Hay personas que son, incondicionalmente, partidarias del silencio. Éste, en comparación con la palabra, se suele valorar equiparándolo al metal más precioso: “El silencio es de oro; la palabra, de plata”.No conviene, sin embargo, generalizar, pues si bien es cierto que la discreción hace recomendable, en muchas ocasiones, la opción de callar, no hay que caer en el error de quienes afirman que siempre es preferible esta opción frente a la contraria. No podemos aceptar la sentencia de Escrivá de Balaguer, el celebrado y canonizado autor de Camino, libro en el que se encuentra esta rotunda afirmación: “De callar no te arrepentirás nunca: de hablar, muchas veces” (aforismo 639). Podríamos aceptar el aforismo si sustituyéramos el adverbio nunca (sin subrayar en el texto original) por otra expresión menos categórica: sucede que te arrepentirás, las más veces, de haber hablado que de haber callado. Esto es admisible.Pero tambien ocurre, en algunas ocasiones, que podemos arrepentirnos de haber callado. Recuérdese aquello de Bécquer (Rima XXX):
…¿porqué no hablé aquel día?Bécquer se arrepentía de haber callado porque pensaba que su silencio había impedido una posible reconciliación, que debiera haberse producido y no se produjo: la impidió, de una parte, el orgullo de la mujer y, de otra, el amor propio del varón.
En consecuencia, no debemos sobrestimar por sistema la conveniencia de callar en vez de hablar. Esa reserva de la propia opinión no es lo habitual en una sociedad democrática, en la que debe ejercerse la libertad de opinión. Es más bien propia de las sociedades adaptadas a los sistemas totalitarios. Durante cuarenta años el pueblo español estuvo condicionado por la mordaza de la censura franquista. De ahí que la primera apertura a la democracia ofreciera, en forma de novedoso señuelo, la posibilidad de que el pueblo manifestara libremente su opinión: _“¡Habla, pueblo, habla!”.
El silencio anterior había sido impuesto por la fuerza, no era una opción espontánea del pueblo español.
A título personal podemos libremente optar por el silencio. Podemos considerar, según las circunstancias, sus ventajas y, por el contrario, los inconvenientes que a menudo se derivan de hablar; especialmente si no se manejan bien esos “peligrosos y delicados medios” (Rubén Darío dixit) que son las palabras.
No se debe callar en determinadas ocasiones, para que no seamos acusados de connivencia, ya que ‘quien calla, otorga’. Quevedo, que hubo de soportar las amenazas, inquisitoriales o políticas, contra la libertad de expresión, optó por hablar valientemente, cuando la ocasión lo requería:
No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando los labios, ya la frente,
silencio, avises, o amenaces, miedo.
En las sociedades en las que no está garantizada la libertad de expresión ocurre, por lo común, que la opción de hablar puede resultar temeraria. Por eso conviene recordar, a quienes ahora se les infla la boca despotricando contra el gobierno, que procedemos de una dictadura que persiguió implacablemente a quienes se pronunciaron contra ella: quienes osaron entonces disentir fueron tildados de antipatriotas y perseguidos como tales.
Muchos que ahora echan pestes contra el gobierno estuvieron en su momento (y aún lo están) a favor de un régimen que persiguió la libertad de expresión.
Los que habitualmente se inclinan por la opción de callar apoyan su postura con una serie de refranes como el de “por la boca muere el pez”, “donde las dan las toman y callar es bueno”, “quien mucho habla mucho yerra”, etc.
Respecto al callar y al hablar hay sentencias para todos los gustos. En general, la discreción recomienda, con preferencia, el silencio.En la frase de Sófocles, citada por Hidalgo Bayal en su novela El espíritu áspero, el trágico griego pone en boca de Creonte la frase de una persona discreta: “De lo que no entiendo bien, prefiero callar” (lín. 569) No obstante, en otros pasajes del autor, éste reconocerá que, en determinadas circunstancias conviene no callar: mè sigân prépein (Traq. 1126)
El silencio del escritor.− En otro orden de cosas habría que considerar el caso particular del ‘silencio del escritor’. ¿Por qué un escritor decide un día apartarse de la literatura o, hablando en términos taurinos, ‘cortarse la coleta’?
Conocemos algún que otro caso en que esto ha ocurrido. ¿Qué ‘metanoia’ ha tenido que darse para que un escritor estimable, del que todavía cabría esperar una obra más amplia, decida sumirse en el anonimato y abrazar resueltamente el silencio, como un cartujo?
No quiero citar nombres. Pero hay casos en nuestro entorno que son suficientemente conocidos. La literatura estuvo umbilicalmente unida a su existencia. Pero ésta dio un viraje completo y la literatura dejó de nutrirse de la placenta vital.
Por lo demás, puede (y acaso debe) darse en el escritor de raza una prevención contra la literatura como parásita de la vida. En otro sentido, la literatura puede identificarse con lo inauténtico. Rubén Darío protestaba, con razón, de que ciertos críticos interpretaran su virtuosismo verbal como frivolidad, hueca palabrería desprovista de un sincero sentimiento. Contra ese parecer él se declaraba:
Todo ansia, todo ardor, sensación pura
y vigor natural y sin falsía
y sin comedia y sin literatura:
si hay un alma sincera, esa es la mía.
En este poema autobiográfico que abre sus Cantos de vida y esperanza, el poeta manifiesta su aversión por la literatura como contrafigura de la vida:
Tal fue mi intento, hacer del alma pura mía una estrella, una fuente sonora, con el horror de la literatura y loco de crepúsculo y de aurora.El esplendor y el boato verbal del poeta deslumbró a algunos críticos romos, que no acertaron a ver el tesoro de humanidad que se ocultaba en el cofre precioso de una palabra espléndida.
En fin, el silencio tiene sus detractores y sus apologistas. Y hay una mística del silencio (ya practicada por los pitagóricos) y, luego, por algunas comunidades religiosas, especialmente los cartujos.