
El tema de la transición, que recientemente se proponía a debate por los animadores culturales del Foro Zafrense, está, sin duda, abierto a ulteriores análisis que ayuden a entender mejor aquella etapa primera de nuestra andadura democrática. Aunque ya en aquella ocasión los organizadores procuraron dar cabida a la pluralidad de opiniones, no estaría demás reconsiderar la cuestión contrastando otros puntos de vista sobre el tema, de modo que podamos obtener una visión lo más objetiva posible del mismo. Es lo que se trata de intentar en las líneas que siguen.
La palabra ‘transición’ (relacionada con ‘tránsito’) se puede definir provisionalmente como “los pasos cautelosos que los españoles fuimos dando, al salir de la dictadura, para adaptarnos a la democracia”. La cautela (hija de la prudencia y, probablemente, del escarmiento) fue la que reguló la conducta de los españoles en esta coyuntura. Esa cautela fue común a tirios y troyanos, por más que el recelo que la inspiraba estaba más del lado de los vencidos que del de los vencedores. Por lo demás, unos y otros renunciaron, de entrada, a identificarse con sus viejas señas de identidad, derechas e izquierdas: optaron por camuflar sus respectivas procedencias en el llamado
Centro Democrático. De entonces data la invención (o, tal vez, reinvención) de ese político comodín. El género neutro es, por esencia, lo que “no es ni lo uno ni lo otro”. La fuerza centrípeta cohesiva fue la característica más destacable de la transición.
Los políticos animaban a la ‘mayoría silenciosa’, hasta entonces callada, con el estimulante “habla, pueblo, habla”; por más que, inconfesablemente, los “hunos” desearan que los otros callaran ciertas cosillas, que se aplicase lo del “borrón y cuenta nueva” (aquí algunos graciosos sustituyeron lo de “borrón” por “Borbón”) y que “pelillos a la mar”. Por lo general, el personal estaba hasta el gorro del franquismo y, salvo chaladuras extremas, el deseo de cambio era casi unánime. Aun en las altas instancias de la jerarquía eclesiástica ese deseo de cambio era evidente, como lo demostró el ejemplo de Tarancón, lo que le granjeó al ilustre purpurado la inquina de los inmovilistas. “Cuatro gatos”, según la pintoresca expresión de Felipe González.
La que hasta entonces venía siendo “mayoría silenciosa” procedió con cautela, procurando no dar pasos en falso. Sabía que quienes detentaban el poder no iban a resignarlo así como así; de modo que se anduvo con pies de plomo a la hora de plantear reivindicaciones. Además, siendo la mayoría del centro ¿a quién iban a plantear esas reivindicaciones? No parecía tener mucho sentido planteárselas a sí mismos. Por otro lado, ya se había comprobado con qué disgusto había acogido la derecha reaccionaria la adopción de algunas medidas democráticas como, por ejemplo, la legalización del partido comunista. La involución amenazaba a la vuelta de la esquina; y hubo alguna que otra intentona de asonada antes de la más
sonada del 23-F. No estaba el horno para bollos, ni para precipitar reivindicaciones: cada cosa a su tiempo.
Había, pues, que transigir y en este sentido la transición se asimiló a una
transacción. El famoso tango titulado “Cambalache”, podría muy bien representar,
avant la lettre, lo que después se llamaría, en el último cuarto del siglo XX, la transición. Esta consistió, en efecto, en una transacción acordada entre los herederos de los dos bandos que se enfrentaron en la guerra civil. En este sentido la transición se ha entendido como un “pacto entre caballeros”, lo que facilitó “el reciclaje a la democracia de las estructuras y élites del franquismo”. Y ello se explica porque “en ese momento, la derecha necesitaba legitimidad y la izquierda poder. Ambas consiguieron lo que buscaban”.
Según el historiador Francisco Espinosa, “los artífices de la transición sacrificaron la verdad y la justicia histórica en beneficio de sus intereses personales. Y lo más paradójico es que ese cierre en falso de la dictadura se ha presentado en numerosas ocasiones como un ejemplo modélico de reconciliación nacional” (F. Espinosa,
El fenómeno revisionista en España: una tentativa de interpretación)
Bien, cabe objetar, sin embargo, que acaso fuera lo más sensato hacer lo que se hizo para afianzar la democracia.
Ahora, a más de treinta años de la muerte del dictador, volatilizado tras el 23-F el partido bisagra de la UCD, los herederos de los perdedores de la guerra civil han planteado, por fin, sus reivindicaciones. Una de ellas fue, en el año 2002, a 27 años de la muerte del dictador (20 de noviembre de 1975), la explícita condena de la dictadura (es decir, del franquismo) como antidemocrática y anticonstitucional por antonomasia. Se obtuvo el consenso en aquella memorable ocasión y fue un paso importante para la consolidación de la democracia; pero, desgraciadamente, después de aquella fecha la derecha ha dado marcha atrás en este sentido, con lo que ha vuelto a introducir un elemento de discordia que supone un retroceso en lo que hasta ahí había sido el proceso democrático. La brecha se ha agrandado a partir de la derrota en las urnas, el 14-M de 2004, del partido del PP. A partir de ahí se han ido deteriorando las cosas y la oposición se ha tornado cada vez más beligerante. Se ha casi institucionalizado la llamada “crispación”, atizada desde el frente radiofónico de la COPE.
Aquellas reivindicaciones que se aplazaron en la transición por parte de los perdedores de la guerra civil, en aras de otros asuntos prioritarios (y que se han planteado, por fin, de manera oficial en la llamada Ley de la Memoria Histórica) se ven vetadas por la oposición, que parece haber regresado a la antigua querencia franquista. Los herederos ideológicos de los que ganaron la guerra civil (“por goleada”, según la fanfarronada de un tardofranquista) se sienten molestos porque los familiares de los perdedores anden ahora exhumando fosas comunes y procurando las honras fúnebres que antes nunca tuvieron los “otros caídos”. Se incomodan por estas reivindicaciones y desahogos, que antes no pudieron llevarse a cabo, y hablan de “reabrir heridas” (serán las suyas, supongo, porque las de los otros aún no se habían cerrado)
Habría que recordarle a ese sujeto que dice que los “hunos” ganaron por goleada (recuerdo que Castelao tituló
Atila en Galicia sus dibujos sobre la represión franquista en aquellas tierras) que, si ganaron por goleada, también se debió ésta a que practicaron el “juego sucio”. Es fácil ganar por goleada cuando se fusila a los rivales antes de salir al terreno de juego. Que eso fue lo que, en definitiva, hizo el franquismo.
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NOTA: Después de escrito este artículo para su inserción en mi blog “La materia del sueño”, se me ocurrió cruzar en Google los conceptos transición/ transacción. He quedado sorprendido de la cantidad de antecedentes que hay sobre el tema. Particularmente ha llamado mi atención el blog titulado SUPERSTICIONES, que firma Manuel Harazem, de Córdoba (España) La dirección del blog es
manuelharazem.blogspot.com/2007_06_17_archive.html-195k-