
Suponemos que recibiría instrucciones concretas en este sentido por parte de su grupo para revocar en 2006 lo acordado en 2002.
Lo que el PP niega a la democracia y, consecuentemente, se niega a sí mismo como demócrata (en el caso de que lo sea de veras) es esa condenada condena.
Por encima de desencuentros a cuenta de la presente crisis económica, la revocada condena del franquismo reavivó una crisis de confianza que pone en tela de juicio el propio talante democrático del partido hoy en la oposición.
¿Se puede ser de veras demócrata y no condenar el franquismo? That is the question.
La no condena de la Dictadura bien pudo consentirse en la Transición porque era época de transigir. Pero la Transición misma tiene un límite (30 años resulta un periodo de tiempo incluso generoso) Que el texto constitucional aprobado en 1978 omita este trámite denota una parte del precio que la naciente democracia tuvo que pagar a los detentadores del poder del Régimen.
La Constitución de la Transición, aún vigente en la actualidad (menos da una piedra) nació con ese defecto de forma. Fue una constitución que vino al mundo con esa tara de estar mediatizada por el Régimen y ser tributaria del mismo.
La no condena del franquismo fue el pago que el vencido hubo de pagar por la incipiente democracia, que a otros les resultaba gratis. Nuestra legalidad democrática (la de todos) procede, a fin de cuentas, de una graciosa concesión de sus herederos (los del franquismo): vamos a repartirnos libertades, pero a condición de que Franco sea intocable.
Ese indulto forzoso del franquismo es el defecto congénito de nuestra democracia, tributaria de aquella dictadura. Expuesta a recaídas golpistas, atajadas sólo de manera disuasoria cuando el Rey tomó partido por la misma. Y toda vez que el propio rey es un legado del franquismo, su revalidación democrática se la ganó a pulso el 23-F-1981, al ponerse de parte de la legalidad constitucional.
Nuestra democracia tiene, repito, ese defecto congénito de la no condena institucional del franquismo. Esto ha contribuido a ‘ralentizarla’, entre otros detalles, mediante una retirada, remolona y paulatina, de los símbolos del franquismo. Algunos de ellos perduran todavía como testimonios de esa parsimonia democrática. Otros han sido retirados sólo muy recientemente, como el famoso ‘pericuto’ u obelisco de Castejón en Zafra, en la glorieta del mismo nombre, hoy Glorieta Comarcal.
Esta lentitud en retirar los símbolos contrasta con la rapidez que se adoptó en instalarlos en su momento: en todos los pueblos y ciudades de España no faltaron las correspondientes ‘cruces de los caídos’, calles con nombres de los militares rebeldes, monumentos y arcos triunfales.
Estamos en tiempos de crisis, lo sé. Hay cosas probablemente más urgentes en las que ocuparse. Pero ésta sigue siendo una rémora para la convivencia en paz, una convivencia cada día más lejana, por una oposición que últimamente ha redoblado su acritud, atizando infatigablemente la crispación.
El franquismo residual es la lacra de España. Franquismo y democracia son incompatibles. Si aquél no se erradica, será ésta la que, inevitablemente, termine yéndose a pique.