martes, octubre 30, 2007

Catedrales con denominación de origen

Una vieja cuarteta latina del Medievo caracteriza con sendos adjetivos (uno por cada verso) a cuatro catedrales españolas: la de Oviedo, la de Toledo, la de León y la de Salamanca. La cuarteta dice:
Sancta Ovetensis,
Dives Toletina,
Pulchra Legionensis,
Fortis Salmantina
.




(Santa la de Oviedo,
Rica, la de Toledo,
Bella, la de León,
Fuerte, la de Salamanca)


Se pasaba por alto, en esta estrofa, a importantísimas catedrales del país. Así la de Santiago de Compostela, joya del Románico; y la de Burgos, o la de Sevilla, joyas del Gótico. Por eso, en sucesivas ampliaciones, aquella cuarteta se modificó, añadiendo sendas referencias a las catedrales de Burgos (nobilis Burgensis) y la de Sevilla (magna Hispalensis) Posteriormente, debido a reivindicaciones de tipo localista, se pretendió añadir algún nombre más a esa primitiva redacción y así, en algunas variantes, se incluye la catedral de Sigüenza, por ejemplo (fortis Seguntina) Con lo cual se repetiría el adjetivo, al emplearlo también para Salamanca. En, efecto, una nota característica de estas dos catedrales es que tienen cierto aspecto de fortalezas o baluartes. En la de Salamanca (la catedral vieja) las ventanas de los ábsides parecen troneras.



Los restantes adjetivos tratan de caracterizar a cada uno de esos monumentos por algún rasgo diferencial. Así, la catedral de Sevilla es ‘grande’ o ‘espaciosa’ (magna). Alguno de esos adjetivos pudiera, sin embargo, aplicarse a más de una de esas catedrales. Por ejemplo, el de “pulchra”(hermosa,bella) convendría a todas, aunque, quizás, en mayor o menor grado. El de “rica” se aplica a la de Toledo, y es verdad que su Sala del Tesoro contiene piezas artísticas de valor incalculable, como la custodia de Arfe, hecha de oro y pedrería. En cuanto a la de Oviedo, su principal peculiaridad consiste en que guarda gran abundancia de reliquias de santos. Que sean, o no, auténticas, estaría por ver, como enseguida explicaremos.
Desde luego, los adjetivos que se aplican a cada uno de esos monumentos no indican que sean exclusivos y que no puedan aplicarse a los otros, sino que la cualidad por ellos expresada destaca de manera especial en cada uno de los casos. Así, por ejemplo, siendo bellas las otras catedrales, la de León lo es de una manera extraordinaria. Siendo todas ricas, la de Toledo destaca de modo especial.
La cualidad que se aplica a la catedral de Oviedo llama la atención: “santa”. ¿Es que las demás no lo son? Sí, pero…no tanto. Ninguna de las otras atesora tantas reliquias de santos como la de Oviedo.
Parece, sin embargo, que en este caso se ha cargado la mano y que la mayor parte de esas reliquias son pura fábula. Rubén Darío, que visitó la catedral ovetense a finales del siglo XIX o a comienzos del XX, contaba lo que oyó de labios de un monaguillo amaestrado al efecto, aunque bajo la supervisión de dos de los señores canónigos del Cabildo. Cuenta el poeta de Nicaragua que, entre otras presuntas reliquias, le mostraron:

“parte de la sábana santa en la cual envolvió José de Arimatea el cuerpo de Cristo”.
Y comenta el poeta: “un trozo de tela blanca que me pareció demasiado blanca para tantos siglos”.
…"ocho espinas de la Corona Sagrada, de la corona cruel que los judíos pusieron en la cabeza de nuestro Redentor”…
…"un pedazo de la caña que los judíos pusieron a Cristo por burla”…”un pedazo de la túnica inconsútil”…otro “de los pañales en que estuvo envuelto en el pesebre”…”uno de los treinta dineros “…”un pedazo de pez asado y del panal de miel que Jesús comió con los apóstoles (cosas que no me mostraron)…”tierra sobre la que puso los pies Jesucristo cuando subió a los cielos”…”cabellos de María Magdalena” , amén de una larga lista de supuestas pertenencias de santos, o en relación con ellos. Por ejemplo, “una navaja de la rueda en que fue martirizada Santa Catalina”. Y el poeta, ahito de tanta tomadura de pelo, concluye su artículo así:
─ Tomad dos pesetas… ¡Creo en Dios. Creo en Dios! ¡Pero, idos al diablo!. *
Y es que, a juzgar por el número y la calidad de las reliquias que le mostraron en su día al poeta, la catedral de Oviedo, más que santa, se diría que es fabulosa. **

___

* Rubén Darío, O.C. t. I (Edit. Afrodisio Aguado, Madrid, 1950) p. 421





** Fotografías de arriba abajo: catedrales de Oviedo, Toledo, Salamanca y León.

sábado, octubre 27, 2007

¿Todo a mil, o todo a cien?

(Esbozo de seguimiento de un tópico literario)



Entre los recursos literarios que emplea el arte de la poesía, aparte de la metáfora, que es seguramente el más importante, hay dos que guardan entre sí bastante parecido y que los teóricos de la literatura tienden a identificar cada vez más. Esos recursos, también llamados tropos, se conocen con los nombres de sinécdoque y metonimia. Y así como la metáfora se basa en la ley de semejanza, la metonimia y la sinécdoque se basan en la ley de contigüidad. Ambas leyes, junto con la que llaman ley de contraste, constituyen las tres leyes de la asociación de ideas, ya estudiadas por Aristóteles. Las tres se podrían reducir a una sola ley que sería la ley de síntesis.
Mediante la ley de contigüidad, asociamos las cosas que están próximas o en contacto, en inmediatez, sea espacial o temporal. Al asociarlas, se suele tomar la una por la otra, por ejemplo: “se bebió una botella de vino” (el continente por el contenido). Y a tenor de esto se puede tomar: el efecto por la causa, el autor por la obra, el singular por el plural, lo abstracto por lo concreto... Y, por lo que respecta al tema objeto de nuestro estudio, la cantidad indefinida, que normalmente se expresa por los adjetivos indefinidos (mucho, poco, bastante, demasiado) tiende a sustituirse por adjetivos numerales (cardinales) que expresan cantidades concretas. Particularmente, los adjetivos “cien” y “mil”. Números redondos, como se ve, con los que queremos dar a entender que se trata de “muchos”. Curiosamente, sin embargo, esas cifras que constituyeron un reclamo comercial en los años que precedieron inmediatamente a la implantación del euro, fueron el referente de lo barato y económico. Por tanto representaron cantidades módicas.
A lo que voy: los autores españoles, especialmente a partir del Siglo de Oro, emplearon con cierta profusión los adjetivos “cien” y “mil” como sinónimos de “muchos”. Entre los autores del Renacimiento que hacen uso del tópico tenemos, por ejemplo, a Garcilaso, a San Juan de la Cruz, a Fray Luis de León. Del primero hemos espigado los siguientes ejemplos:
Mil veces ella preguntó qué había
(Égloga segunda)
...atravesado y roto de mil hierros...
(id. ibíd.)
Trátame de manera que a mil habría muerto
(Soneto 39)

De San Juan de la Cruz ahí van tres típicas muestras del tópico correctamente empleado:
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura

(Cántico espiritual)
Y todos cuantos vagan
me van de ti mil gracias refiriendo

(ibid.)
Por una extraña manera
mil vuelos pasé de un vuelo

("Tras un amoroso lance")
Pero dejemos al serafín de Ontiveros para escuchar a Fray Luis de León, el ínclito agustino, egregia figura de la llamada “escuela castellana”. El plácido fraile que escribe la “Oda a la vida retirada”, cuando describe la amenidad del huerto que él mismo ha plantado, dice:
El aire el huerto orea
y ofrece mil olores al sentido.




En la Oda a Felipe Ruiz (XII) vuelve sobre la muletilla:

Quien de dos claros ojos
y de un cabello de oro se enamora,
compra con mil enojos...


En la oda VI (“Elisa, ya el preciado...) instando a su pupila al arrepentimiento, cual otra María Magdalena, la invita a confiarse a ese médico del alma que es Cristo:

...un médico perfeto
de cuanto saber tiene
dé muestra que por siglos mil resuene.


La oda “A la vida religiosa” comienza así

Mil varios pensamientos
mi alma en un instante revolvía.


En la oda VIII (“A la noche serena”) leemos

...de bienes mil cercado...

...repuestos valles de mil bienes llenos...

En fin, en Fray Luis, el tópico resulta un pelín abusivo. Hay muchos ejemplos más que aquí no se consignan, en gracia a la brevedad. Dice el adagio latino que abusus non tollit usus (el abuso no quita el uso). Lo malo es usar el tópico a cada dos por tres, a troche y moche. Y, ciertamente, muchos autores, probablemente anteriores (y desde luego, posteriores) a los citados, han hecho uso de este tranquillo literario. Un solo ejemplo más, de un autor del siglo XIX, Ramón de Campoamor, en su famoso poema “El tren expreso”:
Mil veces intenté quedar dormido,
mas fue inútil empeño
.

Pero dejemos el tópico de los “mil” para fijarnos en el otro número redondo, esta vez “cien”. Su empleo es análogo al anterior: se usa como sinónimo de “muchos”. Comenzaremos con un ejemplo de nuestro Gabriel y Galán:
Cien veces te ije
que no se lo dieras

(“El varón”)



Otro ejemplo de otro paisano nuestro, el almendralejense Espronceda:



...y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.

