ha estado condicionada por ese miedo y ese respeto al franquismo larvado, recurrente, amenazador.
La Constitución de 1978 es todavía la constitución de la Transición, no la de la democracia plena. Redactada por juristas de diversa procedencia política, hubo de someterse a la Ley del Silencio, impuesta por los antiguos partidarios del Régimen.
Copio seguidamente unos párrafos tomados del libro de Francisco Espinosa, El fenómeno revisionista o los fantasmas de la derecha española:
El pacto de silencio entre los franquistas reformistas y la izquierda será capitalizado por la derecha, que seguirá siendo su gran beneficiada. El círculo se cerrará el día en que, amparada por una mayoría social que asuma abiertamente el franquismo, la derecha considere que ha llegado el momento de reivindicar públicamente la figura de Franco y su obra, sin temor ni a perder votos ni a causar escándalo alguno.
Es un pronóstico ciertamente inquietante para el futuro de nuestra democracia (la de todos los españoles). La Ley de la Memoria Histórica tiende a evitar que esto suceda. De ahí que haya sido tan mal recibida por cierta derecha recalcitrante. Por eso quienes desean que no se produzca esa eventualidad han propuesto los “13 Puntos Mínimos para el debate de la ley de Memoria”*. En primer lugar figura el de “La condena del régimen franquista”.
Esa condena implicará la demolición de los mitos con los que se pretendió justificar el golpe de estado que suplantó al Estado legítimo.
Es un requisito irrenunciable para una democracia de pleno derecho: la Democracia, con mayúscula.
Transigir con su incumplimiento será prolongar indefinidamente la Transición-Transigencia. La democracia valetudinaria de los vencidos.
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