Tras su salida de la cárcel en Madrid, Jane Anderson regresó temporalmente a los Estados Unidos, convertida en una activa propagandista de la causa de los sublevados y difundiendo, a través de los medios de comunicación de su país, su visión negativa de la República española como sinónimo de barbarie, desorden público y persecución religiosa.
Esta visión, necesariamente parcial, de la situación española predispuso entonces a muchos de sus paisanos en contra de la República y a favor de la sublevación militar. A consolidar esta opinión en el mundo católico contribuyó, en gran medida, la famosa proclama de los obispos españoles, redactada por el Cardenal Gomá y publicada con fecha de 1 de julio de 1937. La adhesión solidaria con este escrito de 32 países y unos 900 obispos de todo el orbe católico consagró la sublevación militar de Franco y sus secuaces como una Cruzada y le otorgó una especie de legitimidad de la que hasta entonces carecía. Los intereses políticos se tiñeron de celo religioso y, en cambio, las mejoras sociales que buscaba la República se asimilaron a una persecución religiosa, el plan diabólico del ateísmo marxista. Se acuñó la famosa consigna de “Por Dios y por España” que monopolizó el patriotismo a favor de la derecha. Esta y otras consignas por el estilo se emplearían como salvoconducto para justificar toda clase de atropellos contra los leales a la causa republicana. Todo estaba justificado para aquellos que creían que ‘Dios estaba de su parte’.
En 1938 los mandos de Falange consideraron que la periodista Jane Anderson, con experiencia como corresponsal de campaña en la I Guerra Mundial y, sobre todo, como ex prisionera de los ‘rojos’, sería un buen fichaje para la causa del Movimiento. Las penalidades que había sufrido durante su encarcelamiento en Madrid eran prendas de garantía de que serviría con fervor a la causa falangista. Pero, sobre todo, el elogio del arzobispo católico Monseñor Fulton Sheen, al declararla una “mártir viviente”, eran una suerte de credenciales para hacer de ella una especie de embajadora en los EEUU de los ideales de la Falange. Y Jane Anderson cumplió a satisfacción su cometido:
Millones de americanos leían sus crónicas en los periódicos −la ‘marquesa’ tenía buena prensa− y la circunstancia de ser una sencilla chica de Georgia daba a su testimonio cierto aire de cercanía y autenticidad. Millares de personas se inclinaban a su favor cuando peroraba en las tribunas públicas y cientos de americanos influyentes que se codeaban con ella en recepciones oficiales estaban por completo inclinados a la causa franquista, ganados para ella, por la habilidad de la ‘noble dama’ americana que había sufrido cautiverio a manos de los ‘Rojos’… (FALANGE…, pág. 218)
En ese mismo año de 1938 viajó por los Estados Unidos abogando por la causa falangista y pudo desempeñar un papel decisivo en la campaña que desarrolló el Eje para evitar que se levantara el embargo de armas a la República española, una medida que muchos americanos de toda clase y condición estaban demandando de su gobierno.
Las cosas, sin embargo, iban a torcerse para Jane Anderson, a partir del ataque japonés a Pearl Harbour. Jane, desde Berlín (la ‘otra’ capital de España en aquellas fechas), en sus emisiones en inglés para EEUU, seguía defendiendo la causa fascista, por más que sus alegatos en pro del nazismo perdían credibilidad de día en día.
Los hechos cotidianos desmentían a la locutora que ensalzaba al Führer como “an immortal crusader, a great lover of God”. Estos elogios y otros por el estilo estaban en flagrante contradicción con la realidad. ¿Quién se iba a creer afirmaciones como que Hitler fuese “the great exponent of Catholic civilization”?
Las emisiones de Jane Anderson se interrumpieron bruscamente en abril de 1942. La ‘marquesa’ de Cienfuegos regresó a España donde se sentía más segura. En 1943 fue acusada ‘in absentia’ junto a otros siete intelectuales americanos por hacer propaganda radiofónica del nazismo. Los demás acusados eran: Robert H. Best, Douglas Chandles, Edgard Delaney, Constance Drexel, Frederick Kaltenbach, Dr. Max Koitschwitz y Ezra Pound. En 1945 los periódicos de Norteamérica proclamaban a Jane Anderson “the most sought- after woman in the world” (la mujer más buscada del mundo)
¿Quién se iba a imaginar que esta mujer se había refugiado en tierras extremeñas? Dicen las crónicas que en 1947 se levantaron los cargos contra ella por falta de pruebas. Y añaden que, a partir de ahí se esfumó, dejó de ser vista públicamente: When and where she died remain a mystery (‘Cuándo y dónde murió continúa siendo un misterio)
Bueno, yo no sé cuándo ni donde murió. Pero sé que en 1957 aún vivía y que asistió a la primera misa de mi ex condiscípulo Miguel Garci-Gómez en Almoharín.
En el caso, bastante improbable, de que aún estuviera viva, tendría entre 115 y 120 años.