(“Canción del pirata”)

Otro ejemplo más, ahora del asturiano Campoamor:



–Llevo vencidos cien reyes.
–¡Buen bandido de coronas!
(“Las dos grandezas”)



Y vamos a traer a colación dos ejemplos más, encontrados en un mismo poema del gran nicaragüense, Rubén Darío. Se trata del poema, “Retratos”, de los Cantos de Vida y Esperanza:






Cien veces hizo cosas tan sonoras y grandes...
_



...rojos labios malignos,
florecidos de anécdotas en cien decamerones
.




Todavía en esta tesitura de los números redondos nos encontramos otra modalidad del tópico, el que engloba los dos tópicos anteriores, "cien" y "mil" en un múltiplo común: cien mil. Así Góngora llamó al Mediterráneo:



Teatro donde se han hecho



cien mil navales tragedias.



("Amarrado al duro banco", Romances)



Y Cervantes incluye en El Quijote una composición en verso, escrita, según él, por el mayordomo del Duque, en la que un criado, disfrazado de Merlín, anuncia la solución que éste ha encontrado para desencantar a Dulcinea:



después de haber revuelto en cien mil libros



desta mi ciencia endemoniada y torpe.



Y esa solución es que el pobre Sancho tendrá que darse "en ambas sus valientes posaderas



tres mil azotes y trescientos



Y, para seguir con el tópico y la broma, yo quiero darles, desde aquí, a todos los posibles lectores, un millón de gracias, por su atención.



Por último, y para terminar, advertir que el tópico estudiado aquí a propósito de la literatura española ni es privativo de nuestro Siglo de Oro, ni es exclusivamente español. Ya el latino Catulo en sus Carmina (poema V), emplea las redondas cifras de mil y cien, a propósito de los besos que quiere recibir de su amada Lesbia: "dame mil besos, dame luego cien; después otros mil y otros cien más"... (vv. 7-9)


Se trata, por tanto, de un tópico de la literatura de todos los tiempos.

domingo, octubre 21, 2007

Sobre los tópicos convencionales de la izquierda y la derecha

Uno de los tópicos convencionales de la cultura judeo-cristiana es el que versa sobre la izquierda y la derecha como lugares de ubicación, respectivamente, de los malos y los buenos. Su procedencia es de origen bíblico, tanto vetero-testamentario como neo-testamentario.
Desde tiempo inmemorial se nos ha venido inculcando que la derecha es el sitio que corresponde a los buenos y la izquierda a los malos, cuando unos y otros comparezcan ante el Juez Supremo en el día del Juicio Final. Se trata del ajuste de cuentas que al final de los tiempos espera a la Humanidad por parte de la justicia divina. En el evangelio de San Mateo (25. 31 y ss.) se describe sucintamente la mise en scène de la formidable postrimería. A ese tremendo acontecimiento, en el que se decidirá la suerte de los buenos y de los malos, aluden también los tercetillos monorrimos del escritor medieval Tomás de Celano, el autor del impresionante Dies irae, que se cantaba antiguamente en las misas de Requiem (Mozart compuso su memorable pieza sinfónica para musicar estos versos)
Como se lee en el pasaje de San Mateo al que acabamos de referirnos, los malos serán colocados a la izquierda y equiparados a los “cabritos”. Y los buenos, equiparados a las ovejas, serán colocados a la derecha. Por eso el autor medieval aludido pide al Supremo Juez que, por encima de los propios merecimientos, le otorgue un trato de favor:
Inter oves locum praesta
et ab haedis me sequestra,
statuens in parte dextra
.
(Hazme sitio entre las ovejas
y sepárame de los cabritos,
colocándome en la parte derecha)
En el Viejo Testamento, encontramos también la confirmación de que la derecha es el sitio preferencial dado a los favorecidos del Señor. En los Salmos leemos aquello de:
Dixit Dominus domino meo: sede a dextris meis.Donec ponam inimicos tuos scabellum pedum tuorum (Ps. 109)
(Dijo el Señor a mi señor: Siéntate a mi derecha. Mientras que pongo a tus enemigos como escabel donde reposen tus pies)
De modo que, según una tradición de muy hondo arraigo en la cultura de la Iglesia, la derecha es (con respecto a Dios) el sitio reservado a los elegidos.
No sabemos en qué medida estos prejuicios culturales influyeron en la política que inspiró el franquismo y en la compenetración que se dio entre la Iglesia oficial y el Estado totalitario en la etapa de la Dictadura. De lo que sí estamos seguros es que esa identificación de la jerarquía eclesiástica con el Régimen ha sido, a la larga, perjudicial para la Iglesia. No ha favorecido la captación de prosélitos sino, al contrario, ha contribuido a alejarlos, como ella misma se ha alejado de las enseñanzas y los preceptos del Evangelio, especialmente los más urgentes, como son el amor y el perdón.
En la actualidad, cuando desde la llamada “emisora de los obispos” se predica acerbamente contra la Ley de la Memoria Histórica, argumentando que sólo pretende “reabrir heridas”, la Iglesia española se ocupa activamente en promover ante el Vaticano el proceso de beatificación de 498 mártires religiosos de la Guerra Civil. Ni la más leve mención de las víctimas, no ya civiles, sino incluso religiosas que cayeron por obra de la represión franquista. Tal el caso del sacerdote balear Jeroni Alomar, que ayudó a ponerse a salvo a gente de la izquierda y que fue condenado en Consejo de Guerra bajo el cargo de “ayuda a la rebelión” (El País, 17 de octubre de 2007, sección de Cartas al Director)

(Ilustración: El Juicio Final, por Miguel Ángel)

sábado, octubre 20, 2007

Bien por el Foro Zafrense

La línea de actuación del Foro Zafrense nos hace concebir las más halagüeñas esperanzas. Y nos reafirma en la convicción de que el nombramiento de Personaje del Año, que el Centro de Iniciativas Turísticas ha hecho recaer, en su más reciente edición, en la persona de Don Juan Carlos Fernández, director de la citada asociación cultural, ha sido acertada, aun a riesgo de parecer un poco prematura. Confiamos en que el premio servirá de estímulo y aliciente a nuestro personaje para animarle a proseguir el camino emprendido, que no es otro que el de la política de mano tendida y acercamiento entre los dos partidos que, mayoritariamente, protagonizan la vida política española, como son el PP y el PSOE. Los que, a la postre, vienen a encarnar en el presente esas posturas antagónicas que configuran el mito de las dos Españas.
Juan Carlos Fernández, con una amplitud de miras que no dudamos en calificar de admirable y que, barruntamos, pudiera incluso suscitar algún que otro recelo entre sus propios partidarios (¿quién será este ‘pájaro’ a quien los mismos rivales políticos alaban?) ha retomado, resueltamente, el talante político de la Transición, que marca un hito verdaderamente memorable de la vida política española: el del paso sin traumas de la política del palo y tentetieso a la política de la participación ciudadana, inspirada no en la zancadilla, sino en el propósito de arrimar el hombro, tratando de aproximarse siempre a ese punto de convergencia que culmina en el consenso. “Convergencia y unión”, diríamos, parafraseando el lema que inspira la conocida agrupación política catalana.
El más reciente acierto del Foro Zafrense ha sido traer a su tribuna a una de las viejas glorias de la Transición, al (entre otros cargos) ex – ministro del Interior con UCD, Don Rodolfo Martín Villa. Se ve que el hombre anda un poco machacado y mermado de voz , pero no de facultades mentales, pues hizo una exposición lúcida y coherente de la Transición. Hubo unos momentos emotivos en su discurso en los que flaqueó su voz especialmente, al pedir unidad a los españoles y al apelar a todos para que desterremos por siempre los enfrentamientos que derivaron en la guerra civil. Fue el emocionado “nunca más”, con que el viejo político conjuraba los demonios familiares, en una apelación al público asistente, que lo arropó con un prolongado y cálido aplauso.
El espíritu conciliador del Foro Zafrense nos abre a un panorama de esperanza, frente al talante de crispación que se percibe en otros medios de la política española. Los momentos culminantes de la política de nuestro país, esos en los que la concordia alcanza sus mayores cotas (los que de manera ejemplar y paradigmática podríamos representar en la modélica Transición o, también, en el llamado Espíritu de Ermua) son los que debemos proponernos los españoles de “pro” para desterrar, de una vez para siempre, los conocidos “demonios familiares”.
En el ámbito ciudadano de nuestra Zafra, hemos vivido emotivamente en alguna ocasión esos raros y venturosos momentos de concordia. ¿Recuerdan ustedes la inauguración del monumento al alcalde socialista José González Barrero, con la asistencia de la corporación municipal, presidida en aquella ocasión por el PP?
Esa es la política de generosidad recíproca que necesitamos los humanos en general, lo mismo en Zafra que en la Cochinchina. Y dejar de una [puñetera] vez de incordiarnos recíprocamente, desde esos baluartes de la opinión pública desde los que solemos tirotearnos.
Ahora mismo tenemos como más reciente motivo de discordia la pregonada y controvertida Ley de la Memoria Histórica. Seguramente debió ser consultada la oposición y pactar la manera en la que la izquierda vejada, dolorida y machacada por la dictadura, pudiera recuperarse de su largo ostracismo.
Quizás en “nuestro” (me sumo gustosamente a este colectivo) inteligente Foro Zafrense podríamos debatir tranquila y calmosamente la cuestión. Porque es el caso que los derrotados de la Guerra Civil necesitan como el pan de la boca, una catarsis histórica. Para explicarlo en términos más sencillos, diré que esa catarsis consistiría en echar afuera, no ya la amargura de la derrota, sino eso que José Mª Lama ha llamado, atinadísimamente, “la amargura de la memoria”. Y probablemente se necesita, al efecto, de la generosidad y la comprensión del rival político para echar del espíritu esta dolencia. Lo que llamaba Cicerón “evómere virus acerbitatis”. Eso, la catarsis.

viernes, octubre 19, 2007

La Memoria Histórica según Alberto

Si la memoria mía personal no me falla, Alberto era el nombre de un caricaturista que colaboraba en el diario HOY, hacia la segunda mitad del siglo pasado. Más recientemente otro Alberto, el cronista oficial de Badajoz, nos trazaba hace unos días en las páginas de este periódico, a grandes rasgos también algo caricaturescos, su visión personal de la memoria histórica. Tras establecer una distinción de entrada entre memoria histórica, a secas, (que vendría a coincidir con lo que él entiende por memoria histórica buena) y “memoria histórica mala” (la que se pretende elevar, próximamente, nada menos que a rango de ley) el cronista oficial de Badajoz establece la siguiente analogía de proporcionalidad: la memoria histórica buena es al colesterol bueno como la memoria histórica mala (es decir la Memoria Histórica que ahora se pretende institucionalizar) es al colesterol malo.
Dice Don Alberto que ambas memorias, la buena y la mala, “han existido siempre en todas las sociedades, “aunque la segunda solo (sic) en la España de nuestros días ha sido oficializada con promoción institucional y dinero público, pese a que sus objetivos no tienden a la concordia ciudadana ni al interés general, sino a intereses partidistas”.
Si dar satisfacción y reparación moral a una parte considerable de la ciudadanía, a saber, aquella que nunca anteriormente había sido desagraviada con este tipo de reparación, no es, a criterio de Don Alberto, algo que atañe al interés general y que puede contribuir, en definitiva, a lograr la deseada concordia, resulta que es él quien está aplicando la memoria mala,"la memoria que separa".
¿Qué es eso de que la memoria histórica mala ha sido oficializada sólo en la España de nuestros días, con promoción institucional y dinero público? ¿Tan flaca es su memoria personal que olvida que Franco institucionalizó su dictadura y toda la parafernalia de las conmemoraciones, monumentos, memoriales y nombres del callejero con el dinero público?
Los homenajes a los “Caídos por Dios y por España”, las honras fúnebres solemnes, las exhumaciones y traslados de restos fueron práctica habitual de la propaganda del régimen. ¿Qué le hace a Don Alberto suponer que los que ahora tratamos de encontrar los restos de nuestros familiares asesinados tenemos la abyecta intención de “atizar con ellos a la gente en la cabeza, como si fueran garrotes”? Tenemos el suficiente respeto y cariño hacia esos huesos queridos como para envilecerlos de esa forma.
En fin, se ve que la proyectada Ley de la Memoria Histórica, aunque pensada por el legislador con la mejor intención de reparar siquiera los daños morales infligidos a los perdedores de la Guerra Civil, no es del agrado del cronista oficial de Badajoz.
Mire, Don Alberto: ese retrato que usted pinta de la “memoria que separa” podía usted aplicarlo a la larga etapa de la dictadura franquista, la que honró durante 40 años exclusivamente a sus “caídos”, la que se adjudicó a sí misma y a los de su bando la patria y sus símbolos, la que convirtió, en fin, la “cosa pública” en “cosa nostra”. Si una parte de la sociedad española no vibra “ante los momentos gloriosos y los símbolos comunes” es porque se sintió excluida de esos símbolos que se apropió el vencedor. Y no me hable usted de esos lugares remotos de la geografía profunda que caen, más o menos, hacia Puerto Hurraco. No hable de afrentas centenarias: los hechos no son tan lejanos como usted pretende. Son de treinta años menos de los que usted dice.
Lo del símil deportivo le ha quedado fatal, aunque pueda halagar a quienes asuman la ideología de los vencedores el que se les diga ahora, 70 años después, que en la guerra civil su partido “ganó por goleada”. Jactancia superlativa.
Y ¿qué es eso de que los perjudicados no hemos sabido “asumir la derrota”? ¿Pero es que hubo juego limpio en ese encuentro deportivo al que usted asemeja la guerra civil? En nuestra Extremadura apenas hubo frente de guerra. La mayoría de las víctimas cayeron en la retaguardia, inermes. Aunque estos asesinatos se pretendieron justificar en las actas de los juzgados como hechos de guerra.
Por último Don Alberto: lo que persigue la Ley de la Memoria Histórica es que se restablezca la verdad, siquiera como reparación moral del daño recibido por unos patriotas que quisieron mejorar las condiciones de vida de los trabajadores. Que se llame a las cosas por su verdadero nombre: que lo del Alzamiento ni fue glorioso ni fue Cruzada. Que fue, lisa y llanamente, un golpe de Estado perpetrado por unos generales que se levantaron en armas contra su pueblo y, por tanto, unos parricidas.
Esa reparación moral necesaria, aunque aplazada treinta años después de la muerte del dictador, es lo que pretende la Ley de la Memoria Histórica que a usted tanto le molesta.
__________  
NOTA:  El artículo del cronista oficial de Badajoz que provocó esta réplica puede hallarse mediante el enlace siguiente:
http://www.hoy.es/20071015/opinion/memoria-separa-20071015.html  Todavía no ha sido refutado con la dialéctica contundente que la postransición debería aplicar a este tipo de escritos.

jueves, octubre 18, 2007

La verdad de la Memoria Histórica

Un reciente artículo de Alberto González Rodríguez en el diario HOY (15-10-2007) titulado “La memoria que separa”, plantea de forma indirecta una cuestión de índole filosófica a propósito del concepto de memoria histórica. He aquí los términos en que el autor expone la cuestión: “¿Pero qué se entiende por memoria histórica buena o memoria histórica mala? Mas la cuestión no es qué se entiende sino qué es cada una de ellas según su naturaleza”. Seguidamente pasa a definir lo que él entiende por una y otra cosa. Con lo cual no hemos progresado ni un ápice en el propósito de trascender la índole, tercamente subjetiva, de la verdad. Estamos en donde estábamos, tras nuestro frustrado intento de eludir lo subjetivo. Hemos efectuado eso que los franceses llaman un piétinement sur place, es decir, eso que hacen las ruedas del coche cuando se atascan en el barrizal: ruedan pero no avanzan.
De modo que el “qué se entiende” estaba bien planteado, sólo que quizás se pudo precisar un poco más añadiendo: “rectamente”. Tratando de huir de la subjetividad impersonal del “se entiende”, el Sr. González incurre en la subjetividad personal de darnos su propia versión de qué cosa es memoria histórica buena (o, también, ortodoxa) y qué es lo que debe entenderse, a su juicio, por memoria histórica mala (heterodoxa, por supuesto) Huyendo del “qué se entiende por” viene a dar en el “qué entiendo yo por”.
Ahora bien, el “se entiende”, en su generalización impersonal y cuasi tópica, tiene mucha menos carga de subjetividad que el “entiendo yo”. Ese “se entiende” da a entender que se trata de un criterio compartido, o sea, que sobre la presunta opinión existe una especie de consenso. Y esto, sin que pueda tomarse como criterio infalible de verdad, se convierte, siquiera provisionalmente, en aval de credibilidad. La verdad debe ser contrastable y, por así decirlo, localizable. Desde luego, es tópica. Pese a la mala prensa que suele tener lo que es tópico. Claro que hay un tipo de verdad que es a-típica, amén de ser a-tópica, y aun anti-tópica. Es la paradoja. El paradójico por sistema vive a contrapelo. Decía Oscar Wilde: “Cuando todo el mundo está de acuerdo conmigo siempre pienso que me he equivocado”.
Tenemos que acogernos al consenso en lo que a la Memoria Histórica se refiere. Y ahí está la madre del cordero: mientras no logremos ponernos de acuerdo en la terminología que debemos adoptar para suturar esa tremenda fractura que supuso la Guerra Civil, no podemos asimilar lo que entendemos por Memoria Histórica. Mientras unos sigan llamando “Cruzada” a lo mismo que otros llaman “golpe de Estado”, por poner un solo ejemplo representativo, la Memoria Histórica no será aceptada por la parte de los vencedores. Y mientras estos y sus descendientes no acepten la puesta en común que supuso, por poner otro ejemplo, la condena del franquismo (aceptada en el Parlamento español y vetada en el Parlamento europeo por el representante del PP) no se podrá facilitar esa “catarsis” que los vencidos y sus descendientes reclaman como condición sine qua non para poder reintegrarse en el cuerpo de la patria, del que un día fueron despiadadamente amputados.
La denominada Transición aplazó, que no canceló, este tipo de reclamaciones por parte de los perdedores.
Precisamente porque la herida aún está abierta (latet sub pectore vulnus) y necesitamos cerrarla, pedimos comprensión a aquellos que, sin ser responsables directos de las masacres y la expropiación de la patria común, son en cierta medida los herederos de aquella generación. Habrá que admitir errores de una y de otra parte. Y habrá que reconocer que el pueblo español fue la víctima de aquel alzamiento militar que nunca fue “glorioso”, entre otras razones porque se fraguó de una conspiración militar contra el propio país, de esa alta traición contra la patria, delito que los romanos llamaban perduellio.
Y encima, los verdaderos rebeldes endosaron a sus víctimas el delito de rebeldía, imputable únicamente a ellos.
______
* (Caricatura y retrato de Oscar Wilde)


lunes, octubre 01, 2007

Equinoccios, solsticios y otras quisicosas

A Mercedes, mi mujer.