Aquí ponemos punto final a la historia de Jane Anderson. Queda en suspenso que fuese ella la dama que salía a pasear con el cura Galán. No quiero que se me acuse de hacer juicios temerarios.
Esta visión, necesariamente parcial, de la situación española predispuso entonces a muchos de sus paisanos en contra de la República y a favor de la sublevación militar. A consolidar esta opinión en el mundo católico contribuyó, en gran medida, la famosa proclama de los obispos españoles, redactada por el Cardenal Gomá y publicada con fecha de 1 de julio de 1937. La adhesión solidaria con este escrito de 32 países y unos 900 obispos de todo el orbe católico consagró la sublevación militar de Franco y sus secuaces como una Cruzada y le otorgó una especie de legitimidad de la que hasta entonces carecía. Los intereses políticos se tiñeron de celo religioso y, en cambio, las mejoras sociales que buscaba la República se asimilaron a una persecución religiosa, el plan diabólico del ateísmo marxista. Se acuñó la famosa consigna de “Por Dios y por España” que monopolizó el patriotismo a favor de la derecha. Esta y otras consignas por el estilo se emplearían como salvoconducto para justificar toda clase de atropellos contra los leales a la causa republicana. Todo estaba justificado para aquellos que creían que ‘Dios estaba de su parte’.
En 1938 los mandos de Falange consideraron que la periodista Jane Anderson, con experiencia como corresponsal de campaña en la I Guerra Mundial y, sobre todo, como ex prisionera de los ‘rojos’, sería un buen fichaje para la causa del Movimiento. Las penalidades que había sufrido durante su encarcelamiento en Madrid eran prendas de garantía de que serviría con fervor a la causa falangista. Pero, sobre todo, el elogio del arzobispo católico Monseñor Fulton Sheen, al declararla una “mártir viviente”, eran una suerte de credenciales para hacer de ella una especie de embajadora en los EEUU de los ideales de la Falange. Y Jane Anderson cumplió a satisfacción su cometido:
Millones de americanos leían sus crónicas en los periódicos −la ‘marquesa’ tenía buena prensa− y la circunstancia de ser una sencilla chica de Georgia daba a su testimonio cierto aire de cercanía y autenticidad. Millares de personas se inclinaban a su favor cuando peroraba en las tribunas públicas y cientos de americanos influyentes que se codeaban con ella en recepciones oficiales estaban por completo inclinados a la causa franquista, ganados para ella, por la habilidad de la ‘noble dama’ americana que había sufrido cautiverio a manos de los ‘Rojos’… (FALANGE…, pág. 218)
En ese mismo año de 1938 viajó por los Estados Unidos abogando por la causa falangista y pudo desempeñar un papel decisivo en la campaña que desarrolló el Eje para evitar que se levantara el embargo de armas a la República española, una medida que muchos americanos de toda clase y condición estaban demandando de su gobierno.
Las cosas, sin embargo, iban a torcerse para Jane Anderson, a partir del ataque japonés a Pearl Harbour. Jane, desde Berlín (la ‘otra’ capital de España en aquellas fechas), en sus emisiones en inglés para EEUU, seguía defendiendo la causa fascista, por más que sus alegatos en pro del nazismo perdían credibilidad de día en día.
Los hechos cotidianos desmentían a la locutora que ensalzaba al Führer como “an immortal crusader, a great lover of God”. Estos elogios y otros por el estilo estaban en flagrante contradicción con la realidad. ¿Quién se iba a creer afirmaciones como que Hitler fuese “the great exponent of Catholic civilization”?
Las emisiones de Jane Anderson se interrumpieron bruscamente en abril de 1942. La ‘marquesa’ de Cienfuegos regresó a España donde se sentía más segura. En 1943 fue acusada ‘in absentia’ junto a otros siete intelectuales americanos por hacer propaganda radiofónica del nazismo. Los demás acusados eran: Robert H. Best, Douglas Chandles, Edgard Delaney, Constance Drexel, Frederick Kaltenbach, Dr. Max Koitschwitz y Ezra Pound. En 1945 los periódicos de Norteamérica proclamaban a Jane Anderson “the most sought- after woman in the world” (la mujer más buscada del mundo)
¿Quién se iba a imaginar que esta mujer se había refugiado en tierras extremeñas? Dicen las crónicas que en 1947 se levantaron los cargos contra ella por falta de pruebas. Y añaden que, a partir de ahí se esfumó, dejó de ser vista públicamente: When and where she died remain a mystery (‘Cuándo y dónde murió continúa siendo un misterio)
Bueno, yo no sé cuándo ni donde murió. Pero sé que en 1957 aún vivía y que asistió a la primera misa de mi ex condiscípulo Miguel Garci-Gómez en Almoharín.
En el caso, bastante improbable, de que aún estuviera viva, tendría entre 115 y 120 años.
Aquí ponemos punto final a la historia de Jane Anderson. Queda en suspenso que fuese ella la dama que salía a pasear con el cura Galán. No quiero que se me acuse de hacer juicios temerarios.



