Una persona de mi entorno, siempre comprensiva y solícita por mi bienestar, me advierte, a propósito de mi colaboración en la Revista de la Feria de Zafra, que utilizo en mi artículo palabras raras que la gente no entiende. Por ejemplo, esas que van dichas en el epígrafe (¡qué rayos querrá decir ‘epígrafe!’, diría yo parodiando a Millás)
Así que me dispongo a volver, por unos momentos, a mi antigua condición de enseñante para brindar, a quien tuviere la paciencia de leerme, una lección ocasional acerca de esas raras palabras.
Ante todo, necesito proveerme del material adecuado para explicar mi lección. Normalmente, siempre me he arreglado utilizando el material clásico: una pizarra y una tiza. Figuraos que ya tengo a mano el susodicho material.
Tomo la tiza y escribo en la pizarra estas cuatro palabras:
INVIERNO PRIMAVERA VERANO OTOÑO
(Para estimular la participación del niño se le puede animar con preguntas como las siguientes: ¿Tienen algo en común las palabras que ves en la pizarra? ¿Sabrías decir en cuál de esas épocas del año estamos actualmente?)
Seguidamente dibujaré una balanza y sobre el platillo de la izquierda dibujaré la luna (menguante, porque se identifica más fácilmente) y sobre el de la derecha dibujaré el sol con sus rayos. Así:
Se explica brevemente el significado de la representación: Aquí vemos representados la noche (N) y el día (D), simbolizados, respectivamente, en la luna y el sol.
Nueva pregunta para estimular la participación del alumno/a:
¿Sabe alguien en cuál de las cuatro estaciones del año los días son muy largos y las noches muy cortas?
Enseguida habrá algún listillo que conteste: en verano las horas del día son más que las de la noche.
Le felicitamos (pues la alabanza es uno de los mejores alicientes en pedagogía) y volvemos a recurrir al dibujo para representar esta situación así:
En verano los días son más largos que las noches.

Pero en invierno ocurre todo lo contrario: las noches son más largas que los días. Lo que podemos representar en el esquema siguiente:




Finalmente, cabe una tercera posibilidad en la situación de los platillos de la balanza y es que estos estén en el fiel. Esto ocurre cuando las horas del día son iguales a las horas de la noche (véase FIG. 1)
A esta posición de equilibrio es lo que llamamos equinoccio (aequi-noctium), cuando se igualan las horas del día en número a las de la noche (12 horas de luz y 12 de oscuridad). Esta situación ocurre dos veces al año: una en primavera (entre marzo y abril) y otra en otoño (entre septiembre y octubre). Son los llamados equinoccio de primavera y equinoccio de otoño.
Solsticio (parada del sol) se puede tomar aquí por ‘puesta de sol’. En Zafra, el referente de la puesta del sol es el Castellar. El poeta holandés Enrique Cock llama a este macizo rocoso, con una bonita metáfora, “la alcoba del sol” (cubilia solis). Pero el astro rey se retira a esa alcoba por puertas distintas. En verano se retira por la puerta del Norte, que cae a la derecha del Castellar. Lo vamos a llamar Pórtico del Cáncer (es en realidad Trópico del Cáncer, pero, miren qué casualidad, ‘pórtico’ tiene exactamente las mismas letras que ‘trópico’). En invierno, en cambio, se retira a dormir por la puerta del Sur. Es el Pórtico (digo el Trópico) del Capricornio. El sol es muy cuco y en verano busca lo fresquito, el Norte. Pero en invierno busca lo cálido: el Sur. Y por eso se pone a la izquierda del Castellar. Porque, al comenzar el invierno, el sol entra en la constelación del Capricornio; en cambio, al comienzo del verano el sol entra en la constelación de Cáncer.
Pero en el tiempo de los equinoccios el sol se pone hacia el centro del Castellar. Las horas del día son iguales en número a las de la noche. El sol entra en el equinoccio de primavera en marzo, cuando pasa por la constelación de Aries. Y vuelve a entrar en el equinoccio al pasar, en el otoño, por la constelación de Libra.
En los solsticios hay un punto de inflexión en los que el sol invierte su curso de Sur a Norte (Trópico del Cáncer) y reemprende su retirada hacia sus cuarteles de invierno. Y lo mismo ocurre cuando detiene su marcha hacia el Sur: aquí el punto de inflexión lo marca el Trópico del Capricornio. Al alcanzar ese punto, vuelve de nuevo a iniciar su retroceso hacia el Norte.
Veamos, finalmente, en el siguiente esquema, el perfil del Castellar y las diversas posiciones del sol en los respectivos solsticios y equinoccios.



El astro rey, en su recorrido de Sur a Norte y de Norte a Sur, tiene dos puntos de inflexión. Cuando alcanza cada uno de ellos, invierte su dirección. Así, cuando alcanza el Trópico del Capricornio, en la fecha del 21 de diciembre (solsticio de invierno) cambia de dirección y se dirige nuevamente hacia el Norte. Y lo mismo, cuando alcanza el Trópico del Cáncer (solsticio de verano), de nuevo emprende su marcha hacia el Sur. A mediados de ese recorrido pasa por el punto intermedio de los equinoccios: el de primavera (hacia el 21 de marzo) se encuentra en la constelación de Aries. Y en el otoño (hacia el 21 de septiembre) pasa por la constelación de Libra.



____



NOTA FINAL: Quede entendido que estamos hablando con la mentalidad ingenua que supone que es el Sol el que se mueve por el firmamento. Es, en realidad, la Tierra la que se mueve, describiendo una órbita alrededor del Sol.

viernes, septiembre 28, 2007

FAIR PLAY, MR. JAMES MAYOR

Leo en el diario HOY de Extremadura, página 25, una noticia fechada hoy (28-9-07) que no puedo pasar sin comentario. El ex ministro del Interior Sr. Mayor Oreja ha afirmado en una conferencia dada en Madrid que “la gran estrategia de Zapatero es una ETA legalizada”. Afirmación que me parece de juzgado de guardia, por lo que tiene de calumniosa. Si el interesado no se querella, será debido a las tragaderas que los políticos deben (es un suponer) desarrollar para digerir tamaños disparates. No sé yo si los propios correligionarios del Sr. Oreja admiten que se falte a la verdad de forma tan descarada, con tal de desacreditar al rival político. Que la afirmación del ex ministro es calumniosa se cae por su peso, al tener un rotundo mentís en la realidad: los miembros de ETA están siendo perseguidos y encarcelados, aun con mayor eficacia que cuando él, el señor Mayor, era ministro del Interior.
Este tipo de juego sucio para combatir al rival político resultará, a la larga, contraproducente para él y para su partido. No se puede faltar a la verdad sin que se resienta la propia reputación política.
El Sr. Mayor Oreja tiene una cuenta pendiente con el electorado español, incluido por supuesto su propio partido, por no haber refrendado en el Parlamento europeo la condena del franquismo, previamente suscrita por unanimidad en el Parlamento español, en memorable sesión del 20-N-02. Desdecirse de lo dicho y acordado anteriormente conlleva descrédito, resta credibilidad política a él mismo y a su partido. Fue un paso atrás en el proceso democrático. Debería saber el Sr. Oreja que la condena explícita del franquismo es conditio sine qua non de la democracia en nuestro caso concreto, ya que lo uno es incompatible con la otra. La Ley de la Memoria Histórica exige que entre sus cláusulas haya una que condene explícitamente el franquismo, o la dictadura, ya que ambas cosas son equivalentes. O somos demócratas o somos pro franquistas. No hay dialéctica capaz de hacer compatibles ambas cosas.
Y no vale decir, para justificar la no condena del franquismo, lo que dijo el Sr. Oreja en el parlamento europeo: que Franco había impedido la expansión del comunismo en el sur de Europa. Más exacto sería decir que se cargó a cuantos comunistas pudo, junto a otros que no militaban exactamente en las filas comunistas. Pero el caudillo hizo tabla rasa para pasar por las armas a socialistas, comunistas y republicanos, en general.
Pero, a lo que íbamos: el Sr. Oreja falta a la verdad de manera flagrante y su afirmación de que el presidente legítimo del actual Gobierno español busca nada menos que “legalizar a ETA”, pudiera ser constitutiva de un delito de calumnia.
Flaco favor le hace a su partido de cara a las elecciones.

jueves, septiembre 27, 2007

"Graphiterus vulgaris"

Entre las diversas subespecies de la fauna urbana, una ha proliferado últimamente de manera indeseable, en perjuicio de la estética y la buena impresión que el aspecto general de nuestras ciudades pueda causar en el ánimo de nuestros eventuales visitantes. La huella visible de esta subespecie del ‘homo inurbanus’ es la pintada, y los efectos inevitables sobre la opinión que esos visitantes se pueden formar acerca de nosotros son negativos: dan una idea de nuestro grado de civismo que no puede sernos favorable. De rebote, ponen en tela de juicio la misma eficacia de nuestras autoridades.
Esta subespecie y todas las demás que pueden darse del ‘homo inurbanus’ deberían ser declaradas a extinguir, caso de que prosperase y se consolidase en nuestras aulas esa disciplina necesaria y, sin embargo, hoy por hoy, patribus detestata, que se denomina Educación para la Ciudadanía. En una república (entiéndase esta palabra, en sus connotaciones más genuinas, como sinónimo de estado democrático) la pintada debería estar proscrita como delito de incivismo.
Para designar a este indeseable espécimen de la fauna urbana propongo un remoquete latino, al estilo de los naturalistas del siglo XVIII, los Linneo, los Cuvier, los Buffon, etc. Propongo la denominación de Graphiterus vulgaris. Lo de ‘vulgaris’, sirve para acotar la extensión del concepto a ese típico embadurnador de fachadas en el que no puede darse ni el más mínimo atisbo de arte. De ahí lo de ‘vulgaris’, que se puede entender en su sentido despectivo de ‘vulgar’ o, menos despectivo, de ‘común’. En todo caso queda a salvo la posible existencia de un graphiterus ornamentalis (llamémosle así provisionalmente) cuya viabilidad podría ser estudiada y, en su caso, recogida en las futuras ordenanzas municipales.
Lo que es de todo punto sancionable por la ley y perseguible por la autoridad es ese vil guarreteo de las fachadas por manos enemigas del decoro y del aseo de la propia ciudad.
He creído oportuno traer aquí, a guisa de ejemplo, el caso de cierto gorrino que va dejando por ahí su impronta de mala educación en nuestra, por lo demás, bella e histórica Zafra.
El grafitero de marras va depositando aquí y allá las iniciales de su nombre, como la bestiola que marca su territorio. En este caso como una afirmación de su ‘ego’. Es su manera de decir ‘aquí estoy: miradme’. Con la fatua vanidad del marmolillo que, cuando se ve solo ante una pared encalada, o mejor, si está revestida con materiales de lujo, siente el deseo irrefrenable de “concederse a sí mismo un autógrafo”.
A ver con qué autoridad puede luego el Ayuntamiento exigir a los perjudicados que encalen o revoquen sus fachadas. Porque el perjudicado podría reclamar, jurídicamente, al Ayuntamiento.










martes, septiembre 25, 2007

Y tú, ¿quién [coño] eres?

Un antiguo colega del San Atón, el fontanés Enrique Gajardo, me contaba, no hace mucho, que sus compañeros de curso (los supervivientes, por supuesto) decidieron celebrar con una comida de convivencia en el Seminario los 50 años de su primer encuentro como alumnos en aquel mismo lugar.
Al volverse a encontrar, después de tantos años, muchos no se reconocían entre sí, lo que obligaba a preguntarse unos a otros por la respectiva identidad, en una jocosa averiguación que equivalía a aceptar que los viejos colegas se habían convertido en unos desconocidos. El sentimiento de frustración que la situación ocasionaba (tener que admitir fallos de memoria) se traducía en la castiza interjección hispánica, manifestativa, en este caso, de la intriga y el desconcierto que nos produce lo desconocido que debiera, sin embargo, sernos conocido.
La misma frase, pero ya sin el aditamento que ponemos entre corchetes, constituye el título de una muy reciente película protagonizada por los veteranos actores Manuel Alexandre y José Luis López Vázquez, y dirigida por Antonio Mercero. La trama argumental del film versa sobre esa enfermedad degenerativa conocida por el nombre de su descubridor: Alzheimer. Enfermedad senil, una de las variantes del deterioro mental que suele ser inherente a las edades avanzadas y, a veces, no tan avanzadas; pues el mal también puede aparecer con relativa ‘precocidad’.
Seguro que la mayoría, quizás la totalidad de los que acudieron a aquella cita no padecían la cruel enfermedad. Su ocasional amnesia se debía al profundo cambio que se había operado, después de 50 años, en aquellos compañeros a quienes se trató en la época juvenil. La culpa era, principalmente de la transformación sufrida, por efecto de la edad, en los rostros y en los cuerpos de aquellos antiguos camaradas. Quienes leían en sus años juveniles a Virgilio podrían, en la presente ocasión, recordar las palabras de Eneas, al reconocer a Héctor, desfigurado por la derrota:

Quantum mutatus ab illo!

¡Qué diferente de aquél a quien yo conocí en mi juventud, este anciano canoso, calvo, arrugado, que ahora tengo ante mis ojos!

No, no era Alzheimer, por más que la ocasional desmemoria pudiera hacer recordar la terrible enfermedad. No era que se hubiera borrado de la memoria el recuerdo de nuestros camaradas; es que, sencillamente, no los recordábamos así. El desconcierto provenía, precísamente, de que nuestros recuerdos no encajaban en la realidad presente.


Porque, despojarnos de los recuerdos es como si nos despojasen de la vida. Y el Alzheimer equivale a sumergirse, aun antes de morir, en las aguas del Leteo de la muerte.
Supongo que los viejos camaradas, tras el reconocimiento mutuo, volverían a retomar, junto a los recuerdos del pasado revivido, el hilo de la existencia, aún no cortado por las tijeras de Átropos *


____


* Una de las tres Parcas, la que cortaba el hilo de la vida. La ilustración reproduce una pintura de Goya titulada Las tres Parcas.

martes, septiembre 11, 2007

Así da gusto








A juzgar por las fotos con que nos regala hoy EL PAÍS, los políticos están dando ─¡por fin!─ una imagen distinta de la habitual. De juzgar por esas fotos, diríamos que las perspectivas no pueden ser más halagüeñas. Réparese, si no, en la actitud de Ángela Merkel y Sarkozy, tan acaramelados que parecen estar a un tris de unir sus labios en un apasionado beso. Da gusto verlos tan amartelados, hasta parecen más guapos. Que cunda el ejemplo.
¡Ay, Ángela! ¿Cómo es posible que andéis a la gresca las más veces los políticos, con lo bonito que es amarse?

Pues no digamos el caso de Zapatero y Esperanza Aguirre, amagándose mutuamente con unas zalemas que parecen precursoras del ósculo. Así da gusto. Aproximaciones como éstas, y aun mayores, es lo que necesita la política española, habitualmente bronca y esquinada. Que pueda decirse aquello que se decía de los primitivos cristianos:”¡Mirad cómo se aman!”.



La noticia luctuosa del día es la muerte de una de las actrices más simpáticas de Hollywood (antes, naturalmente, de que encarnase, muy eficazmente, por cierto, el abominable papel de la Ángela Channing de Falcon Crest). Ya sabéis que me estoy refiriendo a Jane Wyman, uno de mis primeros amores (platónicos, claro) de juventud. Yo me había divorciado de ella (platónicamente, por supuesto) cuando se metió en la piel de aquel avieso personaje. Ya no era la adorable pizpireta que yo amé, haciéndome pasar por Bing Crosby, en aquella deliciosa historia que se titulaba Aquí viene el novio (Here comes the groom). Porque era de veras seductora, por aquellos años, la anciana actriz que ahora acaba de morir. Chatunguera, resuelta, con un desparpajo encantador. Recuerdo una canción que también popularizara, hace muchos años, pero menos, el cara de Luis Aguilé:

La chatunga tiene algo que me gusta…

Busco, a través de Google los datos biográficos de la Wyman juvenil y veo que estuvo casada con Reagan y con él tuvo dos hijos.

¡Vaya tío con potra! Se acostó con la Wyman de mis sueños y, encima, llegó a presidente de los Estados Unidos.

miércoles, agosto 29, 2007

Los dos planos

*








He resuelto suprimir la segunda parte del escrito precedente, por improcedente. La autocrítica ha operado en forma de censura. Pues es el caso que me estaba sintiendo incómodo conmigo mismo, por el cariz irreverente, propio de ciertos monólogos cómicos de última hora, que había tomado mi meditación anterior.
El suceso que nos narra el evangelista Lucas (2.42-52) es susceptible de ser considerado en el doble plano de lo natural y lo sobrenatural o, si se prefiere, de lo humano y lo sobrehumano. La conducta del niño-Dios, Jesucristo, con sus padres naturales, vista desde el primero de estos planos nos parece desconsiderada, reprobable, y hasta merecedora de un severo correctivo por parte de los responsables de la protección y custodia del niño. La conducta de éste, por más que esté justificada desde el plano sobrenatural, resulta inaceptable mirada de tejas abajo. ¿Era necesario haberles dado ese disgusto mayúsculo a los pobres padres naturales?
Sin embargo, la reconvención de María, la madre, la humilde mesura con que expresa su sufrimiento en nombre de ella misma y del esposo, no puede ser más moderada y exenta de acritud:
– Hijo, ¿por qué has hecho esto con nosotros? Tu padre y yo, afligidos, te hemos estado buscando.
Dolor paternal y reproche, manifestados con admirable mansedumbre y comedimiento.
La respuesta del niño-Dios, desde el plano de lo natural nos parece, a fuer de sobrehumana, poco humana:
– ¿Qué es eso de que me estabais buscando? ¿No sabíais que es conveniente que yo me ocupe de las cosas de mi Padre?
¿Deberían saberlo? Desde luego, María y José estaban en antecedentes de que tenían a su cargo a un ser extraordinario. Sólo tenían que recordar cómo habían sido informados, en su día, por los emisarios divinos: María, avisada por Gabriel, y José, prevenido por un sueño revelador, cuando se disponía a abandonar a María, luego que advirtiera su preñez, sabiendo que no la había causado él.
No había más remedio que resignarse. Por más que tener a todo un Dios en la familia no es algo a lo que uno pueda acostumbrarse así como así. De modo que tuvieron que pechar con su disgusto por el extravío del hijo en Jerusalén.
El evangelio nos dice, escuetamente, que María “guardaba todas estas cosas en su corazón”. Es decir, sufría y callaba. Es de suponer que el esposo compartía con ella el sufrimiento y el silencio.

Y no hay que comparar a Jehová con Zeus, ni a María con Alcumena y, por ende, a José con Anfitrión. Aunque, a riesgo de resultar irreverentes, nos haya tentado el paralelismo.




____




*Jesús entre los doctores, cuadro de Giotto.

lunes, agosto 27, 2007

Jesús se pierde en Jerusalén, II (modificado por autocensura)

Después de este episodio, he vuelto a reflexionar un par de veces sobre el suceso. La imagen que debí dar a los empleados de la farmacia debió ser épica: la del pavor personificado. Luego he tenido ocasión de ver, sucesivamente, el lado cómico y el lado serio de la situación. Me vi en el pellejo del pobre Pepe Isbert, el desaparecido y provecto actor, gritando afónico y atribulado aquello de:
-¡Chencho, Chencho!
Y es que, según se mire, la situación es de aquellas en que “lo cómico y lo grave, confundidos, / risas y llanto arrancan”, como dijera Bécquer. Lo emotivo del caso me fue sugerido, precisamente, por el episodio de la pérdida de la que nos habla el evangelio de Lucas, concretamente, por las palabras que éste pone en boca de María (2.48)
– Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo, afligidos, te hemos estado buscando.
Y esta queja, conmovedora, adquiría para mí su más exacto y doliente sentido, próximo al enternecimiento.
Porque yo puedo ponerme en el caso de los padres, pero apenas logro entender la respuesta del Niño, consciente de su propia condición sobrenatural:
– ¿Y cómo es que me buscabais? ¿Acaso no sabíais que conviene que yo me ocupe de las cosas de mi Padre?


Esta respuesta, a fuer de divina, resulta un tanto inhumana.




Los padres deberían saber, en efecto, que estaban ante un ser extraordinario. Estaban en los antecedentes de que eran custodios de una criatura singular. La madre, María, podía tener presente las circunstancias de su concepción, los sucesos sobrenaturales que la acompañaron. El padre, José, había sido advertido en sueños del carácter sobrenatural del embarazo de su esposa. Y, sin embargo, ellos se comportaban, persistían en comportarse, como unos padres normales, con su instinto de protección hacia el amado hijo.




La madre le reconvenía, dolorida por aquella angustia que les había hecho pasar. Y el hijo, a su vez, les argumentaba con las obligaciones contraídas con su Padre celestial. Los pobres padres de carne y hueso debieron callar, resignados, ante el prodigio con el que tenían que convivir.




El evangelista Lucas nos dice solamente que “la madre guardaba todas estas palabras en su corazón” (2.51) Nada dice del sufridísimo José. Imaginen la zozobra de ambos cónyuges, después de tres días de búsqueda por todas las calles y plazas de Jerusalén, y de haber desandado el camino, por ver si el chico había emprendido el regreso en solitario, tras haberse despistado de sus padres. Vueltos a la ciudad, lo encontraron, por fin, en el templo, disertando entre los doctores de la ley, acerca de la interpretación de las Sagradas Escrituras. Todo un debut, el espectáculo sorprendente que ofrecía un niño prodigio. El mismo que había hecho pasar a sus padres tres largos días de angustias y desvelos.

Jesús se pierde en Jerusalén, I

Si yo hubiera alcanzado la condición de clérigo, a la que estuve vocado en una etapa de mi vida, sería una cosa habitual en mí, como suele ser algo consuetudinario de los clérigos en general, la glosa de los episodios bíblicos del Nuevo Testamento, concretamente de los Evangelios. Como sabemos, la glosa de estos episodios constituye el tema habitual de la mayoría de los sermones y homilías. Si yo hoy traigo aquí a colación uno de esos episodios, es por haberme sentido por unos momentos en la piel de los padres de Jesús, cuando este, siendo un niño de doce años, se extravió en Jerusalén durante los días tumultuosos de la Pascua judía.
El caso es que, por unos instantes, yo perdí el otro día a mi nietecito (dos años y medio de edad) Le gusta mucho meterse en la casita de juguete que hay en la farmacia próxima, en cambio, rehúsa, por lo común, introducirse en el ‘gusanito’, el otro juguete que hay en el establecimiento. El ‘gusanito’ abre su boca y extiende su roja lengua, a guisa de alfombra, para que por ella penetren los críos, a gatas, saliendo por el extremo opuesto que corresponde a la cola. Lo dejé un momento en la casita, mientras me acerqué al mostrador a pedir una caja de ‘juanolas’. Me sirvieron el pedido en un par de minutos, a más tardar, durante los cuales yo miré un par de veces hacia la casita, para cerciorarme de que el barbián de mi nieto estaba allí, disfrutando con abrir y cerrar las ventanas del diminuto habitáculo, tan adecuado a su estatura que, entrar en él, resulta un privilegio reservado a personas menores de cuatro o cinco años. Realizada mi compra, me volví hacia el minúsculo edificio a recoger al niño. Pero –sorpresa mayúscula– el edificio estaba vacío, como jaula de la que acaba de escapar el pájaro. Comencé a llamar, algo asustado, “¡Álvaro, Álvaro!”. Pero al niño parecía habérselo tragado la tierra. Lo que puede pasar en esos instantes por la imaginación “calenturienta” (recuerdo haber sido tachado de esto en alguna ocasión) de un abuelo novato hace que se disparen todas las alarmas. Acuden a la memoria los recientes sucesos del Algarve y de las Canarias, y las extraordinarias medidas sugeridas por Sarkozy, amenazando con la castración química a los secuestradores…todo el desquiciado y brutal desbarajuste de la actualidad cruza, cercano y amenazador, por nuestra imaginación. Y la alarma crece en proporciones inimaginables. Grité, desencajado: “¡Álvaro, Álvaro!”. Llamando la atención de los y de las empleadas del establecimiento. Una de éstas, por fin, me sacó de mi angustia:
El niño (el “joío” niño) estaba escondido en el ‘gusanito’.



miércoles, agosto 15, 2007

ELOÍSA






Traigo a colación a esta página los rasgos de un rostro familiar, una persona que me es querida, entre otras razones porque, sucesivamente, ocupamos el mismo claustro materno. Somos hijos de la misma madre y, con toda certeza (sin necesidad de recurrir a pruebas del ADN) del mismo padre. Padre al que ella no tuvo oportunidad de conocer, por encontrarse aún en el mismo seno materno en el que yo había estado años atrás. Nuestra madre estaba en el 4º mes de gestación cuando la 'gloriosa Cruzada', en la primera etapa de su benemérita campaña, exterminó a cuantos habían sido afectos a la República, aunque se hubieran casado por la Iglesia y hubieran llevado a bautizar a sus hijos. Compartimos una infancia de privaciones, aunque sin llegar a la suma indigencia, gracias al trabajo de nuestra madre. La Providencia rodeó las cosas para que, tanto mi hermana como yo, pudiéramos realizar estudios de Magisterio, gracias a la ayuda de maestras generosas a las que siempre recordaremos con gratitud y cariño. En mi caso, fue una equivocación, también providencial, la que me llevó al Seminario pacense, para estudiar la carrera de cura, que abandoné al concluir el 2º curso de Filosofía. Por libre (y gracias a la generosa y desinteresada ayuda de amigos como Ildefonso Durán, que me enseñó las Matemáticas precisas para superar las pruebas) acabé la carrera de Magisterio y obtuve plaza en 1960. Antes tuve que hacer el cursillo obligatorio del Frente de Juventudes, en un campamento especial para tales usos. Y prometer fidelidad al régimen que nos había dejado huérfanos. Luego, también por libre, obtuve la licenciatura en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense.
Pero, en fin, es de mi hermana de quien quiero hablar aquí, no de mí. Eloísa obtuvo plaza de maestra a mediados de los años 60. Ya está, como se puede suponer, ‘disfrutando’ de su jubilación, como su hermano. Tiene una hija, periodista, de nombre Eloísa, como ella. María Eloísa, para ser más exactos. Eloísa, madre, ha heredado algo de las habilidades de mamá Virginia. En la costura y en las labores relacionadas con la aguja.
Te quiero, hermana.

domingo, agosto 12, 2007

Transición: Democracia en rodaje

Igual que cuando se adquiere un vehículo nuevo hay que adoptar ciertas medidas de prudencia para su adecuado uso, por ejemplo, no sobrepasar cierto límite de velocidad, los españoles hubimos de adoptar precauciones similares al estrenar el nuevo vehículo de la democracia. El conjunto de medidas adoptadas, en vistas al buen funcionamiento de este vehículo, incluido el tiempo que duró su aplicación, es lo que hemos dado en llamar transición, que podemos definir, de acuerdo con el símil propuesto, como la democracia en rodaje.
El pueblo español fue de lo más sensato a la hora de tomar precauciones en este sentido. Y el vehículo funcionó a satisfacción, en tanto que no se forzó demasiado. Hasta el punto de que este período de rodaje se ha podido considerar modélico en su género, a juicio de propios y extraños. Sólo que conviene tener presente que ‘transición’ y ‘rodaje’ son términos connotativos de provisionalidad. Ambos tienen un plazo de caducidad. Han de durar un tiempo razonable, pasado el cual se tornan inoperantes. Ni el rodaje ni la transición se pueden prolongar más allá de ciertos límites.
Suele manifestarse, en los últimos tiempos, una especie de nostalgia de la transición, especialmente por parte de la clase política más conservadora. Parece añorarse aquella época de avenencia política, en la que la derecha y la izquierda se anulaban a sí mismas para identificarse ambas en el centro. ¡Ah, si el espíritu de la transición perdurase, aquél que nos llevó a consensuar un código de normas aceptables por tirios y troyanos, como fue la Constitución de 1978!
Pero la armonía de los contrarios que representaba el centro no pudo prolongarse indefinidamente. El bandazo del 23-F, ya que no tuvo peores consecuencias, sirvió, al menos, para cargarse el invento del centro. Tuvo un efecto ‘centrífugo’, así como antes el común apetito por la democracia había producido una fuerza ‘centrípeta’, de cohesión. Ahora, ante la bravata derechoide, la reacción había operado el efecto contrario. Previsoramente, se desplazó la carga hacia babor.
La izquierda (el espíritu superviviente de la República) siguió aplazando, pacientemente, ciertas reivindicaciones, posponiéndolas, bien que sin renunciar nunca a ellas; sobre todo porque nunca creyó que tales reivindicaciones estuviesen animadas por el espíritu de revancha, sino basadas en la legítima aspiración de reparar la anulación política que había padecido durante la dictadura. De este modo, el plazo de la transición se alargó hasta el punto de casi alcanzar la duración de la propia dictadura.
Ahora que, por fin, se plantean esas reivindicaciones con carácter inaplazable (tras haber renunciado a otras más graves, como, por ejemplo, se hizo en Alemania con los juicios de Nuremberg) hay todavía quienes protestan y hablan de “reabrir heridas”. Pero ¿es que habían cicatrizado alguna vez las del bando perdedor?
La derecha española ha adolecido siempre, salvo en contadísimas excepciones, de falta de generosidad con los perdedores de la guerra civil. ¿Tuvieron éstos, acaso, la oportunidad de honrar a sus muertos o de rescatar sus cadáveres en la etapa de la dictadura? Sin embargo, los “caídos por Dios y por España” tuvieron anualmente, a fecha fija, un Día del Dolor, para celebrar las honras fúnebres de los suyos: la fecha del 20 de noviembre. Y un 20 de noviembre – curiosa coincidencia – murió también el dictador. Como si la Providencia hubiera querido, compensatoriamente, trocar la fecha, dolorosa para algunos, en jubilosa para otros.
¿No habían de tener derecho, en la democracia, los caídos “sin honor y sin recuerdo”, a ser sepultados honrosamente, en el caso de haber podido localizarse sus restos?
Quienes nos ‘refregaron’ hasta la saciedad la memoria de sus caídos por una doble (y, por descontado, noble) causa, Dios y España, para justificar sus propias crueldades, ¿se molestan ahora porque, a destiempo, (no pudimos hacerlo antes) reivindiquemos la Memoria Histórica?
Esta reivindicación es de justicia. Y es de justicia que, a la luz de los principios democráticos, condenemos una y mil veces la dictadura, su presunta legitimidad política y, sobre todo, su santificación bajo el nombre de Cruzada.
Toda la parafernalia, en fin, que desplegó el Régimen en detrimento de los derechos del pueblo español.

sábado, agosto 11, 2007

DEMOCRACIA Y TRANSICIÓN

Cuando en política hablamos de transición nos referimos a un proceso que viene marcado por dos puntos de referencia, el de partida, que coincide, en este caso, con el fin de la dictadura, y el de llegada, que es la democracia propiamente dicha. Si admitimos que salir de la dictadura significa entrar, “ipso facto”, en la democracia, habrá que reconocer que esta entrada en la democracia requiere de un cierto periodo de adaptación a la nueva situación, al nuevo terreno que pisamos. Los españoles, entumecidos por un largo periodo de inactividad política, procuramos pisar con cautela en el nuevo terreno. A este periodo de adaptación a la nueva situación es al que puede aplicarse con propiedad el nombre de transición.
La nave del Estado (permítaseme la manida metáfora) varada durante casi cuatro décadas en la dictadura, volvía a ser reflotada. Y los pasajeros embarcados en ella, supervivientes de la guerra civil, o descendientes de ellos, guardaban la memoria de ese naufragio. La lección que traía aprendida la tripulación más avezada era procurar no escorar, bajo ningún concepto, el barco, ni a babor ni a estribor. De modo que el lugar político más recomendable para mantener el barco a flote era... el Centro político. La huera consigna de la España Una sólo estuvo a punto de realizarse gracias a esa palabra mágica: el Centro. Y esa fue la opción política por la que se decantó la mayoría de los españoles. Con ella parecía superada, por fin, la vieja dicotomía que había enfrentado secularmente a nuestros compatriotas: izquierda/derecha. Los españoles verdaderamente patriotas no éramos de izquierda ni de derecha: éramos... del centro. ¿Cómo no lo habíamos visto antes, con lo sencillo que era?
Sólo que duró poco el espejismo político. La fecha del 23-F alertó a los españoles de que el golpismo tardofranquista constituía una amenaza cierta. Y ese súbito bandazo del barco por estribor dio al traste con el feliz invento del centro: muchos españoles desde entonces se decidieron a ocupar, resueltamente, la banda de babor. El mito del centro político acabó por desinflarse y sus líderes, sin apoyo popular, acabaron reintegrándose a sus respectivas posiciones, en la derecha o en la izquierda. Volvimos a la vieja y, al parecer, inevitable dicotomía.
Por supuesto, el triunfo de la izquierda (el PSOE) fue, en cierta medida, una consecuencia del fallido golpe de Tejero y sus conmilitones. Y vinieron varias legislaturas con el PSOE en el poder. Hasta que la corrupción por un lado y el “affaire” de los GAL, por otro, propiciaron que en la siguiente ocasión el pueblo retirase su confianza al PSOE y la depositase preventivamente en el PP. Dos legislaturas más y, otra vez, la confianza de los españoles tuvo que cambiar de signo. Ahora fue el presidente Aznar el que nos metió en líos, compadreando en las Azores con Bush y Blair. Y la gota que colmó el vaso fue el desastre provocado por el terrorismo islámico, tercamente atribuido por los responsables del gobierno a un nuevo golpe de ETA. Y, seguidamente, el descalabro electoral del PP y la obstinada atribución de este fracaso a una tramposa maniobra de la izquierda. Ya entramos de lleno en la peligrosa dialéctica de las suspicacias hacia el rival político, aun con todas las pruebas en contra. Tenía que ser ETA y, si intervino el integrismo islamista, fue seguramente con la complicidad de ETA. Y, con la culpabilidad de ETA, se trataba de implicar al gobierno que, supuestamente, pretendía pactar con ella una paz afrentosa , a cambio de pagar un presunto precio político. Bulo desmentido por unos hechos irrebatibles: las numerosas capturas de terroristas etarras que ha habido en lo que va de legislatura.


La Transición ha tocado fondo. Ahora navegamos en plena Democracia, aunque con el viento en contra de la oposición. Porque no es esta una oposición de equilibrio y contrapeso, sino de encrespamiento y oleaje. Se encrespan los ánimos, espoleados por actitudes que tienden a la disolución del estado de derecho. Hay una beligerancia partidista que infecta y degrada la libertad de prensa, el periodismo oral o escrito. La jerarquía eclesiástica, invocando la objeción de conciencia y el compromiso moral, inherente a los deberes de su ‘sagrado ministerio’, obstruye la labor del Estado e incita a la desobediencia cívica, a propósito de una asignatura que lleva el inocuo nombre de Educación para la Ciudadanía. Por lo visto, la ciudadanía que propugna el Estado de derecho (aunque no de derecha) no es otra cosa que la legalización del libertinaje. Una vez más “con la Iglesia hemos topado”.
Sí: ha concluido la Transición. Navegamos en el mar proceloso de la Democracia y habrá que capear el temporal, como sea. Convendría, sin embargo, recordar a la oposición que todos vamos en el mismo barco. Y que estamos en el deber de velar por la seguridad de este barco, que es la seguridad de todos. Y pudiera ocurrir aquello que en un texto fragmentario dice Cicerón: hoc miror, hoc queror, quemquam hominem ita pessum dare aliquem velle ut etiam navem perforet in qua ipse naviget (esto me produce estupor, de esto me quejo: que haya alguien que quiera hundir a otro, hasta el extremo de perforar el barco en el que él mismo navega) La cita la hace Quintiliano, maestro español en Roma, en sus Instituciones oratorias (8.6.47.13)

jueves, julio 26, 2007

Más sobre la Educación para la Ciudadanía

*


Ya voy entendiendo (tardo de entendederas que es uno) las causas de la actitud beligerante del episcopado español frente al sistema democrático, en el que procura afianzarse el actual Estado de Derecho. Parece ser que la opción democrática (una de las aspiraciones irrenunciables del pueblo español, tras haber soportado, durante casi cuatro décadas, la dictadura franquista) no acaba siendo del agrado de sus excelencias reverendísimas. Y es que la democracia, según parece colegirse, no siguió por los derroteros que sus excelencias esperaban, cuando se inició la andadura que previamente habíamos consensuado y que nos había marcado la Constitución de 1978. Pero en este documento se daba por sentada la libertad religiosa (art. 16) y la aconfesionalidad del Estado en este punto (apart. 3), pese a admitirse, como se ha venido haciendo, “las relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”.
¿A santo de qué viene ahora la objeción de conciencia, por parte de sus eclesiásticas señorías, a propósito de la asignatura Educación para la Ciudadanía? ¿Suponen que la citada disciplina, aun sin que se hayan determinado por completo sus contenidos, no augura nada bueno? ¿Escrúpulos de conciencia de que pudiera entenderse que ellos, los señores obispos, estén sancionando, con su silencio, (quien calla otorga) ese sesgo abiertamente acatólico que ha tomado el Estado de Derecho? Suponemos que no les gustan una serie de medidas que se han adoptado por parte de este Estado, representado por un Gobierno legítimamente constituido, tales como la ley que aprueba el matrimonio homosexual, u otras disposiciones acerca de, por ejemplo, el uso del preservativo, o la fecundación “in vitro”, o la eutanasia bajo determinadas condiciones, etc. etc.
¿Es esto lo que les mueve ahora a objetar, a priori, la ‘heterodoxa’ asignatura, recomendando paladinamente, a los fieles a su credo, la desobediencia civil? Porque, si ahora comienzan a sentir escrúpulos religiosos, habrá que recordarles que sus antecesores, que tan bien se entendieron con el militar golpista, no tuvieron empacho alguno en apoyar un régimen que practicaba, sin contemplaciones, los fusilamientos a mansalva. ¿No iba esto contra uno de los más humanitarios mandamientos de la Ley de Dios? Con el salvoconducto de “Cruzada”, que los señores obispos de antaño aplicaron al levantamiento militar, se cometieron asesinatos de muchas personas que ningún daño habían hecho a los religiosos ni a la Iglesia, en general. Es más, se asesinaron religiosos, por parte de las tropas sublevadas, sólo por haber querido favorecer a quienes ellos, los sublevados, habían declarado enemigos.
¿Son conscientes los señores obispos de que pueden generar una especie de cisma civil que conduzca, a la larga, a un nuevo enfrentamiento? Las connivencias con la derecha son harto obvias y, desde luego, preocupantes. Y, desde los medios de comunicación por ellos patrocinados, son de alguna manera corresponsables de la crispación que viene tratando de minar, con su labor de zapa, la democracia que tan largos sacrificios ha costado al pueblo español.
Mediten el problema, porque es grave. Y más les valdría que, de cara a la memoria histórica, procuraran recuperar ante el pueblo español la credibilidad que perdieron con su incondicional apoyo a la Dictadura. **
_____
* Una foto para el recuerdo, que evidencia la buena avenencia del episcopado con la Dictadura, cuando la democracia ‘brillaba por su ausencia’


**Quien entienda lo escrito en Latín puede consultar http://www.alcuinus.net/ephemeris/folia.php?id=371

domingo, julio 15, 2007

EL SEMINARIO HUMANÍSTICO ZAFRENSE




Se han concedido recientemente los premios que anualmente otorga el CIT, a propuesta de su Junta Directiva (propuesta que se ratifica, o se rechaza, posteriormente, en Asamblea General de Socios, previamente convocada a tal efecto) Formo parte de esta Junta Directiva desde que se constituyó, hace unos años: los mismos en que (hasta muy recientemente no hemos caído en ello) venimos incurriendo en una reiterada preterición: no haber premiado todavía la encomiabilísima labor cultural que el Seminario Humanístico Zafrense viene prestando en pro de la ciudad, desde que reinició su andadura, hace más o menos una década.

Por extraño que pueda parecer, el Seminario Humanístico Zafrense, pese a tener méritos más que sobrados para que le sean reconocidos y premiados a nivel local, nunca ha sido recompensado con este tipo de distinciones que concede anualmente el CIT.

Quizás una de las más obvias explicaciones de esta, que pudiéramos llamar ‘anomalía’, se deba a que el Seminario Humanístico haya sido considerado como muy “nuestro”, quiero decir, de algunos de los que formamos parte del CIT. La frase que mejor explica, ya que no justifica, esta omisión es aquella que dice “en casa del herrero, cuchillo de palo”. Ni a Francisco Croche ni a mí, que fuimos quienes pusimos en marcha aquella especie de tertulia cultural que se llamó, a propuesta de Paco Croche, “Seminario Humanístico Zafrense”, se nos ha ocurrido, en estos últimos tiempos proponer desde el CIT (de cuya Junta Directiva ambos formamos parte) que ya va siendo hora de otorgarle alguna de esas distinciones que, generosamente, otorgamos a otras personas, grupos o entidades benéficas de nuestra ciudad.

Hay que reconocer, ante todo, que el Seminario Humanístico Zafrense es hoy lo que es, y tiene el prestigio que tiene, gracias al impulso nuevo con que retomaron el testigo y supieron mejorar la marca unos cuantos jóvenes emprendedores con ideas claras y visión de futuro. Estoy refiriéndome principalmente a José Mª Lama y a Luciano Feria y a quienes con ellos han colaborado después. El definitivo despegue del Seminario Humanístico se debe a ellos y a su idea de afiliar la renovada asociación cultural a la Asociación de Escritores Extremeños. Esta unión a un organismo superior es la que ha reportado renombre y prestigio a nuestra primitiva tertulia local, bautizada por Croche con el nombre de Seminario Humanístico Zafrense. Lo de bautizar siempre se le dio bien a Croche.

Pues bien, ya va siendo hora de reconocer que el Seminario Humanístico Zafrense es acreedor a este reconocimiento por parte del CIT y, en la parte que me toca, queda de antemano formulada mi propuesta que, naturalmente, y siguiendo los trámites de rigor, deberá ser aprobada por la asamblea general que anualmente viene convocando la Junta Directiva del CIT a este propósito.

“Nunca es tarde si la dicha es buena”. Sirva este tópico para consolarnos, aunque no para eximirnos de la culpa que nos corresponde por esta tardanza.

Nuestra “modestia” (entre comillas) no podía aguantar por más tiempo el aplazamiento. Podría tomarse como una negligencia imperdonable. Y, especialmente, porque al habérsele otorgado este honor (ciertamente merecido) a otras asociaciones culturales nacidas con posterioridad al Seminario Humanístico Zafrense, estábamos incurriendo, inadvertidamente, en enojosos agravios comparativos.

He dicho nuestra “modestia” sintiéndome parte integrante del Seminario Humanístico Zafrense, en cuanto miembro fundacional del mismo. Pero, tal vez, la verdadera modestia consiste, en este caso, en desmarcarse del mismo, en reconocer que el mérito es de otros. A saber: de esos jóvenes a los que me he referido anteriormente: Luciano, José María Lama, Santi, Adolfo…

A todos ellos nuestro reconocimiento y nuestra gratitud.

viernes, julio 06, 2007

Educación para la Ciudadanía (I)

Ignoro qué razones se alegan desde el episcopado español para oponerse a la implantación de una asignatura cuyo solo enunciado la hace atrayente, por más que adolezca de una una cierta redundancia: toda educación, si lo es, se supone que influye positivamente en la calidad de la ‘ciudadanía’. Otra cosa es (y de esto se trata) que la tal asignatura se proponga como objeto principal mejorar el comportamiento cívico de los ciudadanos, instruyéndoles acerca de los derechos y deberes que tienen como tales, lo que en su sentido más genuino se llamó entre los griegos Política (de “polis”, ciudad, y “polites”, ciudadano). Los romanos, conscientes de que la Política suponía la participación del ciudadano en una empresa común, adoptaron, como término correspondiente al griego ‘Política’, el equivalente latino de República (Res publica = la cosa pública). El estado que adopta el nombre de República, si lo es de verdad, está declarando implícitamente su opción democrática*. Claro que la opción democrática no excluye la aceptación de la institución monárquica. Así ocurre de hecho en varios países europeos cuyos gobiernos democráticos son compatibles con el mantenimiento de la institución monárquica: Gran Bretaña, Holanda, Suecia, Bélgica, España...
De todos modos sospechamos que no se trata de meros tiquismiquis gramaticales, sino de reparos de mayor calado, algo que en la apreciación de sus excelencias reverendísimas debe parecerse mucho al cisma o a la herejía. No se explica, de otro modo, esa incomprensible inquina, ese radical rechazo de una asignatura, por demás, postulada por el propio estado de derecho y, por supuesto, inspirada en los principios de la Constitución. ¿Qué habrán visto de inconveniente en la tal asignatura los señores del báculo y la mitra como para ponerla poco menos que en el punto de mira del anatema?
Yo no entiendo qué puede haber de malo en que se trate de enseñar a los alumnos (de uno y otro sexo) a ser buenos ciudadanos. La ciencia de la ciudadanía, la Política en su sentido más genuino, se puede enseñar y, desde luego, es teorizable, como lo demuestran los más célebres tratadistas del tema en la antigüedad, entre ellos Aristóteles y Cicerón. Tanto uno como otro explicaron y clasificaron los sistemas de gobierno, señalando sus respectivas ventajas e inconvenientes. Y las ventajas del sistema democrático consisten, principalmente, en la participación del pueblo en el gobierno de la ciudad, participación que se realiza, principalmente, a través del sufragio, la consulta y consiguiente ratificación, por parte de la mayoría, de aquellas medidas que se vayan a adoptar para el mejor gobierno de la ciudad. Las leyes que regulan esa convivencia se sancionan y se aprueban, o no, tras su propuesta y discusión por los legítimos representantes elegidos por el pueblo. Y el derecho fundamental a la libertad, en general, se reconoce y se respeta en el sistema democrático.
Tal vez lo que inquieta a los señores de la mitra y el báculo es que una sociedad adoctrinada en la ciudadanía desde los presupuestos de la democracia es, por exigencias y cohesión interna del propio sistema, aconfesional. Antidogmática, sin perjuicio de ser respetuosa con cualquier credo religioso.
¿Está en su derecho el Estado democrático a educar a sus conciudadanos en los principios de la democracia? Creemos que no sólo es su derecho, sino su deber, hacerlo. En efecto, fue la falta de educación democrática, junto a otras carencias educativas y de otro signo, lo que dio lugar en España a los conflictos sociales y a la guerra civil que se derivó de ellos. Ningún país educado en las normas de la convivencia puede adoptar, como medio recomendable para dirimir sus pleitos, el remedio de la guerra civil. Remedio peor que la enfermedad.
La Educación para la Ciudadanía trata, desde luego, de prevenir que una tal situación pueda volver a darse en el futuro.
Repárese en el hecho de que los sistemas de gobierno, tanto los legítimos como los que no lo son, tienden a perpetuarse, incluso contra la voluntad de los gobernados. El franquismo hizo lo posible por dejarlo todo “atado y bien atado”. Implantó en la enseñanza obligatoria una asignatura que se llamó Formación en el Espíritu Nacional, en la que pretendía inculcar a los ciudadanos los dogmas y principios del Movimiento. El Catolicismo, desde luego, formaba parte del sistema, ya que, por desgracia, la Iglesia hubo de tomar partido por los militares que se alzaron contra la República. Por supuesto que, en esa ocasión, los obispos no tuvieron inconveniente en admitir tal imposición por parte del Estado (que no lo era de Derecho, sino sólo de Derecha) Pero, claro, si el propio Alzamiento había sido una cosa loable, una verdadera Cruzada, según el criterio de la jerarquía eclesiástica de la época, lo que el Régimen disponía contaba, de antemano, con el beneplácito de la jerarquía eclesiástica. Así que las disposiciones del Estado (no de derecho) en este sentido tenían asegurado el “nihil obstat” por parte de la autoridad eclesiástica.



Ahora, en cambio, con la puerta abierta al laicismo en materia religiosa, los obispos oponen resistencia y se muestran beligerantes con el Estado de derecho. Y amparados en la libertad de expresión que les reconoce ese mismo Estado, y en la magnífica labor de equipo de la COPE de sus finanzas, consienten que medre en España una atmósfera de crispación cada vez más irrespirable.



Habría que recordarles en el viejo latín de los romanos aquello de Caveant consules ne quid res publica detrimenti capiat (Procuren los mandatarios que la patria común no reciba ningún daño)
_____



* R. Martínez Fernández, "Res publica, ¿Estado implícitamente democrático?" (Helmántica, t. XXIX,pp. 353-375)